Hay quienes comienzan su jornada de trabajo mucho antes de que despierte el sol y, algunas veces, vuelven al hogar cuando el astro rey está próximo a salir de nuevo.
Sin embargo, en ocasiones la sociedad encasilla, estereotipa e, incluso, menosprecia, mucho más en estos tiempos que corren, cuando las necesidades básicas de la mayoría de los cubanos están lejos de ser cubiertas.

Pedro Pablo Ávarez Lemus no cree en estereotipos: “Invito a cualquiera a que venga y camine los kilómetros que transito aquí dentro”, comenta este maestro panadero, quien lleva alrededor de una década de labor en la panadería del reparto Ceferino Fernández en la ciudad Pinar del Río.
Esta unidad, en la que se elaboran más de 22 000 panes, llevaba alrededor de un mes sin producir, pues el horno, con más de 25 años de explotación, no se ajusta a las complejidades actuales por ser alto consumidor de combustible.
Ante tal situación, han tenido que recurrir a métodos más antiguos (leña), pero que podrían garantizar el pan de las bodegas ubicadas hasta el kilómetro seis de la carretera a La Coloma, incluido San Vicente, las cuatro del reparto Oriente, dos del Maica, dos del Llamazares, dos de la Loma del Ganso y el mostrador del Capó, como se le conoce al “Ceferino Fernández”, además de otros encargos sociales.
Divididos en dos turnos trabajan los 14 panaderos de la unidad. Pedro Pablo es el maestro panadero de uno de ellos y quien tiene la responsabilidad de darle seguimiento a la producción hasta que finalice. No solo prepara la masa, sino supervisa todo el proceso hasta que el pan sale al mostrador.
“Es un trabajo pesado, desde cargar los sacos y el agua hasta preparar la masa, todo lleva esfuerzo. Aquí hacemos un volumen de pan muy grande, y a veces nos ubican el de otras panaderías. Las manos sienten la fatiga de tanta manipulación, pero cuando empiezas un turno hay que terminar, no importa el cansancio, pues la materia prima no se puede echar a perder”.
EL VALOR DEL TRABAJO
Pedro Pablo tiene 38 años, pero desde que era un niño aprendió el valor de trabajar por el sustento familiar. Las circunstancias lo obligaron a ser el hombre de la casa, y desde que vivía en Entronque de Pilotos, Consolación del Sur, supo lo que significaba el sudor y el sacrificio.
“A veces, cuando salía de la secundaria, me ponía a ayudar a un albañil a hacer mezcla para ganarme 20 pesos y dárselos a mi mamá, era ella sola conmigo. También, desde que era muchacho trabajaba con mi abuelo haciendo mesetas de mármol. Él me enseñó a ser correcto en todos los aspectos, y así he sido siempre”.
De aquella formación precoz parece haber adquirido el carácter exigente que muestra hoy, no solo en la vida cotidiana, sino en el plano laboral.
“Me gustan las cosas bien hechas. Por ejemplo, si te mando a hacer algo y veo que no lo estás haciendo como se debe, pues lo hago yo. Me duele ver cómo por aquí mismo han pasado personas a quienes no les interesa nada más que hacer las cosas rápido para irse para la calle o que llegue el final de mes para cobrar, y no le ponen empeño ni amor a lo que hacen.
“Dicen que quien trabaja en lo que le gusta pues no trabaja, y a mí me gusta lo que hago”.
Pedro Pablo estudió Mecánica Automotriz en el politécnico Primero de Mayo. Cuenta que, aunque le gustaba, por aquella época no consiguió trabajo después de las prácticas, pues los mecánicos estaban “botados” en todo Pinar del Río, y ya vivía con su mamá en el Capó.
“Unos amigos míos me hablaron del curso de panadero, lo pasé y empecé a trabajar como contrata en el horno o como operario B y cosas así. Luego me quedé como operario A, trabajando en un turno como esponjero (el que prepara la masa), hasta que llegó un momento en que hizo falta un maestro panadero, nadie quería, y yo tampoco (sonríe), me obligaron prácticamente”.
Desde entonces llega a la panadería entre las cuatro y las cinco de la mañana para, junto al esponjero, ir preparando la masa. “Hay días de terminar a las cinco de la tarde, pero otros en que surge un problema y nos cogen las tres de la mañana.
“He aprendido de los que más tiempo llevan, pero esto es más ‘maña’ que fuerza u otra cosa. Te puedes ir a las dos de la mañana, pero tu deber es llegar bien temprano y ver cómo salió el pan, cómo va el proceso, si se está envasando como se debe, todo. Después del administrador es el maestro panadero quien queda al frente de la unidad. Cualquier cosa que suceda es responsabilidad tuya”.
Le pregunto su opinión sobre los estereotipos que impone la sociedad y lo difícil de lidiar con la población, sobre todo en el contexto actual.
“La gente siempre va a hablar, pero te aseguro que trato de que mi trabajo salga lo mejor posible. Hay personas que no tienen consideración con nosotros. Recuerdo que una vez se nos quemó el motor del horno, era una época en que se rompía con bastante frecuencia. Pasó un viejito preguntando qué había pasado, le digo ‘señor, se quemó el motor del horno’ y, ¿qué crees que me dijo?: ¡‘Candela tienen que coger ustedes!’. Tratar con el público es difícil, nunca nadie está conforme con lo que dices”.
Aunque por estos días el trabajo se ha hecho irregular, comenta que una vez que entra a la panadería no le gusta volver a salir. “Si no me pueden traer el almuerzo, mando a buscar una pizza o me como cualquier cosa, pero no me gusta salir hasta que termina el turno”.
Aprender el oficio y llevarlo a cabo con disciplina y responsabilidad no lo es todo para este joven, pues no podría lograrlo sin el apoyo de la familia. “Cuando llego a la casa mi mamá y mi esposa enseguida están pendientes de todo, especialmente de lavar la ropa para que se mantenga limpia, porque a veces salimos de aquí que parecemos carboneros.
“Eso es otra cosa, tenemos que tener presencia y proteger la higiene para que no afecte la calidad del pan. Es indispensable usar los medios de protección. En mi caso, por ejemplo, además del gorro y el nasobuco siempre trabajo con mangas largas, porque en los brazos hay vellos y pueden caer en la masa”.
Si tuviera que agradecer a alguien por ser el hombre y el trabajador que es, las loas se las lleva su madre por los consejos desde que era un adolescente y por el apoyo en cada decisión que ha tomado. Con nostalgia habla de su abuelo y de lo que aprendió junto a él, incluso en medio de arduas jornadas. “Podría hacer cualquier trabajo con mármol, pero no es lo mismo sin él”.
Y en el plano laboral habla de lo mucho que le debe a Agustín Oviedo, el maestro panadero del turno contrario, quien no solo le ha enseñado el oficio, sino a convertirse en un mejor ser humano.
Hoy la panadería del reparto Ceferino Fernández se adecua a las circunstancias actuales y busca opciones para seguir elaborando pan. Después de más de 30 años sellado, han vuelto a activar un horno de leña, que, aunque arcaico, cuenta con mayor capacidad para garantizar el volumen de pan que tienen asignado.
Para los panaderos, incluyendo a Pedro Pablo, la nueva alternativa supone un reto que tendrán que asumir como en otras contingencias y situaciones. El objetivo, no obstante, sigue siendo el mismo que el de todos los días antes de que salga el sol.
