Las mujeres cubanas cargan sobre sus hombros la peor parte de esta prolongada crisis, en sus roles de amas de casa, madres y cuidadoras, son las mismas que se desdoblan en trabajadoras, profesionales, directivas, emprendedoras…
Se descalzan tacones, zapatillas, sandalias o botas, cambian la ropa de “calle” por el traje de heroínas domésticas, cubren los cabellos con un pañuelo, para que el olor a humo que desprende el carbón o la leña no las acompañe en la jornada siguiente y empieza la hechicería de cocinar con lo poco que hay, un acto creativo que supera la destreza de los magos y los misterios de la alquimia.
En Matemáticas, son sobresalientes, las operaciones de suma, resta, división y multiplicación, son su manera de sopesar el mundo, para cubrir al más urgido de la familia, proteger a quien más lo necesita, hacer que lo escaso se disfrace de suficiente y alcance para todos, e incluso, ayudar a otros más carentes.
Son ellas las que reducen gastos, de aquí y de allá, para que el medicamento no falte, el cumpleaños no pase por alto y se aferran a la innovación: culinaria, tecnológica, textil, farmacológica…, porque se trata de prolongar la vida útil de lo que ya tienen, de desafiar a la miseria cada día para que no envuelva a los suyos y mantenerlos a salvo del no puedo.
Las mujeres de estos tiempos, lo mismo manejan motos eléctricas que pedalean una bicicleta, dirigen una empresa o una institución de ciencia y fuera de casa parecen “normales”, llevan maquillaje, cuidan su imagen, disimulan las ojeras y el cansancio, como si no fueran unas brujas buenas que viven a expensas de hechizos para multiplicar sus fuerzas.
Aprendieron a despedirse, no de cualquiera, de los hijos, hermanos, padres y amores, porque la migración las ha partido en dos y sostienen los afectos a miles de kilómetros de distancia, se han convertido en enfermeras, gestoras de crisis, economistas y un montón de cosas más que no caben en estas líneas.
Unas hacen camino en nuevos espacios como emprendedoras, otras se aferran a lo tradicional, algunas se sumergen en el lamento, pero la mayoría se yerguen, apremiadas por la urgencia de ser refugio, seguridad y confort; un destaque para aquellas cuya red de apoyo es casi inexistente, a las que no se les pregunta ¿cómo estás? ¿qué quieres? ¿en qué te ayudo? ¿qué necesitas?, para esas que llevan por compañía en el viaje de la vida la soledad, que no es lo mismo que andar solo.
¿Cómo describir a las que les toca cada día ser madre y padre, por la distancia o el olvido, las que, junto a esa crianza, cuidan de adultos mayores, y a la vez son las principales proveedoras?
Dolorosamente las hay víctimas de violencia familiar, en escenarios laborales y otros espacios de la sociedad; marginadas por su color de piel, porque sí, el racismo está ahí; y el machismo, junto con el abuso sicológico, económico y sexual; a pesar de las leyes y programas que ofrecen protección, pero la sociedad no es un papel o palabras, y de todo esto encontramos en Cuba, no olvidemos que las crisis económicas se asocian con pérdidas de valores, éticos y morales, aunque tampoco son novedad, quizás antes se solapaban más. Incluso atrapadas en esas redes, encuentran modos de hacerse a sí mismas, y ojalá cada vez sean menos las que tengan que fingir o reconstruirse.
Las mujeres no admiten clasificación, ni mucho menos un manual de uso o programación, es la voluntad propia de cada una la que dibuja a los ojos de otros, la manera de ser, hay sobradas evidencias de capacidades y habilidades que cubren todos los ámbitos, y quienes las reducen a la maternidad y el don de procrear desconocen el potencial físico y emocional que las distingue.
Aún les queda tiempo, para un toque de presunción, el cuidado del cabello, el arreglo de las manos y un despliegue de belleza, que parece más fruto de un milagro que de la naturaleza, y es que parece increíble, que, en medio de tanto dolor y penuria, no se apague esa luz de femineidad que irradian.
Las cubanas de hoy, merecerán en el futuro un altar, por resguardar los jirones de familia y ser pilar de una isla que les emula en encantos, pero se tuerce por la congoja, y deja en sus artimañas el construir sonrisas, sueños y esperanzas; ellas llevan la casa encima, como caracolas de lento andar, que renuncian a mudar de hogar y aunque les falten las certezas del camino a elegir, prefieren seguir, a quedarse en la quietud del no hacer nada.
Que este ocho e marzo, Día Internacional de la Mujer, haya un poco de felicidad para cada una de ellas, que encuentren maneras de sanar las heridas abiertas y mantenerse en pie, por ellas, y todo lo que sostienen.
