Hoy voy a hablar de los médicos cubanos, de esos que cada jornada se enfrentan a la dura batalla entre la vida y la muerte, cara a cara, con el sudor de su frente, la tenacidad y el conocimiento aprendido de libros, en el bregar por la carrera y en el día a día. De esos que inventan y se debaten entre la falta de medicamentos, tecnología, instrumental e insumos para salvar a sus pacientes.

Quiero hablar de los que para asistir a su trabajo viajan en bicicletas, bicitaxis, a pie o en «botella», y aun así llegan a sus consultas o puestos laborales con las batas impecables, prestos a servir.
Quiero hablar de ellos, de los que no han dicho no, y se mantienen a sangre y fuego en su labor, aun cuando el salario no les alcanza, y aun cuando no pueden atender a los pacientes con los medios y pronósticos que ellos quisieran, como en realidad lo aprendieron en nuestras escuelas de Medicina.
Quiero hablar de los que luchan en las salas pediátricas, esos mismos que sufren si no tienen el medicamento adecuado, el antibiótico de última generación, o no pueden hacer los estudios necesarios. De esos que aun cuando por momentos se sienten impotentes no hacen dejación de su profesión. De los que el mundo se le cae encima si no consiguen salvar a un niño, y que aunque no lo digan y demuestren serenidad por fuera, están destruidos por dentro. Esas derrotas les duelen.
Quiero hablar de los que sanan con sus tratamientos, pero también con sus palabras y su entrega y comprensión, de los que con un buen trato logran maravillas en los enfermos, a ellos quiero exaltar.
A esos que ni las crisis, ni los tiempos malos, ni la falta de recursos necesarios para un diagnóstico correcto pueden anonadarlos, de los que no guardan el estetoscopio en una gaveta para esperar que pasen las tormentas, sino que siguen ahí «al pie del cañón».
Quiero y hablo de los que, aun cuando te van a dar malos pronósticos, no te tumban el cielo por delante y te muestran obstáculos insalvables, sino que hablan con claridad, actúan con precisión, buscan opciones, y no se dan por vencidos. De esos que saben sembrar esperanza y fe en los enfermos, y que en los momentos más tenebrosos traen un rayo de luz. De aquellos para los que la muerte es la última opción.
De los que dejan detrás casa y familia y marchan a otros países a llevar sus servicios. Quiero hablar de los que con rostros cansados recorren las calles y caminos para visitar enfermos, esos, los de familia. De los que se ven en los pasillos de los hospitales y policlínicos trajinando en sus largas horas de guardia, o de los que terminan exhaustos luego de una operación quirúrgica o un parto, y tienen la cortesía de ir a las puertas del salón y tranquilizar a los familiares.
Son muchas las carencias y vicisitudes que en estos tiempos de crisis ellos pasan y logran cruzar, otras no, la mayoría invisibles para los pacientes y para los que no abrazan la profesión, por eso hoy, aunque sea de forma sencilla, quiero ser portavoz, y hablar de todos ellos.


