El pasado primero de septiembre, Pinar del Río volvió a llenarse de sueños. Como cada año en nuestro país, el primer día de clases no es como uno cualquiera, y aunque el sol salió igual que siempre, la isla completa sintió algo bien grande, no fue nada alarmante, fue un regreso a las aulas bajo circunstancias bien fuertes en todos los sentidos.
Los cubanos estamos acostumbrados a no esperar a que mejore el viento, arrancamos con el viento que hay, así han sido estas casi dos semanas, contra la marea.
Es cierto, es imposible esconder la realidad detrás de las consignas ni disfrazarla con papel de colores, porque las dificultades tocan a la puerta cada mañana. No hay quien escape del peso de los precios en bolsillo, ni quien no cuente las monedas para llegar a fin de mes. Las carencias son reales, y duelen, pero más duele la idea de que nuestros hijos se queden sin futuro.
La escuela abrió sus puertas porque sobra voluntad. Ese martes, muchas madres y padres despertaron con el nudo en la garganta, tal vez por no saber qué poner en los merenderos o porque ya sabían que no tenían el cuaderno que hacía falta. Aun así, alistaron la mochila, plancharon la camisa y besaron la frente de sus pequeños antes de salir. Ese beso no cuesta nada, pero vale todo, justo porque en ella nunca faltan las ganas de aprender.
Y es que la escuela tiene esa magia rara: convierte lo poco en mucho. Una pizarra y un profesor con vocación son capaces de llenar el resto de los vacíos, y repito, no justifico en estas líneas lo que falta, no es mi comentario un canto a la pobreza, porque yo también sé que nos falta mucho, y no nos callamos. Pero también sabemos que sentados en casa, lamentándonos, no se aprende ni se vence.
La cuenta que me saco es esta: si no tenemos para la merienda, tampoco tenemos para quedarnos viendo la televisión; si escasea el pan en la mesa, escasea más en la inactividad. La escuela, aunque llegue con lo justo, siempre ofrece algo que el hogar no puede dar solo: el encuentro con el otro, la pregunta que abre caminos, el libro prestado, la risa compartida. Aprender es, a veces, el único lujo que podemos costearnos todos los días.
Que hay pupitres viejos, sí. Que faltan materiales, también. Pero hay maestros que no se rinden y alumnos que llegan con la curiosidad intacta. Y eso, aunque suene a frase hecha, es más fuerte que cualquier carestía. Porque la inteligencia no se compra en el mercado negro y el conocimiento, cuando se siembra, germina hasta en tierra dura.
Este inicio de curso es un desafío, sí, e insisto, pero es, igualmente, una declaración de principios: Cuba apuesta por la escuela porque apuesta por su gente. No es un gesto político, es un hecho cotidiano que se repite en cada aula. Es la decisión de no paralizarnos ante la adversidad.
Creer que el próximo curso, el siguiente, el de más allá, será mejor, es sin dudas, el mejor acto de fe, veámoslo así.
No pido aplausos, sino comprensión, que no se nos olvide que detrás de cada niño que entra al aula hay una familia que lo sostiene con uñas y dientes, que la escuela es el segundo hogar, y como en casa, a veces falta lo material, pero nunca el amor.
Así que arranquemos los motores. Bienvenido sea este curso 2026-2027, con sus grietas y sus luces, con sus carencias y sus abrazos. Ya que mientras haya un niño con la mano levantada preguntando “¿por qué?”, la esperanza estará viva.
A fin de cuentas, lo importante para los muchachos fue que volvieron a encontrarse con sus amigos, que la maestra les dedicó una sonrisa, que aprendieron sobre la familia o ya dominan la tabla que antes se les atravesaba.
De eso se trata, de sumar los días, de mirar a los hijos y saber que, a pesar de todo, hoy son un poquito más grandes que ayer, eso no lo quita nadie, ni los vientos malos.
Que suene el timbre. Que comience la clase. Que no nos falte la esperanza.
