Cuando se pronuncia el nombre de Edilia Fuertes Díaz, no se nombra solamente a una mujer, sino a una época, a una constancia y a un amor que ha sabido hacerse pedagogía, militancia y vida.
Maestra normalista en los años previos al triunfo, cuando ser educadora en Cuba era ya un acto de fe y de resistencia, Edilia fue de aquellas que entendieron que la mejor manera de preparar el porvenir era sembrar conciencias en las aulas. Y cuando la Revolución encendió su aurora en enero de 1959, ella no fue espectadora: se incorporó con la misma naturalidad con que el río busca el mar, porque su destino militante le venía de lejos, desde aquellos días fundacionales en que el primer Partido Marxista Leninista de Cuba germinó como promesa de libertad.
Su paso por la dirección de Educación en varios municipios de Pinar del Río —esa provincia de verdes intensos y de hombres profundos— fue apenas el primer trazo de una obra mayor. Muy pronto, como si su vocación necesitara el magisterio de las ideas más altas, se vinculó al Sistema de Escuelas del Partido, y allí echó raíces por más de medio siglo. Cincuenta años, sesenta años de magisterio ininterrumpido, formando cuadros de dirección con la ternura de quien sabe que educar es también forjar la estatura ética de una nación.
Pero Edilia no se detuvo en la entrega cotidiana. Su espíritu de superación la llevó a escalar las cumbres del saber: alcanzó el grado científico de Doctora en Pedagogía y también en Ciencias Económicas, doble coronación de una mente insaciable. Profesora Titular, Profesora Emérita de la Universidad del PCC Ñico López, títulos que no la engalanan a ella, sino que honran a todos los que algún día se sentaron ante su palabra iluminada.
Internacionalista en Mozambique, llevó más allá de nuestros mares no solo la teoría revolucionaria, sino esa manera cubana de enseñar con el ejemplo y con el corazón. Por ello, las medallas y condecoraciones del Partido, del Consejo de Estado, de las organizaciones de masas, de la Asociación de Combatientes, de la Asociación Economistas, de la Asociación de Pedagogos han ido cubriendo su pecho como constelaciones que reconocen a una estrella central.
Y por méritos extraordinarios —no por concesión, sino por justicia— se le otorgó la condición de Heroína del Trabajo de la República de Cuba. Sin embargo, todo ese fulgor institucional palidece ante sus cualidades humanas y revolucionarias. Porque Edilia Fuertes Díaz es, ante todo, una mujer fiel: fiel al Partido que ayudó a fundar, fiel a la Revolución que la convocó, fiel a esa Cuba que habita en cada uno de sus actos.
Su firmeza no es dureza, sino templanza. Su patriotismo no es retórica, sino respiración cotidiana. Su integridad es espejo en el que otros pueden mirarse sin rubor. Y su sensibilidad humana —esa disposición para entender, para emprender y para acompañar— es, quizás, su más alta pedagogía.
Ahora, al rendirle este homenaje, no pretendemos ponerle palabras a su grandeza, porque ella ha sido ya palabra viva en la memoria de generaciones de discípulos. Solo aspiramos a decir, con el temblor de la gratitud, que Cuba es más digna, más culta y más hermosa, porque una mujer llamada Edilia Fuertes Díaz decidió, hace tantos años, que su vida entera sería una clase de amor y de revolución.
Que su ejemplo siga siendo faro. Que su nombre se pronuncie siempre con esa mezcla de admiración y ternura que merecen los héroes que enseñan, los maestros que fundan, las mujeres que nunca se rinden.
Muchas gracias, profesora emérita y heroína del trabajo. Muchas gracias, fundadora y forjadora de almas. Con usted aprendimos que educar es también una forma de hacer Patria.
El abrazo y la gratitud de profesores, activistas, trabajadores y estudiantes de la gran familia que integra la Universidad del Partido Comunista de Cuba Ñico López.
Tomado del perfil de Aylin Álvarez
