Por Rodolfo Acosta Padrón
Maya no era feliz, a pesar de que asumía que Mario era de ella, y también su tesoro: una inmensa casa moderna con jardines, piscina y autos, rodeada de altas cercas que imponían seguridad, pero también soledad y tristeza.
Maya había elegido una vida de confort, tal vez, por su infancia y adolescencia de hambre y escases. Era la última de cinco hijos de padres obreros del tabaco, por allá por las quimbámbaras de aquella vieja ciudad pinareña. Pudo estudiar gracias a los cambios ocurridos en su país, pero la vida seguía dura. Viajó a La Habana con una beca del Estado, unos días más tarde, conoció a Mario, se unió a él y dejó los estudios.
Mario era un joven bien parecido, pero anticuado y de malas pulgas. Había quedado estratégicamente en su país mientras que sus padres volaban al “Norte”. Era maravilloso con ella: le compraba de todo lo que se antojara: ropas, zapatos, perfumes, relojes y toda joya posible, hasta llegar al auto. La quería solo para beber y disfrutar, «a pesar de que no era bueno en el amor y el sexo», comentaría Maya más tarde. No la dejaba trabajar o estudiar.
Su inocencia le hizo pensar que era una mujer feliz con Mario, hasta que un día le dijo que ella quería ser profesora. Este le espetó que ella nunca podría serlo, porque «los profesores son inteligentes, y tú eres hermosa, pero no inteligente». Este pensamiento humillante marcó su futuro en el rencor de ella.
Aquel caluroso atardecer de abril, Maya salía de su casa para su primer trabajo: ayudante de Enfermería. Cubriría turnos nocturnos tres noches a la semana en un viejo hospital. Se despidió de Mario: «Adiós, mi amor». Él no dijo nada. Ella se acercó, y él le soltó un beso frío. Salió al jardín, arrancó su carro y condujo por toda la avenida. En medio de la oscuridad se pasó la mano por las mejillas y sintió el beso frío de Mario. Entonces se preguntó: “¿Por qué Mario es tan gruñón y pesado, poco romántico y nada lirico?̋». La pregunta la atemorizó, y solo murmuró: «El corazón inflexible se rompe primero».
En el hospital conoció a un joven enfermero que sería su mentor. Era de pelo negro, alto, delgado y ojos oscuros; era ligero al andar, de discurso fácil y emotivo; de buen carácter y profundamente humano. Le cayó bien desde el principio. Pronto se daría cuenta de que Lázaro era excepcional: noble, cariñoso y competente. «Todo el tiempo para los pacientes», era su lema, a quienes le decía a cada rato: «¡Usted se va a curar, mi viejita, no se preocupe!». Era puro latino, tirando a mexicano o peruano, estudiado en Cuba.
En cada sueño de Maya aparecía Lázaro. Una noche, con la gentileza de la naturaleza y la impaciencia de un hijo, se abrió la flor y penetró Lázaro, bajo la agitación del aire fresco por la ventana abierta y la oscurísima noche de apagones. Solo faltó el semen real en el sueño de la joven, despertada por el alboroto de las hojas, los pájaros y los árboles movidos por el viento de la inesperada tormenta de abril. Las nubes estaban bajas y peludas en el cielo. Prometían más amor.
En el hospital, alrededor de Maya todo era gris: las camas, las mesas, las paredes, excepto Lázaro que le atraía de cuerpo y alma. Pronto este compartiría con ella unos dulces traídos por una paciente. Maya, tímida y nerviosa, extendió la mano, tomó el dulce y quedó mirando su rostro angelical. Hubiera querido convertir en flor todas las cosas a su alrededor.
Unas semanas más tarde, en una mañana soleada, Lázaro y Maya salieron agotados de las labores hospitalarias. Ambos a la vez detendrían el auto en la avenida, y ella, airada, le expresó con el corazón latiendo fuertemente: “̋Yo no soy tu amiga, en mi corazón hay algo diferente a la amistad». Ambos cuerpos se unieron en un solo beso, alegres como una hoja y creciendo lentamente como la dura raíz de un árbol. Disfrutando la verdadera felicidad.
De regreso a casa, Mario le preguntaría: «¿Por qué está tu pelo tan regado, tus labios tan rojos y tu corazón tan agitado? Sin esperar respuesta añadiría: ¡Hueles a hierba y a noche mojada! ¡Pasa al baño y lávate!
Unos días más tarde, Lázaro partiría como enfermero en un programa de cooperación en un país asiático.
Perdida en lágrimas y dolor, desolada y sola, Maya volvería a casa, a la vega de tabaco, a su gente de barrio, tarareando a cada rato la canción: I´m coming home!, buscando el suspiro y los ojos de alguien que la ame como Lázaro.
