Los hermanos Hernández Escobar van trazando pauta en el desarrollo tabacalero del municipio de San Luis, a pesar de solo tener la experiencia de tres campañas
En la finca Los Escobales hay dos principios inviolables: no se reniega de la palabra de Dios y no se habla mal de la Revolución ni de Fidel. La declaración no es para silenciar ambos temas, sino porque crecieron apegados a sus creencias y en un sistema social que creen justo y al que acompañan sin reservas.
Es lo primero que aclaran los hermanos Yasiel y Yanosky cuando uno llega hasta Zamacois, nombre por el que los lugareños conocen ese paraje que geográficamente pertenece a San Luis, aunque se llegue también por El Vizcaíno.
Detrás de ese apelativo pudiera estar el apellido del reconocido escritor Eduardo Zamacois, quien publicara numerosas novelas, fundamentalmente desde España, y naciera el 17 de febrero de 1873 en la finca La Ceiba, ubicada en San Luis, cerca de Río Feo.
Uno deja atrás la Loma del Ganso y se desvía par de kilómetros más, siempre a la derecha, por un terraplén mejor que cualquier carretera, hasta que descubre desde una elevación la casa de tabaco de 16 aposentos que da la bienvenida, el tabaco de sol a ambos lados del camino y la casita construida sobre la “alpargata”.

Tienen un vocabulario muy particular los vecinos. La “alpargata” es el cañamazo amargo, una hierba silvestre que crece en terrenos yermos, y que permitía a Yasiel, en su infancia, jugar pelota a sus anchas.
Siempre le decía a su abuelo, Dadito Escobar, que construiría una casa justo en ese lugar, sobre la hierba que los vio crecer.
Yasiel y Yanosky Hernández Escobar, con 34 y 43 años, respectivamente, crecieron bajo la educación del abuelo, un hombre que les inculcó que uno tiene que tener palabra y principios, que hay que pensar con cabeza propia, ser leales y cuidar a la familia, “porque no se escoge, es la que toca, y está para resolver los errores y ayudarse, no para sacarlos a la luz”. Después un tío se encargaría de acompañarlos a labrar su camino.
Hasta hoy viven con su impronta: los enseñó a trabajar; a no malgastar; a ahorrar para los imprevistos; a no tener deudas, y a respetar a las mujeres, a las maestras y a los hijos.
EL PRIMER NEGOCIO
Para Yanosky, Yasiel no es su hermano, es su hijo mayor, por eso no hay diferencias entre ellos, discuten, hablan, se ponen de acuerdo o no, pero nunca queda una rencilla o algo “trabado” en la garganta por decir.
Por eso, cuando Yasiel le comentó su idea de sembrar tabaco hace tres campañas atrás, Yanosky lo apoyó. En un negocio, si tienes para invertir y no empezar de cero, es mejor, por supuesto.
Desde los 18 años el mayor de los hermanos cría puercos de ceba: “Este es mi negocio, el de siempre, el de toda la vida. No lo he dejado ni en los tiempos más difíciles ante la falta de comida. En algunos momentos reduje la masa porcina, pero nunca lo cerré, porque es una actividad que da”, comenta ahora más tranquilo con la garantía de pienso que ofrece desde septiembre el grupo Tabacuba.
En la actualidad tiene 1 116 puercos blancos y de capa oscura, en menor medida estos últimos, y sostienen contratos con diversas estructuras productivas. Aunque los sacrificios se hacen, sobre todo, en julio y diciembre, mientras tengan animales en ceba se van vendiendo.
Para mantener esta cantidad de puercos disponen de 50 hembras a las que se les hace un promedio de 2.2 partos por año. Semanalmente alrededor de cuatro de ellas en celo se llevan hasta el macho reproductor.
La cría de cerdos fue el primer sostén de la familia cuando el abuelo quedó ciego con apenas unos 40 y tantos años. Hasta hoy sigue siendo el motor impulsor.
LOS DESAFÍOS DEL TABACO
Yasiel tenía nociones. Algunos saberes de la cultura del tabaco que aprendió con el abuelo, pero fue inteligente y buscó gente que sabía. Tocó las puertas de personas mayores del barrio que ya estaban en sus casas. Les devolvió un motivo para levantarse cada mañana, un buen salario y un trabajo fijo.
“Solo quiero que nos guíes, -le dijo al viejo Cabrera- no quiero verte sembrando una postura”, y tuvo ahí el conocimiento vivo que da la experiencia de los años.
Después se convirtió en fuente de empleo para un grupo de jóvenes que necesitaban también llevar dinero y comida a sus hogares. “Algunos estaban medio descarriados, -asegura Yasiel- y hoy los padres están muy agradecidos. Le dije a mi hermano: ‘Vamos a buscar la gente donde esté’. La vega queda lejos, pero entonces pusimos un recorrido, les facilitamos el acceso y tienen el almuerzo gratis garantizado”.
Cada mes se les entrega a los trabajadores, además de un salario diario por encima de los 1 000 pesos, una jaba con alimentos: arroz, frijoles, embutido, alguna vianda, “lo que aparezca, pero eso los ayuda”.
En la primera campaña sembraron Corojo 2020, y aunque les fue bien, decidieron en la anterior optar por la variedad Corojo 2012, este año incursionaron, además, con la 2016.
