Al llegar a la escuela primaria Pablo de la Torriente Brau, en el municipio de Pinar del Río, me encuentro un aula con 40 estudiantes de cuarto grado en medio de su turno de Matemática. Frente a la pizarra, la profesora Ana María Gómez Valdés explica cómo se trabaja con las fracciones. Ella es una mujer que le ha entregado 58 años de su vida al magisterio, aunque no siempre tuvo claro que esa sería su vocación.
«A los 14 años de edad empecé a estudiar Enfermería, pero rápidamente me di cuenta que no me gustaba y regresé para mi casa. Unos metodólogos conversaron conmigo porque la escuela primaria de mi localidad necesitaba maestros. Ellos me orientaron que estuviera una semana en el centro para observar su desarrollo educativo y, si me gustaba, en un futuro podía ejercer la Pedagogía.
«No fue necesaria toda la semana, el jueves ya sabía que quería ser maestra, el trabajo con los niños me enamoró. Después de eso, comencé a estudiar Pedagogía, y al mismo tiempo impartía clases en esa escuela primaria”.
«Al principio fue terrible, tenía un poco de temor. Mis primeros alumnos fueron niños de primer grado, algunos se pasaban el turno de clases llorando porque no estaban adaptados a pasar tiempo lejos de sus padres, y yo no tenía forma de calmarlos. Luego, poco a poco, fui aprendiendo a manejar este tipo de situaciones».

Primaria, en primer grado
Con nostalgia recuerda a esos estudiantes, los que, según Ana, «marcan para siempre al profesor. Uno de ellos en aquella aula de primer grado fue el deportista Pedro Luis Lazo. Era un chico muy inteligente y me obligaba a estudiar todas las noches, porque cuando llegaba al aula, siempre tenía una interrogante nueva. Su dedicación por el estudio me hizo amar, aún más, mi profesión. Educar a niños que adoran aprender es todo un placer y un gran desafío. «Por cuestiones familiares, estuve ocho años trabajando como inspectora rural en la ciudad de Pinar del Río. Era la encargada de las escuelas que se encontraban en las afueras del municipio, pero decidí regresar a dar clases, por que estar dentro de un aula es lo que realmente me apasiona».
A Ana María le encanta hablar de su añorado regreso: «Al retornar a mis clases, en la primaria Vladimir Ilich Lenin, me encontré a mi primer estudiante con Trastorno del Espectro Autista (TEA). Ser su profesora no fue fácil debido a la adaptación curricular, pero cuando enseñas con amor, el conocimiento siempre llega a tus discípulos».

En la actualidad, Ana María trabaja en la “Pablo de la Torriente Brau” con su grupo de cuarto grado, niños muy inteligentes, los cuales me recibieron con gran entusiasmo. Dos de los alumnos del aula padecen TEA, pero gracias al apoyo de sus padres, compañeros de clase y su profesora, tienen un buen aprendizaje.
«La preparación del maestro es muy importante, debe ser de forma diaria y contar con un sistema de clases muy bien estructurado. La asistencia continua a la escuela también es fundamental, no me gusta faltar jamás, aunque esté lloviendo, tomo mi sombrilla y me dirijo al aula».
Ana María cuenta muy orgullosa que lleva 58 años trabajando en el magisterio. «Me reincorporé después de la aprobación de un decreto del Ministerio de Educación, en el que, a raíz de la falta de docentes, se pedía que toda persona que se hubiera jubilado y se sintiera en condiciones de continuar sus labores que se reincorporara. El mismo día que me jubilé, me reincorporé».
En la vida de esta profesora, ser maestra de Primaria es su mayor satisfacción, pues le fascina enseñar a los más pequeños. «Me gusta mucho el trabajo con los niños, ver cómo desde cero va creciendo el interés de saber más cada día, por eso, sin pensarlo dos veces, si volviera a nacer, sería maestra de la enseñanza Primaria».

Texto y fotos de Yulena Domínguez Martínez, estudiante de primer año de Periodismo, Facultad de Comunicación, Universidad de La Habana
