De lo mucho que debe la literatura cubana a Nersys Felipe, no solo son responsables el talento natural, la vocación desmedida de la autora y sus ansias por beberse, a tragos de ojos, todos los libros que, desde la niñez, alcanzaron sus manos, como si hubieran sido ellos tinajones de agua a la vera de un sediento caminante.
De lo mucho que le debe el acto escritural de Cuba a la creadora de “Cuentos de Guane” y “Román Ele” es irrevocablemente culpable la radio.
La maestra de música y titiritera, nunca mejor definida, fuera y dentro del arte, que por las palabras profundidad y sencillez, no pretendió encumbrarse pero, perfeccionista desde la célula más honda hasta la epidermis, los libretos que componía, peldaño a peldaño, forjaban la escalera que la elevó a la dimensión de monumental escritora.
Y es que la literatura y el medio radiofónico tienen la palabra como raíz: en ella, para el deguste de las miradas; en él, para el deleite de los oídos; en ambos para desatar la imaginación, desgranar imágenes y desembarcar en los amenos puertos del saber.
Desde el guion primigenio, Nersys adentró al lector-escucha en las más afamadas narraciones. Gracias a su tino bien cultivado eligió historias humanistas y aleccionadoras, útiles y necesarias para también cultivar al ingenuo perceptor. Sin embargo, nunca se trató de un remedo, sino de un nuevo parto, de una legítima creación que, con menos o más libertad, transformaba los modos de los autores establecidos en una obra renovada.
Los clásicos universales y cubanos se acomodaron al molde de su prosa y emergieron, de la página al dial, perfilados por las manos de quien honra el papel iluminador de la literatura radiofónica.
Sin embargo, no es esta la única gloria atribuible a una artista versátil que, al poseer un talento especial, lo encausó, sin poder evitarlo, por zonas diversas, aunque no siempre bien enfocadas y reconocidas, desde todos los planos, con justeza.
Debían entonces subirse al mismo pedestal la escritora y la actriz: esa mujer camaleónica que a golpes de interpretación, a la usanza del teatro, ganó el alago de “larga” por sus desdoblamientos. Dúctil criatura de escena sonora, aunque de infancia adoctrinada en convento, se desvistió corajuda frente al micrófono y lució todos los linajes: la dama y la criada, la asesina y la víctima, la bandida y la honrada, la jueza y la reo, la casta y la ramera…
Con suma destreza y personalidad Nersys también identificó la planta provincial pinareña, grabó menciones y promocionales, condujo programas diversos y sentó cátedra en una de las labores que ubicó entre las más complejas: la locución.
¿Los premios? Todos los posibles llegaron a sus manos. También los sugeridos improbables, dentro y fuera de las fronteras provinciales. Pero más que el valor atribuible a ellos, Nersys Felipe dejó en la historia radial cubana del occidente, los tesoros perennes de una, por constante y concluida, bien sedimentada obra.
No es ella solamente la diestra y espléndida progenitora de versos y relatos para niños que, peldaño a peldaño, por talento y vocación desmedida, tras beberse, a tragos de ojos, todos los libros que alcanzó, pudo subir a la cúspide de la literatura nacional.
Es también la cultora versátil que con idéntico lustre, en versión femenina de Midas, sentó en la cima del éxito la prenda de sus dones para la radio: arte irrevocablemente responsable de la excesiva luz en sus caminos.
Por Luis Hidalgo Ramos