Hace unos días necesité un libro que no recordaba dónde había guardado y, en medio de la búsqueda, terminé desempolvando un estante en casa en el que dormían decenas de ejemplares viejos, colecciones que he atesorado a pesar de las manchas de humedad, de los lomos quebrados y de ese desgaste noble que dejan tantas manos anónimas sobre el papel.
Los guardo por amor, por historia, por gratitud, porque muchos de ellos formaron parte de la formación pedagógica de mi mamá, quien aún lamenta no haberlos empacado para llevarlos con ella a la mitad del mundo. Sin embargo, mientras los volvía a tocar comprendí que ya no tenían, en mis manos, toda la utilidad que merecían.
Algunos conservaban anotaciones hechas a lápiz; otros, un recibo de luz usado como marcador improvisado. Los había conservado durante tanto tiempo que ya ni recordaba los grandes títulos que permanecían allí, resistiendo al olvido. Entonces entendí que había llegado la hora de decidir, porque el tiempo es implacable y si no perdona a los seres humanos, mucho menos a las cosas.
Empaqueté algunos para regalárselos a un amigo que sí sabrá darles la vida que reclaman: un lector de esos que todavía subraya, que presta los libros y luego pelea por recuperarlos, de esos que acercan las páginas al rostro y saben reconocer en el olor del papel una forma de memoria.
Con ese gesto, aparentemente insignificante, entendí algo que la vorágine digital me había hecho olvidar: los libros no están para acumular polvo en una casa, sino para llegar a las manos adecuadas. Y esa certeza me dolió con más fuerza esta semana, porque marzo solía ser, en mi Pinar del Río, el mes en que esas manos se encontraban en la Feria Internacional del Libro.
Pero este año no hubo Feria. La noticia, en realidad, no sorprendió del todo. La asfixia económica de los últimos tiempos anunciaba también esta ausencia. Aun así, duele. Duele porque durante décadas la Feria fue mucho más que una cita cultural: fue un ritual de primavera en el corazón de la ciudad. El montaje de las estructuras, el ir y venir de la gente, los puestos levantados, como si el centro urbano respirara de otro modo, convertían a Pinar del Río en un territorio donde el verbo volvía a ser soberano, al menos por una semana.
Si un aroma no ha podido replicar ningún algoritmo es el de los libros usados, esa mezcla de tinta vieja, cartón abierto y leve moho de los años que se instala en los pliegues. En Vueltabajo, ese olor era casi el anuncio oficial de la Feria y durante esos días la ciudad dejaba de ser solo la tierra del tabaco para convertirse en un hervidero de lectores que, al menos por unas horas, parecían olvidar las carencias cotidianas.
A estas alturas del año era común ver a los pinareños hacer fila bajo un sol inclemente, no por la novedad tecnológica ni por la promesa vacía de alguna moda pasajera, sino por una edición añeja de un título de Gabriel García Márquez o por aquel poemario de Ediciones Loynaz que alguien creía imposible encontrar.
La Feria era el termómetro de una cultura viva: no de la que se consume pasivamente en una pantalla, sino de la que se busca, se huele, se recomienda y hasta se disputa.
Hoy, con la migración forzada de la lectura hacia los dispositivos electrónicos, asistimos a una nostalgia que pesa en buena parte de la sociedad, pues para muchos el libro de papel todavía es memoria tangible.
Recuerdo, de niña, cuando mi mamá me llevaba por la avenida Martí y me enseñaba que el conocimiento pesa, que tiene volumen y que merece un lugar en la sala de la casa, incluso, por encima de cualquier adorno. Por eso pienso que la importancia de hojear trasciende lo literario, es, también, un ejercicio de humanidad.
Cuando una persona hojea un libro en un estante, aunque sea en la sala de su casa porque la Feria no está, se produce un diálogo silencioso entre autor y lector. Ese instante de duda, de comparar una edición con otra, de sentir el gramaje del papel, de medir el grosor de un volumen con las manos es un lujo que la pantalla plana no ha logrado remplazar.
Perder esa tradición, o verla desdibujada por la urgencia de lo digital y las estrecheces económicas, implica perder también una forma de encuentro. Porque durante la Feria del Libro no solo se iba a comprar ejemplares, allí se conversaba con el vecino, se rencontraba uno con los amigos, se comentaban solapas, se recomendaban títulos y se compartía un café en algún portal cercano.
La era digital ofrece comunidades virtuales, sí, pero no ofrece el roce del codo ni la complicidad de quien descubre el mismo libro al mismo tiempo que tú. Ese intercambio era la savia de la Feria. Y quizá por eso, ahora que no está, el gesto de regalar unos libros viejos, a quien verdaderamente los va a leer, adquiere un significado mayor: se convierte en una manera de mantener viva la circulación del papel cuando las circunstancias la han interrumpido.
Muchos, como yo, miraremos a la ciudad este marzo y sentiremos la ausencia de su Feria como se siente la falta de una costumbre entrañable. Comprar tinta y celulosa como parte de la construcción de nuestra propia identidad parece, más que nunca, un ejercicio de melancolía.
Pero aun en medio del avance desenfrenado de la era digital, queda la esperanza de que las nuevas generaciones redescubran el placer insustituible de doblar una esquina, mancharse los dedos con el periódico o recibir unos libros viejos que alguien decidió poner en sus manos.
Al final, un libro solo cumple su destino cuando deja de ser un objeto arrinconado en una casa y se convierte en un puente entre dos personas. Y así, sin Feria, pero con lectores, la palabra sigue viva.
