Cada 23 de abril, el mundo repite una pregunta que no molesta por ser reiterativa: ¿qué estamos haciendo con nuestra lengua? Porque este día no es una fecha como cualquier otra, es una gran fecha.
El Día del Idioma no puede reducirse a un acto protocolar ni a la repetición de consignas vacías, debe ser, por el contrario, un momento de reflexión crítica sobre el lugar que ocupa el español, el segundo idioma más hablado del mundo (con más de 600 millones de hablantes) en la construcción de nuestras realidades.
No es casual que esta jornada nos remita a Don Quijote de la Mancha, la obra cumbre de Miguel de Cervantes, en la que la lengua alcanza una de sus expresiones más lúcidas.
Los que la han leído no me dejarán mentir, en ella, la palabra no solo narra, sino que cuestiona, desestabiliza y propone otros mundos posibles; en ella, el idioma se convierte en una forma de resistencia frente a la mediocridad del pensamiento en una época de inercia en el contexto que vio nacer la obra. Por tanto, recordar El Quijote es recordar que el lenguaje tiene la capacidad de crear sueños, pero también de confrontar las realidades que los limitan.
Pero el idioma no vive únicamente en los grandes textos que han marcado la historia de la literatura, vive, sobre todo, en el uso cotidiano que hacemos de él. Y es aquí donde hoy enfrentamos uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo.
En una época desafiada por la inmediatez, por la sobreabundancia de información y por el predominio de tecnologías que privilegian la rapidez sobre la reflexión, el lenguaje corre el riesgo de empobrecerse, de simplificarse hasta perder su capacidad de nombrar con precisión y de pensar con profundidad.
La competencia no es menor: plataformas digitales, algoritmos y formas de comunicación fragmentadas imponen nuevas lógicas que muchas veces relegan el cuidado de la palabra a un segundo plano y, precisamente por eso, la defensa del idioma se vuelve una tarea colectiva impostergable. Urge entonces asumir con responsabilidad el hecho de que cada palabra que utilizamos contribuye a construir (o a distorsionar) el mundo que habitamos.
En este contexto cobra especial sentido recordar a quienes han dedicado su vida a la enseñanza y defensa de la lengua. Desde la Universidad de Pinar del Río, la figura de Luis Pérez González emerge como símbolo de ese compromiso profundo con el buen decir. Maestro de generaciones, su labor no se limitó a la transmisión de contenidos gramaticales, sino que se proyectó como uno de los pilares sólidos a favor de la formación integral del pensamiento.
Bien lo sabemos todos los que pasamos por sus manos. Para él, hablar y escribir correctamente no era un simple requisito académico, sino una expresión de respeto por el conocimiento, por los otros y por uno mismo. Este 23 de abril, su legado se redimensiona en la memoria de quienes fueron sus estudiantes, pero también en cada acto consciente de uso del lenguaje, en cada esfuerzo por comunicar con claridad, con rigor y con sentido.
Hoy, más que nunca, necesitamos reivindicar esa ética de la palabra, porque el idioma no es un accesorio de la vida social, es su fundamento. A través de él se construyen discursos, se legitiman ideas, se disputan significados y se proyectan horizontes.
Nuestro Luis Pérez lo explicó con las mejores palabras, con los mejores textos, con reflexiones que trascienden hasta el cansancio de los tiempos que a veces agobian de más, porque él lo sabía muy bien: en un mundo complejo, marcado por tensiones culturales, avances tecnológicos vertiginosos y desafíos globales, el lenguaje sigue siendo una de las herramientas más poderosas para imaginar futuros distintos.
Desde el homenaje y la gratitud, pero sobre todo desde la impronta social que nos convoca permanentemente, el Día del Idioma debe entenderse como un llamado a la acción, a leer más y mejor, a escribir con intención, a hablar con responsabilidad y a enseñar con compromiso. Entre las páginas de El Quijote y la memoria viva de maestros como Luis Pérez González se traza una misma línea de sentido: la convicción de que la palabra, cuando es cuidada y pensada, no solo describe la realidad, sino que tiene la fuerza suficiente para transformarla.
