A los 80 años, René Valdés Torres se reconoce como un escritor que ha hecho de la memoria su mayor patrimonio. Poeta y narrador de Pinar del Río, su obra es testimonio de la vida cotidiana, la infancia y la identidad cultural cubana. Desde San Luis, ha convertido la palabra en resistencia y en legado, con la serenidad de quien sabe que la literatura es, ante todo, un acto de amor.
Evoca su niñez en San Luis con una mezcla de nostalgia y lucidez crítica. “Si me propusiera encontrar una fórmula cómoda para la época anterior a la Revolución, creería expresarme del modo más conciso diciendo que fue la dorada edad de la felicidad”, afirma.
En aquel tiempo, cada familia conocía con exactitud lo que tenía y lo que podía gastar, reservando siempre un margen para los imprevistos. La vida transcurría con orden y serenidad, ajena a la prisa de las máquinas modernas. Sin embargo, esa calma convivía con realidades duras: barrios marginales como Llega y pon y Sacrificio, donde los más pobres cocinaban en portales de tiendas o en escuelas, porque nadie se ocupaba de ellos. Las chozas de guano y cartón eran arrasadas por las crecidas de los ríos y los ciclones, y la justicia parecía reservada solo para los ricos. “La pobreza de las grandes masas parecía insuperable y el derecho de votar se vendía para poder subsistir sin morir de hambre”, recuerda.
En medio de ese entorno, la figura de su padre emerge como un referente ético. Hombre culto y reservado, rechazó cargos honoríficos y nunca se dejó arrastrar por la adulación. “De él heredé la sensación de libertad interior, lo que acaso percibo como mi único bien seguro”, confiesa.
Esa herencia moral, unida al esfuerzo de los vendedores ambulantes que soñaban con ver a sus hijos convertidos en maestros o músicos, le enseñó que el conocimiento era un título de honor para toda la familia.
Su primera novela, Tonsaga, hoy perdida por un robo, fue fruto de esa necesidad de preservar las voces de su pueblo. El reconocimiento llegó en 1990, con una mención en el concurso 26 de Julio, que lo impulsó a dedicarse con disciplina a la escritura. “El entusiasmo de mi padre y de mi hermana Moraima, que alababan mi escritura, me hizo creer en mí. Y si no soy Hemingway ni García Márquez, al menos hago algo por conservar parte de la memoria y la historia de mi pequeño pueblo: San Luis de Occidente”.
Su camino literario estuvo marcado por la soledad y la perseverancia. “Siendo autodidacta, sin antecedentes familiares, viviendo en un pequeño y perdido pueblo de provincia, recibiendo burlas e ignorancias como premio a mis esfuerzos, resulté ser un escritor tardío”, confiesa. Su primer libro apareció en 1995, cuando ya tenía 49 años.
La disciplina fue su aliada: escribía y leía sin descanso cualquier texto que llegara a sus manos, con la avidez de quien se forma a sí mismo. El ingreso al taller literario de su pueblo, bautizado con el nombre de Eduardo Zamacois, significó un punto de inflexión. Allí aprendió a escuchar criterios ajenos, a aceptar críticas y a reconocer los peligros que acechan a todo escritor: creer que lo propio es insuperable o intentar decir algo y terminar diciendo otra cosa.
“Los enemigos, en su afán de destruirme, resultaron ser los mejores maestros, pues con sus críticas me mostraban dónde estaban los problemas mayores”, refiere. El momento decisivo llegó en circunstancias duras. Durante su estancia en la UMAP comenzó a escribir un diario en el que recogió todas las verdades de aquellos campamentos.
Ese cuaderno, convertido hoy en un libro aún inédito, le reveló que podía escribir profesionalmente. “Ese diario me aseguró que podía hacerlo aunque no fuera el mejor. La furia por escribir que se desató en mí es lo que me ha llevado hasta donde estoy. Eso me complace”, afirma.
En su trayectoria hay un libro que marcó un antes y un después: Margarita Cun Cun, la historia de una niña chismosa. “Con ese libro rompo mi forma tradicional de abordar la literatura para niños. Es más actual, más fresco, más instructivo, y me acerca al universo infantil sin filtros ni ñoñerías, con una narrativa más eficaz”, explica.
Su estilo poético, en cambio, ha mantenido una identidad firme. Lo describe como crudo aunque lírico, atento al devenir del país sin consignas ni elogios fáciles. Prefiere los poemas largos, aunque sostenerlos sea una tarea titánica. “Mi evolución poética no ha sido tan marcada, el lenguaje es prácticamente el de siempre, pero con más contenido, menos filosófico, más real y necesario; menos dramático, más cubano”, afirma. En la narrativa, se reconoce como el mismo René, pero distinto: más humano, más cercano.
