Hay oficios que uno aprende con los años, pero también con el corazón. El periodismo es uno de ellos. No soy de las periodistas más experimentadas en lo que Gabriel García Márquez llamó el mejor oficio del mundo. Los años que llevo ejerciéndolo todavía no me autorizan a dictar reglas ni a establecer verdades absolutas sobre lo que es correcto o no en esta profesión.
Pero hay algo que, incluso antes de la experiencia, sostiene a quienes elegimos este camino: la pasión por contar. Esa urgencia de mirar alrededor, escuchar a la gente y transformar la vida cotidiana en historias que merecen ser compartidas.
Con el tiempo, uno entiende que escribir no es simplemente teclear palabras en una pantalla. Cada texto lleva algo del periodista que lo escribe. Un poco de mirada, de preguntas, de emociones. Y es que, el periodismo, cuando se hace con honestidad, termina siendo también una forma de dejar pedazos del alma en cada línea. Por eso duele cuando ese pedazo de alma no logra llegar a su destino natural: las manos del lector.
En el periódico Guerrillero vivimos por estos días una situación que resulta difícil de explicar para quien no conoce de cerca el oficio. La redacción sigue viva, las computadoras se encienden temprano, los teléfonos no paran de sonar con denuncias, preocupaciones o historias que la gente necesita contar. Las fuentes envían información, los reporteros salen a la calle y regresan con las libretas llenas de nombres, de cifras, de testimonios recogidos bajo el sol o en medio del polvo de los caminos.
Las historias están ahí. Vueltabajo no se detiene. En las vegas el tabaco crece con la paciencia de siempre: los campesinos continúan al cuidado de la tierra como si cada hoja fuera una promesa; en los barrios la vida se abre paso entre dificultades y esperanzas; cada día trae algo que merece ser contado; sin embargo, al final de la jornada aparece una ausencia que pesa, la del papel.
La edición impresa de nuestro periódico ha tenido que detenerse temporalmente, no porque falten noticias, sino por las dificultades materiales que enfrenta el país, agravadas por el recrudecimiento del bloqueo de Estados Unidos contra Cuba.
Puede parecer un detalle menor para quien vive en un mundo donde todo ocurre en una pantalla, pero para quienes crecimos viendo el periódico doblado sobre la mesa o en el portal de una casa, el papel tiene un significado distinto. Sí, el periódico impreso tiene olor. Tiene peso. Tiene memoria.
Uno escribe imaginando ese momento sencillo en que alguien abre el periódico para enterarse de lo que pasa en su provincia: tal vez el guajiro que lo revisa después de regresar de la vega, el obrero que lo lee durante un descanso en la jornada o el estudiante que busca en sus páginas una historia que le recuerde que su tierra también tiene voz. Ese encuentro, aparentemente pequeño, forma parte de la esencia del periodismo.
Hoy ese momento se interrumpe, y quienes amamos el texto impreso sentimos un vacío difícil de explicar. Pensamos en el lector de San Juan y Martínez, de Consolación del Sur, de San Luis o de cualquier rincón de Pinar del Río que esperaba cada semana su ejemplar. Pero si algo enseña este oficio, es que la palabra siempre encuentra caminos.
El bloqueo puede complicar la llegada del papel, encarecer la tinta o detener una imprenta, lo que no puede bloquear es la necesidad de contar lo que ocurre en nuestra tierra, porque las historias siguen naciendo en las calles, en los campos, en las fábricas y en las comunidades de Vueltabajo. Y mientras existan historias, existirán periodistas dispuestos a contarlas.
Guerrillero buscará nuevas formas de llegar a su gente: en la radio, en la televisión local, en las plataformas digitales o en el encuentro directo con la comunidad. Y sí, extrañaremos el olor a tinta fresca cada viernes. Extrañaremos ver el periódico en los quioscos de la ciudad esperando a sus lectores. Pero lo esencial permanece intacto, pues el papel puede faltar por un tiempo, lo que nunca faltará en esta redacción es la voluntad de seguir contando la vida de Pinar del Río.
Dicen los poetas que vivimos llenos de historia, que somos cazadores de ellas, y hasta que las construimos desde la utopía, entonces no hay tiempos malos que puedan enmudecer la palabra que las cuente. Así que, como dice el gran Serrat:
“(…) se hace camino al andar”.
