Mi mejor amigo era adicto al robo de huevos de aves. Robaba para comer. En su casa había 11 hijos y una madre abandonada por un hombre que, en la ciudad, había encontrado a una dama bella y adinerada.
Al menor cacareo aparecía El Perdulario, listo para cambiar de lugar y de dueño los óvalos blancos recién puestos por las gallinas. Así le decían: “El Perdu”.
Poco a poco la adicción se extendió a las frutas de los patios vecinos. Bajaba los mangos a pedradas desde lo alto de los árboles. Lanzaba con una velocidad espantosa que, años más tarde, lo convertiría en uno de los pitchers más rápidos de toda la zona tabacalera.
También cazaba pollos y pájaros con flecha o piedra. Con aquellas carnes tiernas, su madre preparaba sopas largas que, de vez en cuando, dejaban de ser ciegas —de ajo solamente— para ganar un poco de sustancia. En las noches calientes bajaba a los arroyos o subía las laderas buscando polluelos, guiado por el vuelo silencioso de las lechuzas.
Con el tiempo, mi amigo también empezó a interesarse por las gallinas humanas del campo, muchachas que los domingos iban a la ciudad de paseo. Con gracia y verbo rápido las enamoraba y las llevaba a un pequeño hotel citadino, discreto y oscuro.
Después de los juegos del amor, en el menor descuido, levantaba la poca plata que la joven llevara en el bolso y la dejaba sin pluma y cacareando.
Pronto “El Perdu” se las daba de experto en asuntos de mujeres. Les decía que el verdadero sexo exigía oscuridad, porque en la sombra todo se volvía más puro, más perfecto, más infinito. A veces pedía cerrar los ojos, respirar hondo y dejar trabajar a la imaginación.
Con sus ojos grandes y nobles conoció más de una lágrima femenina. Y siempre llevaba encima algún amuleto que, según él, le traía suerte.
Pero no vaya usted a pensar que mi amigo era solo un pícaro.
Tenía un corazón grande.
Amaba a la gente que caminaba a su lado. En medio de la pobreza que cubría la zona en aquellos años, siempre aparecía para ayudar: cargaba niños o bultos por caminos fangosos, limpiaba patios, conseguía medicinas para los viejos, pintaba casas, podaba árboles. Sabía, incluso, poner inyecciones, tanto a personas como a animales.
Por eso era querido.
Cuando las abuelas iban a recoger los huevos de los nidos y no encontraban ninguno, no decían que alguien los había robado. Decían, con media sonrisa: “El Perdu debe habérselos llevado para almorzar”.
“Se los robó”, sonaba demasiado duro para aquel muchacho simpático.
Así era “El Perdu”: dulce y pecador a la vez, sereno como la luz que cae del cielo sobre la tierra. A veces, cuando llegaba la noche, se le humedecían los ojos mientras los recuerdos subían a la cabeza y el estómago le crujía de hambre.
Los días de su juventud fueron largos y luminosos. Bajo la luna que colgaba sobre la negrura del campo fumaba tabaco mexicano y contaba historias con una voz limpia que se oía desde lejos.
De los patios salían risas, frases sueltas, el olor del café. Él pasaba ligero entre las casas, saludando a las vecinas.
Tenía el corazón firme y las manos seguras.
Un día cruzó el mar con su amada.
Las aguas no tuvieron piedad. Murieron en desigual batalla contra la corriente. Sus cuerpos se perdieron en la oscuridad de una noche encapotada.
Pero me gusta pensar que sus almas siguieron juntas.
“El Perdu” y su novia se fueron así: oscuros, humildes, pobres. Como muchos de mis amigos. Como nos enseñaron mis padres a entender el mundo: que todos, al final, somos iguales.
Por el doctor Rodolfo Acosta Padrón
