En el poblado Río Seco, en San Juan y Martínez, entre los campos de tabaco y los caminos polvorientos, un niño descubría que los libros podían ser más que entretenimiento, eran destino.
Alberto Peraza recuerda las ferias campesinas, las casas de tabaco que se convirtieron en imágenes recurrentes de su obra y los versos escondidos en los rincones de la casa para que su madre los encontrara. Desde entonces, la literatura se instaló en su vida como una certeza. Hoy, convertido en poeta y narrador, comparte con serenidad la historia de esa vocación temprana y el compromiso que lo ha acompañado siempre.
¿Cómo descubrió su vocación por la escritura y qué papel desempeñó Pinar del Río en ese proceso?
“Mi vocación por la escritura viene desde mi primera infancia. Nací en Río Seco, en San Juan y Martínez, y recuerdo la escuela primaria Rafael Morales, los trillos, el camino del arroyo. A los cuatro años ya iba a la Casa Teatro y la Casa de Cultura, participaba en obras teatrales, y las ferias de la Loma de Bienvenido me marcaron mucho.
“Las casas de tabaco fueron muy inspiradoras para mis textos. Mi familia jugó un papel esencial, fue la columna vertebral de mi vida. El primer libro que leí fue Había una vez, pero con ocho años ya leía a Julio Verne, Daniel Defoe y Saint-Exupéry.
“Esa etapa me aportó muchísimo, porque cuando llegué a la escuela tenía gran apego a la literatura y al español. Mis maestros, como Eneida González, fueron muy importantes en mi vocación. A esa edad también escribí la idea de lo que después sería el poema Espejo, porque dejaba versos para mi madre en los rincones de la casa. Más tarde estudié Lengua Inglesa en el Instituto Superior Pedagógico y me incorporé a talleres literarios en San Juan y Martínez, con la guía de Deysi Ramos, hasta llegar a la Uneac en 1996”.
¿Qué autores o experiencias han marcado su estilo y su manera de entender la literatura?
“Autores como José Martí y Emilio Salgari fueron fundamentales. También El destino de un hombre de Mijaíl Shólojov me abrió a la literatura clásica y universal. Comencé a expandir mis territorios mentales hacia Europa y los países nórdicos, y de ahí mi fascinación por la literatura infantil, por los mundos de Andersen y los hermanos Grimm.
“Una persona muy cercana fue Luis Cabrera Delgado, con libros como Dónde está la princesa y La tía Julita, que destacan la familia y la magia. Agradezco también a mi profesor Luis Pérez, a Nery Carrillo y a Eduardo Martínez Malo”.
¿Qué lo motivó a dedicar gran parte de su obra a niños y jóvenes?
“Mi propia infancia fue una fuente de motivación. Siempre he sido rebelde, me gusta luchar por los derechos de los niños. Aprendí de mi madre que la vida está hecha para agradecer, perdonar y ponerse en el lugar de los demás.
“Los niños y los jóvenes son inspiración para toda mi obra, porque a veces los adultos piensan que pueden hacer con ellos lo que quieran y no es así. No se puede escribir para niños como si uno fuera niño, hay que saber a qué lector llegarás.
“He visto poemas escritos por muchachos de 12 años que parecen de adultos, con una profundidad enorme. Los niños no mienten, tienen una imaginación desbordada que puede confundirse con la mentira, pero es imaginación”.
¿Qué significó para usted recibir reconocimientos como el Premio Nicolás Guillén o La Edad de Oro?
“La Edad de Oro es uno de los concursos más importantes de la literatura infantil en Cuba. Lo recibí con 50 años y fue muy querido, con el álbum ilustrado Los cuentos tienen familia, junto al artista Yan Carlos Perugorría. También recuerdo La media vuelta, la vuelta entera, ilustrado por Raúl Martínez, que me ha dado muchas satisfacciones, porque se han reditado 20 000 ejemplares y hasta se hicieron animados.
“La beca Alcorta me permitió alcanzar el premio de la crítica La Rosa Blanca, muy añorado por los escritores. El premio Nicolás Guillén ha sido lo más significativo. En 2019 lo obtuve con Macerar, publicado por Letras Cubanas. Ese libro me quitó costras que llevaba años cargando, me limpió la piel, sentí el brillo y la tersura al terminarlo. Convertí el dolor en palabras, con música del cuerpo y los sentimientos. No lloré una pena, denuncié el dolor y seguí adelante. Fue un canto a la vida, muy bien recibido en Cuba y reditado en México”.
¿Cómo es su rutina de escritura y qué importancia concede a la disciplina frente a la inspiración?