“Las hojas pesan más. Hemos tenido buenos rendimientos, y con los incentivos de Tabacuba vamos saliendo muy bien”, explica Yasiel.
Ya disponen de un tractor, varios triciclos, camioneta, un sistema fotovoltaico de riego móvil y otro de pozo profundo que les garantiza el óptimo funcionamiento de la finca. Igualmente, disponen de energía por paneles para la escogida, la cual pretenden sacar del área de la casa de cura e independizarla.

En la primera campaña obtuvieron ocho toneladas, en la segunda unas 12. El último tabaco se benefició en una miniescogida familiar con 10 mujeres al banco, las mismas que ensartan las hojas tras la recolección, porque en Los Escobales no hay “tiempo muerto”.
Aseguran los hermanos que en la finca hay trabajo para todo el que llegue, siempre y cuando sea disciplinado y respetuoso, contribuya con las tareas y se lleve bien con los demás.
Este es un criterio que comparte el joven Luis Enrique Hernández Hernández. Tiene 28 años y es la mano derecha de Yasiel. Desde hace más de una década trabaja en la finca.
Por eso es quien coordina y organiza a todos los obreros y cada día despacha las labores a realizar. “Cuando terminamos nos podemos dar un trago de ron, pero el trabajo es trabajo, los horarios se cumplen y si alguien tiene un problema, estamos también para ayudarlos”.
Con buen carácter está Estrella Pérez, una mujer oriunda de Bahía Honda, quien es la bendición de los trabajadores al mediodía. Dicen que el amor entra por la cocina, y hasta las raspas de los calderos le quitan de alante.
Ella cocina cada día con leña, con carbón, para todos los obreros: “Aquí se come bien y bastante, para que se llenen; no falta el plato fuerte y la gente es buena”.
Para Yaniuska Torres Padrón, otra joven, madre de tres hijos, Los Escobales ha sido una dicha, no solo por la tranquilidad del empleo, sino porque llega a fin de mes sin sobresaltos en el hogar.
TRABAJAR PARA SALIR ADELANTE
Cuando Yanosky empezó con los puercos no dudó en preguntar a los que sabían. Yasiel tampoco tuvo problemas con acercarse a las personas que lo podían orientar en el tabaco.
“Dios siempre ha puesto gente buena en nuestro camino, y la Revolución nos ha permitido crecer y tener la finca así. Todo cuanto hemos logrado ha sido dentro de la Revolución y con ella”, asiente el mayor de los nietos de Dadito.
“Y no tengo miedo a quedarme sin nada, porque yo no tenía nada. Hasta hoy me reprocho no entender por qué mi madre me tenía becado mientras otros viajaban cada día a la ciudad. Ahora comprendo que con 30 pesos compraba lo que yo necesitaba para la oncena, y que para estar en una escuela en la calle tendría que haberme dado 10 pesos diarios, y no los tenía”, reconoce el más joven de los hermanos.
Ambos saben que el trabajo y sus resultados les ha cambiado la forma de vivir y tienen planes para el futuro inmediato, como incursionar en el tabaco tapado y acondicionar la finca para que pueda acompañar cuanto han soñado. Para ello cuentan con trabajadores serios y con un núcleo del Partido en formación.
Eso sí, en Los Escobales se trabaja. Se aprovecha todo en la escogida; de la planta se recolecta hasta la gallardeta que crece tanto como la corona, apenas hay en el beneficio un dos por ciento de merma, porque hasta lo más mínimo tiene un lugar, incluso, para cigarrería.
Son autofinanciados, pero siguen perteneciendo a la CCS Ramón López Peña, una estructura que los ha acompañado desde que solo sembraban cultivos varios.
“Nuestro abuelo nos enseñó también que hay que ser agradecido. Por eso los recursos que hemos adquirido, gracias a Tabacuba y a la confianza de la provincia, están a disposición de la cooperativa. Si hasta hoy hemos pertenecido a ella, no será ahora que marchemos por otro rumbo”, asiente Yanosky.
La responsabilidad de la finca llega a las instituciones de la comunidad, como la escuela Manuel Navarro Luna, con apenas cinco niños de prescolar y primer grado, a la que asisten sus hijas, con una maestra reincorporada que ya sabe de la disciplina de los padres, porque tuvo a Yasiel entre sus alumnos.
Zamacois tiene una tierra fértil. Suelos tacabacaleros de los que hacen que las plantas crezcan con salud, con hojas robustas, suaves pero fuertes. Y Zamacois tiene también hombres y mujeres trabajadores, que creen en lo que hacen y en la necesidad de hacerlo bien por sus economías, por su legado, porque saben que San Luis, Pinar del Río y Cuba necesitan del empeño de muchas manos para salir adelante.
Pie de foto: En la finca Los Escobales se trabaja con ahínco en un renglón determinante para la economía del país (foto general de la finca)
Pie de foto: Yanosky y Yasiel aprendieron desde muy jóvenes que trabajarían juntos codo con codo (foto de los hermanos entre el tabaco)
Pie de foto: Entre los beneficios más importantes para el desarrollo de la finca está la garantía de agua para el riego de las 200 000 posturas de tabaco contratadas en la actual campaña (Foto primer plano del agua)
