Aquella noche, Amber se despidió del «Gallego» para ir al trabajo nocturno. Pero fue un beso frío del «Gallego» quien le recordó, una vez más, que ella no tenía necesidad de trabajar fuera y que las noches eran para el amor y el sexo, para eso la había traído a Valencia, «bajo falsas pretensiones», solo porque ella tenía salero cubano.
Se habían conocido en la Habana, donde, venida de Pinar del Río, ella haría un carrera en la iglesia, después de andar la capital y conocer el amor a profundidad de bar en bar. Por su parte, él era un joven alto, de ojos claros, abundante pelo, complexión fuerte y mejillas rosadas, con puro fervor religioso y poco interés por las mujeres. Prefería el Centro de Apicultura y la observación de las abejas antes que ingerir su miel. Por supuesto, ella lo notaba; a cada instante maldecía que fuera primerizo y anticuado en cuestiones de mujeres, con la correa que ella tenía en el asunto. Ella quería ser escritora, pero el «Gallego» la humillaba diciéndole que las escritoras eran inteligentes, añadía: “¡tú eres hermosa, pero no eres inteligente!». Ella le creía.
Desde su llegada a Valencia, Amber había vivido meses en la vieja ciudad del Mediterráneo colmada de restos de anfiteatros romanos, recuerdos de las invasiones árabes e inmensas construcciones antiguas con techos tan altos que la comunicación parecía inalcanzable entre ambos. El aire comprimido entre viejas paredes, los insectos y la soledad enrarecían las relaciones personales de la pareja, y la joven pagaba con penas y lágrimas. De la casa no debía salir porque, según el él, «cualquier pecado podría ocurrir».
Dia a día, Amber miraba con tristeza las cosas que poseía y se preguntaba para qué carajo quería ella todo aquello: Abundante ropa y comida, equipos domésticos y obras de arte, además de gatos y perros que había que alimentar y cuidar en ausencia del «Gallego» quien pasaba las horas del día trabajando con las abejas.
Aquella noche, Amber arrancó su carro y manejó con miedo a través de la avenida, mientras tanto, sentía el beso frío de su esposo en el rostro y recordaba sus groseras palabras, cuando ella le pidió que la dejara trabajar de noche: «Hostia, Váyase el trabajo a la puta de su madre», decía él irritado. Finalmente, aceptaría que ella trabajara unas noches para demostrarle cuán difícil era ser guardia de un centro de retención de emigrantes.
A su llegada al Centro, vestida con impecable uniforme, la joven observó la presencia de una mujer con un niño que lloraba porque no podía tragar la miseria de comida asignada. Un hombre alto y bien parecido, al parecer de origen árabe, tomó tres biscochos de una caja encima de la mesa y se los brindó al crío. Un guardián de mala leche lo regañó y lo acusó de violar las reglas de la institución: «Solo se puede tomar un biscocho por persona, usted ha robado dos», le dijo. Amber sonrió al hombre y le dijo con suavidad: “No se preocupe señor, no pasará nada». El hombre miró al uniforme de ella, se dio la vuelta y se marchó, murmurando: «Todos son iguales, defienden reglas tontas, cómo se va a sentir un niño con un solo biscocho». Ella, abochornada, comprendió que para el emigrante el uniforme significaba: «̋Yo no soy tu amigo. Estoy aquí para que las reglas se cumplan».
A su regreso a casa el «Gallego» le regalaría un reloj de oro por su cumpleaños a la vez que saldrían a comer a un restaurante de lujo. Esa noche, Amber recordaría con agrado al hombre una y otra vez, y lo comparaba con el «Gallego». Sentía un inmenso deseo de hablar con él. Fue la noche que decidió el regreso a su país de origen. Había guardado con celos el pasaje de regreso pues sabía que algún día lo necesitaría. Aquella noche, después de un repugnante sexo, dormido el esposo, ella escapó.
Días más tarde, recibiría un mensaje del «Gallego»: “Por tu culpa, los perros y los gatos están tan hambrientos y esqueléticos como los leones del Zoológico». Cerraba el mensaje cantándole las 40 y mandándola a freír espárragos, como dicen los españoles.
Meses más tarde, después de bucear nuevamente la vida nocturna habanera, Amber se movía hacia la Florida, donde orientaba su vida con éxitos hacia los negocios de la miel de abeja. No faltarían los viajes a la isla en busca de los famosos amores cubanos, de los cuales decía a menudo: «Ay carajo, vale vivir las emociones de estos locos. Esta es la misma vida: Cuba y el amor», y sus mejillas enrojecían.
Por: Rodolfo Acosta Padrón
