¿Cuánto puede un hombre cambiar por venganza? Es la interrogante que acompaña la lectura de El Corsario Negro, uno de los libros más famosos del escritor italiano Emilio Salgari, que integra el ciclo Los piratas de las Antillas, compuesto por cinco novelas.
A medida que se avanza en esta aventura desarrollada en el mar Caribe durante el siglo XVII, la pregunta se transforma. Después de haberlo perdido casi todo: ¿cuánto aliento de vida puede inspirar, en un hombre, la sed de venganza?
Esa suerte corrió el protagonista, Emilio di Roccabruna, señor de Valpenta y Ventimiglia –más conocido como El Corsario Negro–, a causa del gobernador de Maracaibo, un español llamado Wan Guld, quien capturó y ejecutó a sus dos hermanos (El Corsario Rojo y El Corsario Verde). Vengar tal agravio constituye casi la única motivación en la vida de Emilio, hombre «formidable» que «vale por cien filibusteros», de «mirada ardiente y sombría».
Algo más que lo anima a seguir adelante con su riesgosa empresa es su tripulación más íntima: Carmaux, Van Stiller, Moko y otros que se incorporan a lo largo de la trama. Estos personajes secundarios resultan ocurrentes y no caen en el olvido que, en otras obras, suele acompañar a quienes no son protagonistas.
Lo que quizá diferencie esta novela, en la cual también se enfrentan españoles y piratas, es que estos últimos no saquean ni matan con la típica ferocidad de hombres carentes de valores. Por el contrario, la justicia, el honor, la honestidad y el peso de la palabra motivan sus acciones. Hay más: estos filibusteros tienen la capacidad de hermanarse con otros, de ser empáticos, sin importar que el interlocutor sea enemigo, siempre que el honor vaya por delante.
Salgari intercala a menudo nombres de verdaderos piratas de otros tiempos, y ciertos pasajes se aprovechan de la realidad histórica para explicar cómo era la vida en las tierras americanas. Asimismo, el italiano vierte en la novela su experiencia como marino –aunque se dice que fue más bien escasa–; quizá sus conocimientos provenían de su vasta lectura, pero, de cualquier forma, ofrece bellísimas descripciones del entorno:
«Bajo las aguas, moluscos extraños ondulaban en número infinito, jugando entre aquella orgía de luz. Aparecían las grandes medusas; los pelagios, semejantes a globos luminosos, danzaban al impulso de la brisa nocturna; los graciosos milíteos irradiaban fulgores de lava ardiente con sus extraños apéndices en forma de cruz de Malta; otros moluscos parecían como incrustados de diamantes (…)».
En el libro se suceden las aventuras y el ritmo es trepidante. Sin embargo, pasada la mitad, este se vuelve mucho más lento; las descripciones insistentes de plantas y bestias, cuando los protagonistas quedan atrapados en la selva, entorpecen un poco la lectura. Aun así, esos detalles no restan calidad a la novela, que augura abordajes y amenazas que parecen irremediables, asedios a fortalezas, secuestros e incluso un gran amor que pone en jaque la misión del Corsario Negro.
¿Logrará el noble Emilio vencer a Wan Guld? ¿Será en esta entrega o en otra de la saga? Ante cualquier posibilidad, Salgari ofrece una novela de lectura amena, adaptada al cine en más de cinco ocasiones, y con la que no pocas generaciones, en todo el mundo, crecieron.