Las instituciones también han tenido un papel en su desarrollo. La Uneac le otorgó prestigio y reconocimiento nacional, fruto de esfuerzo y trabajo constante. En cuanto a la Fundación Nicolás Guillén, recuerda su participación como secretario en la filial de Pinar del Río, aunque la enfermedad lo ha mantenido alejado de esa labor.
Entre los reconocimientos recibidos, destaca uno que lo marcó profundamente: el Escudo Pinareño. “Es una condecoración que pocos tienen, te coloca en un pedestal que siempre debes considerar oro. Es la significación del trabajo de mi vida como servidor social al pueblo y a mí mismo”. Para él, más que un premio, representa un compromiso permanente con su sociedad.
La literatura para niños ocupa un lugar primordial en su obra. “Es una literatura muy necesaria para la preparación de la esperanza del mundo, como bien dijo José Martí”.
Reconoce que escribir para los más pequeños es una tarea difícil, especialmente en un contexto marcado por riesgos y amenazas, en el que las redes sociales transmiten mensajes dañinos que afectan sensibilidades frágiles y puras.
Al llegar a los 80 años, el escritor se detiene a reflexionar sobre el tiempo y la memoria. Una mañana de diciembre de 2024, al despertar, tomó conciencia de que había alcanzado esa edad simbólica que en Cuba suele celebrarse con homenajes. “Ochenta años representan un momento de reflexionar sobre lo que ha sido nuestra vida, un momento en que uno mira inquieto atrás para averiguar cuán grande es la parte del camino que ha recorrido ya, y se pregunta íntimamente si seguirá escribiendo”, confiesa.
Mira hacia atrás desde su amado San Luis y el Valle de Guainacabo con gratitud: la producción literaria y poética le ha dado más de lo que imaginó en sus sueños juveniles. Aunque lamenta el robo de originales de novelas escritas con desvelo, asegura que ese dolor no lo derrota. “En todo momento, solo la creación ha constituido mi deleite, no lo creado”. La memoria, insiste, es la sangre de los pueblos y de los hombres, sin ella, no somos nada.
Con serenidad, asegura que ya es tarde para recomenzar, pero se levanta obediente para enfrentar los días que le restan. “Ahí están mis libros, ¿podrá alguien anularlos? Estoy en mi casa, ¿podría alguien echarme de ella? Tengo mis amigos, ¿podría perderlos acaso?”, se pregunta con firmeza. Piensa sin temor en la enfermedad y en la muerte, pero lo que lo acompaña es la certeza de seguir viviendo hasta que Dios disponga. Su legado, asevera, está en sus libros y en el amor con que los deja a las generaciones venideras.
René Valdés Torres ha vivido la literatura como un acto de resistencia y de amor. Desde la infancia, marcada por la dignidad de su padre, pasando por la formación autodidacta y los talleres que lo ayudaron a pulir su voz hasta la consolidación de una obra que abraza, tanto la poesía como la narrativa infantil, su camino ha estado guiado por la memoria y el compromiso.
Hoy, al llegar a los 80 años de edad, su mirada se detiene en lo construido: libros que son testimonio de un pueblo, reconocimientos que lo vinculan a su comunidad y una obra que se ofrece como legado. No se trata de la vanidad de lo creado, sino del gozo de haber creado. Su vida literaria es la prueba de que la perseverancia puede vencer al tiempo, y que la palabra, cuando nace de la verdad, permanece. Así se despide el escritor: con gratitud, con serenidad y con la certeza de que su obra seguirá dialogando con las generaciones futuras como memoria viva de San Luis y de Cuba.
Narrador y poeta
René Valdés Torres posee un estilo crudo, aunque lírico que se caracteriza por una mirada directa a la vida cotidiana y a la memoria de su pueblo. Sus versos, breves o extensos, buscan siempre la verdad sin adornos innecesarios.
Hay poemas y tú
Hay poemas y tú,
pero no puedo leerte
de otra forma que en silencio.
( René Valdés Torres)
Sinrazón
Cordura,
¿para qué?
Si equivocarse
es también un modo de vivir.
(René Valdés Torres)
Canta la tarde
La tarde canta,
y en su canto
se esconde el juego de los niños,
la risa que nunca envejece,
la esperanza que florece
en cada patio humilde.
(René Valdés Torres)
De su libro infantil publicado por la editorial Capiro, este poema transmite la frescura de la infancia y la belleza de lo cotidiano. Es ejemplo de cómo su voz se adapta al público más joven con sencillez y ternura.
