El becado pinareño de la década de los ‘60 era un auténtico personaje, raro para los tiempos de hoy. Nacido entre espinas de hambre y abandono, sordo a las ruedas y ciego a la luz se empinó como suben las estrellas al cielo. Fue creado por las oportunidades que se ofrecieron a la juventud para realizar estudios en La Habana de carreras que no existían en las provincias y, finalmente, la victoria cayó sobre ellos.
Desde principios de la década de 1960, el becado pinareño se movía hacia la capital vía Carretera Central, estrecha pero todavía en buenas condiciones, durante cuatro horas que demoraba el viaje, con escala en Artemisa, en los entonces famosos ómnibus Skoda, los popularmente llamados «checos», entrados al país mediante el CAME (Consejo de Ayuda Mutual Económica).
El becado pinareño estaba lleno de felicidad y emociones, a pesar de los obstáculos propios de los tiempos y de su condición de emigrado a la capital. Largas colas de multitudes de jóvenes durante más de 20 horas en las terminales en espera de la salida de un checo cada dos o tres horas para que lo llevara a la capital o de regreso a casa.
La vida demostraría que no había recursos para viajar todos los fines de semana, entonces aparecieron las largas estancias en la beca, un mes, dos meses, hasta tres en ocasiones, sin saber de los suyos allá en la tierra del tabaco, pues no eran tiempos de la “digital”, lavando a duras penas los uniformes o almacenando churre, con escasos baños en los días de frío. A veces, se sentía solo el becado, sin nadie a quien amar, solo con la esperanza en el futuro: «Seré profesional».
La felicidad y la soledad se encontraban día a día en la bella y limpia ciudad habanera de la época, lejos de la familia y del barrio, invadido por el miedo a la urbe, la trampa como diría Silvio Rodríguez, y la falta de dinero, a pesar de que con cinco pesos se cubría un modesto fin de semana con la noble comida de la beca, y los increíbles precios de un pan con croqueta de 13 centavos, un quesito crema de 25 y una cerveza de 60. Nada, que era una deliciosa soledad que enseñaba a ser y convivir juntos.
Gozoso andaba el becado paseando La Habana los fines de semana con sus sábanas blancas colgadas en los balcones; las aventuras amorosas a lo largo del emblemático Malecón o el parque Almendrares; o el disfrute de los espectaculares juegos de béisbol en el histórico estadio del Cerro, el actual Latino. No menos trémula era la entrada mística a los fabulosos cines de la época como el Payret, el Embazador y la Rampa, para ver estrenos de la cinematografía universal como Viridiana o La Máquina del Tiempo, con el famoso Noticiero ICAIC de intermedio.
Abundaba el becado tomado de la mano con su novia con la belleza de Venus y la gloria del amor, con un libro debajo del brazo como la pata Petunia, sin medias, jean apretado, camisa ancha bambochada y pelo largo, imitando a Silvio, los hippies y la farándula de la época, sin saber a profundidad qué onda seguían. Esos sí eran jóvenes de oro, en su mayoría, ciudadanos que se formaban en la educación, la amistad y la construcción del bien.
Los tortolitos compartían los cinco pesos y también un pequeño muslo de pollo en medio de la oscuridad en las madrugadas de lunes traído de casa, como máxima expresión de, «es poco pero nos queremos». Esa noche no habría tiempo para dormir, irían directo a desayunar y para las clases. Tampoco habría sexo, aunque sí alguna calentura prolongada en extremo en el ómnibus cuando atestado de personas, de pie, como sardinas en latas, él la cubría apretando su cuerpo contra el de ella, en una fricción constante entre el novato pene alegre y las nalgas de la hembra.
Al llegar a Artemisa, el joven preguntó a un señor qué hacer para calmar el fuerte dolor en los testículos. Este, tan natural como la lluvia, pero con picardía, le dijo: «Vayan allí al baño de la pizzería, ahora que no hay nadie, y que ella te ayude». Efectivamente, así sucedió.
Al becado le atraía tanto la oscuridad como la luz. Por eso prefería la luz apagada para hacer el amor, nada, locuras de los tiempos. Pensaba que en el momento de la penetración la mujer exigía la oscuridad como en el bosque para proteger la pureza, la perfección y lo infinito de su ser; ambos cerraban los ojos. Así, con los ojos cerrados, en el parque, una noche procrearían a un bebé. Una noche fresca como el mes de mayo, de labios suaves y rojos, se convertía ella en la primera madre soltera pinareña becada en La Habana.
Muchas almas dulces y virtuosas descansan en la suave paz, otros construyen profesiones y amor, jubilados o no. Esas son otras historias. Fueron los becados que se crearon día a día en el asfalto habanero, entre roca y roca, arrastrado por la belleza del mar desde el Malecón, con el alma ahogándose en la desolación, pero con la pasión de la deslumbrante Habana. Vivían humildes como los ángeles del cielo y demostraron coraje, moviéndose en la perpetua luz solar y bajo la luna real caribeña con cara de mujer.
Por el doctor Rodolfo Acosta Padrón

