El sonido es constante. Metálico, rítmico, casi hipnótico. Las máquinas de coser marcan el pulso dentro del taller mientras, entre telas verdes y manos expertas, varias mujeres –muchas de ellas jubiladas– han encontrado algo más que un empleo: una razón para seguir siendo útiles.
Aquí no sobra nadie. Al contrario. En Confecciones Conde, proyecto de desarrollo local (PDL) radicado en el municipio de Sancti Spíritus, cada jornada comienza con la misma certeza: hay trabajo por hacer y manos dispuestas para asumirlo. En un contexto económico complejo, donde el retiro muchas veces se traduce en limitaciones, este espacio rompe la inercia y devuelve protagonismo a quienes aún tienen mucho que aportar

El salario ronda los 9 000 pesos mensuales. Foto: Yosdany Morejón.
A sus 68 años, Elba Muñoz Rabí regresó a la costura empujada por una necesidad concreta: el salario que percibía como costurera en el Hogar de Ancianos Provincial no alcanzaba. “Allá era mucho más bajo, dos mil y pico de pesos, eso no me daba para nada”, cuenta sin rodeos.
Aquí, en cambio, la realidad es otra, el ingreso mejora y también el ambiente. “Nos llevamos bien, como familia”, dice, y en esa frase resume la dinámica de un colectivo en el que la experiencia se comparte y el trabajo se multiplica.
Muy cerca, Luisa Méndez, de 80 años, confirma que la edad no es límite cuando se trata de sentirse útil. “Me encanta trabajar aquí, me distraigo y además me ayuda en la economía”, explica mientras revisa una pieza. Su rutina no se limita a coser: orienta, corrige, apoya. En un taller donde cada puntada cuenta, su experiencia se convierte en guía. “Nos ayudamos unas a las otras”, añade, como si describiera una regla no escrita.

Sebastián Conde Pérez y Mireya González Vera, son los líderes de este proyecto de desarrollo local. Foto: Yosdany Morejón.
La misma lógica sostiene a Noemí Gómez Jiménez, de 77 años. Para ella, quedarse en casa no es opción. “Es mejor estar trabajando. Allí no se gana nada”, afirma con una claridad que no admite matices. En el taller encuentra no solo un ingreso, sino también un sentido de utilidad que va más allá de lo económico.
Anicel Armentero Legón, con 46 años, representa otro segmento dentro del colectivo. Llegó tras el cierre de un taller anterior y encontró en este proyecto una continuidad laboral. “Me siento excelente”, asegura. Su salario ronda los 9 000 pesos mensuales, una cifra que, sin ser holgada, le ayuda a adquirir un poco más de alimentos.
Un oficio que responde a la urgencia
Detrás del movimiento constante de las máquinas hay una lógica clara: producir lo necesario donde más se necesita.
Confecciones Conde centra hoy su labor en la elaboración de ropa sanitaria destinada a instituciones de la salud. Conjuntos quirúrgicos, batas, nasobucos, gorros y botas forman parte de una producción que, a solo nueve meses de funcionamiento, ya contribuye a sustituir importaciones en el país.
Sebastián Conde Pérez, uno de los líderes del proyecto, explica que la idea no surgió de la improvisación. “Siempre hemos estado vinculados al mundo artesanal y nos interesaba incursionar en la confección textil, también para mantener tradiciones y responder a necesidades reales”, comenta.

La alianza con este proyecto de desarrollo local permitió reactivar el taller. Foto: Yosdany Morejón.
La elección del sector no fue casual. En un escenario de limitaciones materiales, garantizar vestuario médico desde la producción local no solo reduce costos, sino que acorta tiempos de respuesta y refuerza la capacidad del territorio para sostener sus propios servicios.
“Tenemos conciencia de las dificultades del país y, en particular, de la salud, que es uno de los sectores más golpeados”, añade Conde. Esa conciencia se traduce en compromiso con la calidad y en la voluntad de cumplir con cada encargo, aun en medio de dificultades.
De la pausa al impulso productivo
El taller donde hoy funciona el proyecto no es nuevo. Tiene historia, prestigio y también etapas de silencio.
Mireya González Vera, jefa del taller y también responsable del PDL, lo conoce desde sus cimientos. Durante años, el colectivo sostuvo un reconocimiento basado en la calidad de sus confecciones. Luego vinieron los cierres, las limitaciones y la paralización de la actividad.