“Si la musa viene y no se aprovecha, después no se puede escribir. Soy muy disciplinado. Hay un dicho que dice: ‘Al pie del coco se toma el agua’. Así mismo debemos ser.
“No me gusta escribir por oficio, aunque lo he hecho, pero debemos aprovechar la musa y ser disciplinados con ella. Mi rutina diaria es leer mucho, porque leer ayuda a escribir. Coordino talleres literarios todos los sábados en la Uneac y desde mayo en la escuela Aurora Martínez, junto a otros colegas”.
¿Qué estrategias considera más efectivas para acercar la literatura a la comunidad?
“No debemos sentirla lejana, somos parte de la comunidad. Durante la pandemia propuse un programa en Radio Guamá: Razones para compartir contigo, que se transmitió de lunes a sábado durante tres meses. También las ferias municipales y provinciales son fundamentales. En Río Seco hago actividades en el círculo y soy Bertico, el muchacho del pueblo.
“Es importante llegar sin creerse el gran escritor, buscar el talento en la comunidad. Lo hemos logrado en las ferias de Mar y con el proyecto Con Amor y Esperanza, trabajando con personas con síndrome de Down, en casas de abuelos, centros de salud, plazas y parques”.
¿Qué impacto ha tenido su espacio Como Pan Caliente en la Feria del Libro de Pinar del Río?
“Me ha regalado muchas cosas buenas. Es la cara de la feria en la provincia, se desarrolla en el portal del teatro José Jacinto Milanés y ahí dedicamos espacios a la literatura infantil, a las editoriales Cauce y Loynaz, a la culinaria. “El nombre viene de cómo promover los libros que se venden como pan caliente, pero con información para que el lector sepa lo que compra. Hemos tenido libros raros y de uso, interactuamos con niños y escuelas, entrevistamos a premios nacionales de literatura, ciencias sociales, historia, críticos de arte y deportistas”.
¿Cómo nació el proyecto Con Amor y Esperanza y qué papel juega la literatura en la inclusión social?
“Surgió por un grupo de padres de hijos con síndrome de Down y por Jesús Carrete, artista de la plástica, junto a su esposa Coralina Hernández. Ha tenido momentos lindos y una historia hermosa. Los niños declaman poemas, ilustran libros y han participado en publicaciones en México.
“La casa de todos fue ilustrado por 10 miembros del proyecto y se convirtieron en parte del catálogo de la Editorial Progreso. También ilustraron Poesías para adivinar y mucho más. Han sido remunerados económicamente, porque buscamos su independencia y su inserción social. Ellos son mi vida”.
¿Qué experiencias le han dejado sus participaciones en festivales de poesía fuera de Cuba?
“En Cuba he participado en Al Sur está la poesía, en Pilón, y en las Romerías de Mayo, que me han aportado muchísimo. También en el Festival Internacional de Poesía de La Habana, en el que soy coordinador en Pinar del Río desde hace 15 años. Eso me abrió puertas para participar en el Festival Internacional de Poesía de México y en el encuentro de la décima en Veracruz. Agradezco el apoyo de Nicolás García Flores, que estimuló la participación de cubanos en ese festival”.
¿Qué lugar ocupa la poesía en la sociedad cubana actual?
“La poesía salva, eso es muy cierto. En tiempos difíciles leer poesía nos ayuda bastante. En Cuba se defiende mucho el punto cubano, el repentismo ha enraizado y las nuevas generaciones exploran vertientes como el rap. En Pinar del Río tenemos grandes poetas como Leandro Camacho, Yasser García y Adriel Ceballos. La décima es nuestra estrofa nacional. Recomiendo el libro Canto de Amor a Pinar del Río de Nieves Rodríguez. La provincia ha aportado mucho, aunque es necesario mejorar en la creación”.
¿Qué recomendaciones ofrecería a los jóvenes escritores que comienzan hoy en Cuba?
“Ir a los talleres literarios, escuchar a los adultos. En nuestra provincia tenemos a Raúl Tortosa, maestro de los talleres, que es una escuela. A los jóvenes les pido paciencia, vehemencia, que se enamoren de la literatura y que se superen”.
¿Cómo le gustaría que se recordara su obra y su aporte cultural dentro y fuera de Pinar del Río?
“Recuerdo a Dulce María Loynaz cuando se inauguró el Centro Hermanos Loynaz: no le interesaba que recordaran su nombre, sino su obra. A mí me pasa igual. Me gusta que quede un poema, un verso, una frase, y que permanezca el amor con que he tratado a las personas. Quiero que Río Seco sepa que soy un hijo ferviente, amante de mi pueblo y de mi gente, de todo lo que he vivido allí, que me ha hecho un ser humano íntegro por dentro y por fuera.
