No es menos cierto que las sociedades cambian y evolucionan con el advenimiento de los tiempos. También lo es que nosotros, los seres humanos nos acomodamos para –la mayoría de las veces– optimizar de igual forma nuestras calidades de vida, costumbres y demás.
Pero esa misma practicidad y el ritmo convulso de la cotidianidad, se tornan a veces en enemigos silenciosos, dando paso a las permisividades, llevándonos, incluso, a que obviemos fenómenos sociales altamente nocivos.
Esto no es algo consciente, cada uno de estos fenómenos contra los cuales deberíamos combatir, o al menos llamar la atención, se va haciendo tan usual, tan normal, que nuestro cerebro no lo reconoce como dañino.
Precisamente este es el tema que me gustaría dialogar con usted esta semana. Sí, quisiera que intercambiáramos sobre un asunto que no solo está mal, sino que mañana puede traer enormes consecuencias.
Y se lo digo por lo claro: menores de edad con tendencias al tabaquismo y al alcoholismo.
Estaremos de acuerdo en que la juventud es de por sí irreverente en ocasiones, rebelde, adelantada a lo que les toca vivir, y que gusta de quemar etapas. Pero tales características no pueden socavar el cuidado de los mismos, ni ensombrecer los peligros que esconden estas conductas en edades tempranas.
Y usted seguro me dirá que “ya es normal que los muchachos fumen y beban”, y lo decíamos líneas arriba. Pero discrepo.
Siempre han existido los que por parecer mayores intentan impresionar al resto con vicios y actitudes de los adultos. Sí, leyó bien: vicios. Vicios que fácilmente pudieran convertirse en adicciones, o sin llamar desgracias, en enfermedades graves.
Usted seguro recordará y estará de acuerdo con el escriba en que, hace muchos años atrás, a nosotros, los de esta edad que pasan las cinco décadas de vida, nos era casi imposible obtener licor o cigarrillos. Incluso, le digo más, ni siquiera condones en la farmacia.
Sí, éramos niños, jóvenes… párvulos, y por tal motivo se nos impedía el acceso a estos productos, porque, sencillamente, ni los necesitábamos, ni estaban destinados a nosotros como clientes finales.
Entiendo, quizás había más control, requisitos y rigurosidades. No obstante, las leyes en tal sentido no han cambiado, y para los menores, las bebidas y los productos con base nicotínica siguen prohibidos.
No hablaremos ahora de las posibles adicciones que generan estas drogas lícitas, ni sobre las enfermedades como el cáncer, la cirrosis, la hipertensión y tantas otras que pueden ocasionarles a sus familiares y a los míos.
A pesar de lo anterior, hoy resulta extremadamente sencillo que nuestros hijos, sobrinos, nietos o parientes menores, “salgan a fiestar” con una botella en la mano y con cajetillas de cigarros compartidos, o peor, con los llamados vapers.
Es tan sencillo como entrar o acercarse a algún quiosco, mercadito o las llamadas “bodegas de barrio” para adquirirlos. Y quizás alguno de los dueños o vendedores no acepten su dinero, pero no es la regla.
“Si no les vendo yo, pues se los comprarán a otro”, dirán, y ya usted sabe, “poderoso caballero es Don Dinero”. La lógica del vendedor en los tiempos que corren es implacable, en los que la tenebrosa ley que rige es la del billete de por medio.
Recordemos, además, que la protección en este sentido funciona como una cadena, en la que desde el Gobierno se debe regular lo dispuesto, desde la casa se debe velar por las buenas prácticas, y desde la comunidad, pues que toda la disciplina anterior se cumpla.
Pero a usted y a mí nos asiste toda la razón, y con ella la posibilidad de denunciar a quien permita, expenda o facilite alcohol o cigarrillos, comprometiendo así el mañana.
Sabemos también que facilitarles estos “gustos” a los párvulos es, además, un delito, una contravención penada por la ley, y quienes a diario la irrespeten, deben ser castigados.
Evitar este tipo de consumos en nuestros menores es una tarea de carácter social, de la que todos somos jueces y partes. Un asunto que, “para ayer”, debemos evitar.
