El tema que le propongo esta semana, es uno que los de este lado lo llamamos trillado, manido, poco noticioso, pues sobran las palabras y duelen los dedos de tanto escribir del mismo.
Aun así, pese a los esfuerzos de los escribas, los spots y las campañas de bien público, y otro tipo de mensajes de similar contenido colgados en las plataformas online y las redes sociales, el problema no solo continúa, sino que se agrava.
Por supuesto, –y usted sabe que en este espacio siempre llamamos a las cosas por su nombre– lo anterior se debe, en gran medida, a la falta de rigor y accionar de los agentes de seguridad.
Son las noches el momento ideal en el que suceden, cuando muchos intentamos dormir, otros indisciplinados, poniendo en riesgo no solo sus vidas sino también las de terceros, aprovechan la quietud, la falta de electricidad y la poca o nula presencia policial en algunos espacios o zonas para hacer de las suyas.
No, no hablo de los robos o hurtos, ni siquiera de la cartelística contrarrevolucionaria en fachadas, muros y otros que aparte de constituir delito afean el ornato público.
El asunto es la velocidad. Sí, las carreras de caballos, las competencias de quitrines y las llamadas arañas en algunos tramos de la Autopista Nacional, y los crecientes y populares sprints de motos por las calles de la ciudad.
Y ya lo hablábamos líneas arriba… “mientras algunos intentamos dormir”… Sí, porque usted coincidirá conmigo que los tubos de escapes modificados y los terribles resonadores elevan el ruido a niveles insospechados durante las madrugadas, cuando comienzan las carreras.
El horario siempre es el mismo, pasadas las dos de la madrugada y hasta casi las cuatro. Y lo sabe, lo sabemos, porque a la par del rugir de los motores, también se elevan las algarabías de quienes inconsciente y estúpidamente alientan y avivan la fatal adrenalina.
También usted podrá dar fe de los lugares donde nacen las apuestas, y las rutas elegidas para las carreras. Y no está del todo errado. Quienes corren, generalmente son jóvenes que salen de centros nocturnos.
Los lugares y las rutas: pues casi siempre son tramos donde la carretera está en buenas condiciones y existe alguna que otra recta que les permita alcanzar las máximas velocidades posibles.
Con estas pistas no estamos descubriendo el agua tibia. Es solo sentido común.
Y usted quizás pueda ser de quienes digan: “Es que son muchachos, en algo tienen que liberar las hormonas, la energía y la adrenalina”. Pero… lamento discrepar, pues hay millones de formas de agotar esas reservas y ninguna pone en peligro la vida.
¿Se ha puesto a pensar usted en que quizás entre quienes animan o corren en las madrugadas se encuentre su hijo, su sobrina o su hermano? Sería muy triste que a sabiendas lo permita. Y mucho más triste aún, que su teléfono suene en medio de la quietud del hogar para comunicarle la fatalidad.
Quien suscribe, no cree necesario recordarle que tales prácticas son ilegales y de carácter punitivo, incluso, con carácter decomisable y hasta con tiempo de prisión.
Sí, no exagero, tanto las carreras como las apuestas no están validadas por el Código Penal de nuestro país. El objetivo es claro, en primer lugar, evitar las conductas viciadas y el juego; en segundo, y mucho más importante, proteger lo más sagrado que es la vida humana.
De seguro habrá visto a través de las redes sociales el último de los videos de algunas de estas carreras en la cabecera provincial por la Autopista. Sí, dos arañas –si es que se les pudiera llamar así– y otros tantos motociclistas filmando y alentando. De seguro también observó, casi al final del video, la caída de uno de los embulladores. Esperemos que esté bien.
La moraleja del asunto es que, tanto usted como yo, tenemos el deber ciudadano de denunciar este tipo de conductas desde el momento que sepamos de ellas o tengamos conocimiento de donde suceden.
Además, nuestras fuerzas del orden también deben ser más proactivas en este sentido, pues como lo hablábamos, las rutas se conocen de antemano.
Por otro lado, y aunque usted quizás no esté de acuerdo con quien suscribe, sobre los implicados en estas nefastas y peligrosísimas actividades debe recaer todo el peso de la ley una vez procesados. En ello, va la vida misma.
Piénselo.
