La cabina estaba en penumbra. No por falta de luz, sino porque así se trabaja mejor cuando el sonido es el centro del mundo. En la mesa, los potenciómetros parecían un pequeño paisaje de montañas mínimas, y él —José Ramón Piñero Benítez— los recorría con los dedos como quien acaricia un territorio conocido.
Afuera, Sandino seguía su ritmo de pueblo. Adentro, él afinaba la realidad.
Un leve roce. Un clic. Un silencio que no era vacío, sino materia.
Piñero inclinó la cabeza, cerró los ojos un instante. Escuchó.
No cualquiera sabe escuchar así. No cualquiera distingue un soplo de aire de un ruido. No cualquiera sabe cuándo un silencio está mal puesto.
Él sí.
Por eso, cuando llegó la noticia, —esa frase que entró en la cabina como un rayo suave— él estaba haciendo lo que ha hecho toda su vida: ordenar el mundo por el oído.
—José… te aprobaron.
—¿Qué cosa?
—El reconocimiento. Maestro de Radialista.
Él no se movió de inmediato. Solo dejó caer la mano sobre la mesa, como si necesitara sentir la madera para creerlo. Después levantó la vista. No había sorpresa. Había algo más hondo: la serenidad de quien sabe que ha trabajado bien.
Porque él no solo pone música. No solo limpia ruidos. No solo mezcla voces. Él crea atmósferas. Él construye escenas. Él da vida a lo que no se ve.
Un realizador de sonido no firma. No aparece. No se nombra. Pero está en todas partes: en la respiración justa de un locutor, en la entrada precisa de un efecto, en la textura de un ambiente que sostiene una historia sin que nadie lo note.
José Ramón ha enseñado eso durante años.
A generaciones. A jóvenes que llegaron sin saber que el sonido también tiene alma.
Por eso, cuando la noticia corrió por la emisora, no hubo gritos. Hubo algo más verdadero: miradas que decían “era hora”. Manos que se acercaban a su hombro. Sonrisas que no necesitaban palabras.
El 22 de agosto, cuando le entreguen el reconocimiento, él estará allí. No como un héroe. No como un símbolo, sino como lo que siempre ha sido: un hombre que escucha. Un hombre que entiende que la radio no se hace con aparatos, sino con sensibilidad. Un hombre que sabe que un sonido bien puesto puede cambiar una historia.
Ese día, cuando pronuncien su nombre, muchos recordarán la primera vez que él les enseñó a oír de verdad. A distinguir. A respetar el silencio. A entender que el sonido no es un adorno, es un lenguaje. Y él, seguramente, sonreirá con esa discreción suya. Porque los realizadores de sonido no buscan aplausos. Buscan precisión, belleza y verdad.
Y él la ha encontrado, una y otra vez, en cada frecuencia que ha tocado.

Por: Tairis Montano Ajete
