Posterior a la gesta del Moncada y la creación del Movimiento 26 de julio, se formaron en los barrios células de guerrilleros pertenecientes al movimiento, quienes realizaban acciones revolucionarias para derrocar la dictadura, particularmente después del desembarco del yate «Granma» por Playita en el oriente del país.
En un pintoresco barrio pinareño de un solo camino real, que zigzagueaba entre las vegas de tabaco, se distinguía la guerrilla de los «Machos», aunque también había hembras. Los «Machos» andaban locamente en las noches como las estrellas y la luna; Adriano, el líder, nunca había sentido una calma tan profunda producida por el esplendor de los bosques y las colinas, los arroyuelos y las palmas.
Adriano había atravesado la provincia de lado a lado, con sus locos harapientos, burlándose de los ricos, ayudando a los pobres, como lo hacía Robín Hood, a quienes le ofrecía alimentos, ropa y alguna que otra vaca; sin embargo, creía en la propiedad privada, en la sociedad de consumo y en el papel determinante de la economía.
Como casa tenía un bajareque, sin mujer que lo abandonó llevándose los dos hijos, ni dinero ni trabajo, ni zapatos; andaba solo, con buenas ideas y el corazón roto. Era el guerrillero bohemio, atrevido, aventurero y profundamente enamorado de Rita, una de las dos guerrilleras con que contaba el grupo, tan bella como la luna blanca que brilla sobre los bosques.
El mudo, que no era ni mudo ni ocho cuartos, escondía las armas en los naranjos; cuando venía la guardia rural se le montaba el santo, como si fuera mudo, sordo y loco; de esa actuación no lo sacaba nadie, eso lo sabían los guardias rurales que pronto se montaba en los caballos y salían berreados a todo galope.
Los guerrilleros subían y bajaban lomas frecuentemente para contactar con el mando que yacía en las lomas de Cansa Vaca, allá por la Cordillera de los Órganos. Llevaban armas y traían ganas, necesaria para la lucha en el llano. Varias veces buscaron refugio en las montañas huyendo de militares y guardias. Cada mañana se sorprendían al despertarse vivos.
En uno de esos viajes a Cansa Vaca, con Adriano, solos, Rita pecó en el río cuando nadó desnuda estando a su lado. Ella sintió temblores y tambores en el recoveco más boscoso y sombrío de su cuerpo, que pronto excitaría al joven, quien ya le había arrojado rosas a sus pies y había disfrutado de sus melosos labios con sabor a ella.
Como resultado de la lucha clandestina, varias veces flamearía la bandera nacional en las torres solitarias, como las casas de tabaco y la cima de las montañas, los altos árboles y las palmas reales. Asimismo, incendiaban las propiedades de los terratenientes y la Cuban Land, echaban puntillas por donde pasaría el jeep de la guardia rural, lanzaban cocteles molotov a las perseguidoras del SIM, bloqueaban caminos y se batían a tiros con los guardias, despreciables con sus odiosas y torpes botas de combate.
Mientras tanto, los guerrilleros eran objeto de torturas en el cuartel del barrio: los pelaban a rape, los echaban a las patas de los caballos en la cuadra, los azotaban con correas y bastones, hasta que finalmente los soltaban desnudos, hambrientos y con moratones por todo el cuerpo. Algunos quedaron marcados para toda la vida.
Una mañana, el mudo se cansa de tanto maltrato y dice: «Basta ya de soportar la pena negra», entonces alzó el machete para cortarse las venas, cuando se repente aparece un niño con cocos y le pide el machete para partir uno, a la vez que lo invita a tomar y comer agua y masa. Al rato se levanta y se va de la muerte.
«Guerrillero, guerrillero, guerrillero adelante con cornetas y tambores, sueña, es la hora, llevadme con ustedes», había dicho Rita y María la noche que se unieron a los «Machos». «Que se escuchen los gritos de júbilo, los vítores a los héroes populares y los gruñidos de los hambrientos», decía la gente del barrio, quienes ofrecían su corazón a la patria feliz y el edén querido que se acercaban.
Un día, apareció la luz que iluminó las vegas de tabaco, los palmares y los montes pinareños con los árboles floridos. Enjambres de pájaros abandonaron la tristeza, dejaron de dormir, volaron todos juntos y cantaron como el sinsonte y el negrito. «El guerrillero no ha de alzarse ¡nunca más!», pensó el pueblo.
DrC. Rodolfo Acosta Padrón
