Últimamente se me cuela una idea peligrosa, esta viene de las conversaciones de esquina, de lo que deslizo y veo cada día en mi página de Facebook, de lo que me comentó un vecino del barrio. Ya el tema no solo es el calor, la corriente o la escasez: es que robar es válido cuando el estómago aprieta.
¡Impensable! “Es que la situación está dura”, dicen algunos, como si esa frase bastara para borrar el daño que se hace al vecino, al hermano, al mismo pueblo que sufre las mismas carencias.
Y no negamos que la situación sea dura, la conocemos, la vivimos. Pero una cosa es la necesidad y otra muy distinta es convertir la necesidad en excusa para lo que está mal hecho.
Sabido es que en Cuba la gente se levanta temprano, la gente trabaja. El guajiro que sale antes del amanecer a atender su tierra no roba. La enfermera que dobla turnos en el hospital no roba. El maestro que llega a su aula con tiza y paciencia no roba. El obrero que se para frente a su máquina, aunque no le alcance el salario, no roba. Esa es la Cuba que quiero conservar, la que no se rinde, la que aun cree que el esfuerzo tiene sentido.
Sin embargo, en los últimos tiempos vemos con preocupación cómo crece el número de delitos cometidos por jóvenes. Muchachos que debían estar en las aulas, trabajando, enamorando, construyendo su futuro, aparecen hoy en las páginas de sucesos. Y no se trata de casos aislados, hoy eso ya es una tendencia que duele, que avergüenza, que nos obliga a preguntarnos dónde se nos está rompiendo el hilo.
No es mentira que cuando en una casa se deja de hablar de valores, cuando se justifica lo mal hecho porque “todo el mundo lo hace”, cuando el ejemplo que recibe el niño es el del atajo fácil y no el del sacrificio honesto, ahí empieza el problema. La educación familiar es la primera trinchera.
No hay escuela, no hay discurso, no hay ley que sustituya lo que se aprende en el hogar, por tanto, los padres, los abuelos, los tíos, todos somos responsables de lo que sembramos en las nuevas generaciones.
No usemos la moda de romantizar al delincuente, porque los jóvenes buscan referentes y terminan confundiendo (porque quieren) la valentía con la brutalidad, la inteligencia con la astucia, todo para engañar.
Tengamos presente que el que roba no es un revolucionario, ni un héroe ni un salvador, es alguien que decidió que su bienestar valía más que el de los demás y eso, en cualquier sociedad, en cualquier tiempo, es una traición a la comunidad.
Me decía una amiga en estos días “la miseria pasa, pero la deshonra no”, cuánta sabiduría la de ella, pues me recordó a las frases usadas por mi abuelo para educar a cada uno de sus nietos desde su postura de hombre sabio.
Precisamente de mi abuelo aprendí que la falta de dinero, de comida, de medicinas, es terrible, pero es temporal, se puede salir de ella con trabajo, con solidaridad, con ingenio. La deshonra, en cambio, se queda pegada al apellido, a la conciencia, al espejo. El que roba una vez, aunque sea por hambre, carga con eso para siempre, y lo peor es que enseña a los que vienen detrás que ese camino es aceptable.
Muchachos, los que logren leerme, no se dejen llevar por el canto de sirena de la facilidad, no hay atajo digno. El respeto se gana con esfuerzo, no con miedo. Por su parte, la verdadera rebeldía, en tiempos difíciles, es levantarse cada día y hacer las cosas bien, aunque nadie lo vea, aunque no alcance para todo, esa es la estirpe que nos ha sostenido, la misma que no podemos perder.
Hago un llamado urgente a las familias: hablen con sus hijos, preguntemos qué piensan, con quién andan, qué sueñan. No dejen que la calle les enseñe lo que ustedes deben enseñar en casa. La formación de valores no es un discurso de acto político, es una conversación diaria, un ejemplo constante, una caricia a tiempo y un “no” firme cuando hace falta.
Y a todos, a todos los que conformamos este mundo que hoy está patas arriba, nos toca dejar de justificar lo injustificable. La situación económica es real, pero no la usemos para cubrir el delito, si cedemos en eso, si lo aceptamos como normal, definitivamente cavaremos nuestra propia tumba como sociedad. Pinar del Río ha sido siempre tierra de gente noble, trabajadora, solidaria, así que no permitamos que unos pocos, confundidos o malintencionados, nos roben también la decencia.
Dejemos a la miseria pasar y hagamos que el sacrificio valga, pero, primero que todo, que la deshonra no nos manche, esa es la esencia.