El proyecto recibió un financiamiento inicial de casi cinco millones de pesos. Foto: Yosdany Morejón.
“Nunca hemos permitido la chapucería”, afirma con firmeza. Para ella, la calidad no es negociable. Es la base sobre la que se construye la confianza de quienes reciben cada prenda.
La alianza con este proyecto de desarrollo local permitió reactivar el taller. Las máquinas –antiguas, pero funcionales– volvieron a encenderse y con ellas regresó también el saber acumulado de un grupo de mujeres que ha dedicado su vida a la costura.
“Somos costureras de toda la vida. Aquí se hace lo que haga falta y con calidad. El taller siempre se llamó La Estrella de Martha y Mireya, porque lo inicié junto a mi hermana que ya se retiró, y estuvo adscripto al Fondo Cubano de Bienes Culturales”, cuenta.

Detrás del movimiento constante de las máquinas está la lógica clara de producir lo necesario donde más se necesita. Foto: Yosdany Morejón.
El espacio actual, ubicado en una vivienda adaptada en el consejo popular de Colón, de la ciudad cabecera, responde a las condiciones disponibles. No es el local original, pero permite sostener la producción y aprovechar ventajas como el acceso estable a la electricidad. La solución, aunque provisional en apariencia, ha resultado efectiva.
Una economía que se teje desde lo local
Para el Gobierno municipal, el impacto del proyecto trasciende las paredes del taller.
Osvaldo Mesa Gómez, director de Desarrollo de la Asamblea Municipal del Poder Popular, destaca que Confecciones Conde ha contribuido a cubrir déficits en instituciones sensibles, como el hospital provincial y el Hogar de Ancianos Municipal. “Se trata de cubrir demandas importantes con producciones propias”, señala.

El proyecto ofrece empleo a mujeres, muchas de ellas jubiladas, y contribuye a la sustitución de importaciones en el territorio. Foto: Yosdany Morejón.
El respaldo institucional ha sido clave. El proyecto recibió un financiamiento inicial de casi cinco millones de pesos, además de créditos destinados a garantizar su arranque. Aunque el primer año cerró con algunas pérdidas –debido, entre otras causas, a la falta de mercado y visibilidad–, las perspectivas actuales son más favorables.
La demanda existe, el reconocimiento crece y el colectivo se consolida.
Parte de las utilidades, además, retorna al fondo de desarrollo local, lo que refuerza un ciclo económico donde el beneficio no se limita al proyecto, sino que incide en el territorio.

Confecciones Conde centra hoy su labor en la elaboración de ropa sanitaria destinada a instituciones de la salud. Foto: Yosdany Morejón.
Crecer sin perder la esencia
El futuro de Confecciones Conde no se limita a la ropa sanitaria. Entre sus proyecciones está diversificar la producción y confeccionar guayaberas, una prenda de alto valor cultural en la región. La intención es clara: ampliar el alcance económico sin renunciar a la identidad.
El taller cuenta con la experiencia necesaria para asumir nuevos retos. Aquí, cada costurera domina múltiples habilidades, lo que permite adaptarse a diferentes demandas sin comprometer la calidad.

Confecciones Conde es un proyecto de desarrollo local en Sancti Spíritus que apuesta por la elaboración de ropa sanitaria. Foto: Yosdany Morejon.
Más que costura
En Confecciones Conde, cada prenda terminada lleva algo más que hilo y tela; lleva tiempo, esfuerzo, experiencia y una voluntad compartida de seguir adelante.
Para muchas de estas mujeres volver al trabajo no ha sido solo una necesidad económica, sino también una forma de recuperar espacios, de mantenerse activas y de sentirse parte de una solución.

Aquí se hace lo que haga falta y con calidad, afirman los trabajadores de Confecciones Conde. Foto: Yosdany Morejón.
En un país donde los desafíos cotidianos marcan el ritmo de la vida, proyectos como este demuestran que la respuesta puede construirse desde lo local, con recursos propios y con la fuerza de quienes deciden no detenerse.
Porque aquí, entre máquinas que no descansan y manos que no se rinden, cada puntada sostiene algo más que una prenda: sostiene la vida.
