Uno de los valores humanos más aquilatados es la solidaridad. Esta práctica entre los seres humanos tiene la fuerza poderosa de extraer lo mejor de cada persona y de repartir entre todos el fruto de la generosidad.
En los tiempos modernos, a veces fríos e impasibles, cuando en la cercanía puede haber distancia y priman las tecnologías y las abstracciones, sucede que servir, entregar y obsequiar a los demás es un hecho diario en Cuba.
Ayudarse de forma mutua y recíproca es un valor que llevan muy adentro los habitantes del país con forma de caimán, por eso a veces el gesto más sencillo como prestar o regalar una cuchadita de sal o de azúcar puede pasar a ser una acción reveladora del carácter y la forma de ser de la gente de esta Isla.
Durante 30 años de ejercicio periodístico, he sido testigo de incontables gestos de generosidad que confirman que la bondad humana no tiene límites.
En una oportunidad, y luego del paso de un devastador huracán por los municipios más occidentales, fuimos testigos de cómo los habitantes con viviendas frágiles de esas comunidades más afectadas se refugiaron en las casas con techo de placa que había en los barrios.
Las familias albergaron a decenas de personas, entre ellos niños y ancianos. Allí apreciamos cómo el buchito de café se repartió entre todos, así como los alimentos. También había quienes regaban, como semillas, el ánimo y los buenos deseos para los que habían perdido sus pertenencias.
Esas horas de desafío, de espera y desasosiego las pasaron todos juntos. Aquel ambiente nunca se me ha olvidado, como tampoco la imagen de vecinos llorando por las pérdidas materiales de los demás.
La epidemia de la Covid-19 fue otra enseñanza. Amén del miedo al contagio, muchas personas de diferentes edades estuvieron en las zonas de mayor peligro sirviendo, ayudando; los profesionales y técnicos no dejaron de tratar a los pacientes.
En esta Cuba de hoy, aun en tiempos de la peor crisis, los vecinos siguen compartiendo, y aunque los atisbos de egoísmo aparecen y se desencadenan en una sociedad cada vez más desigual, la costumbre y el ímpetu de ayudar al otro permanecen.
Y no es utopía, la solidaridad en las comunidades cubanas sigue siendo cotidiana. Desde el compartir un poco de azúcar, un pan, una pastilla para el dolor, un plato de comida, hasta cuidar de un enfermo y preocuparse por un vulnerable que vive solo.
Los ancianos siguen repartiendo su sabiduría, y los profesionales continúan, a sangre y fuego, dando lo mejor de sí, incluso con salarios que no satisfacen, ni remotamente, las necesidades diarias de sus familias.
Mientras, los maestros comparten sus conocimientos y los médicos, desde sus puestos de trabajo, luchan en contra de la muerte y a favor de la vida.
La solidaridad cubana traspasa las fronteras desde hace años. Muchos profesionales de la Salud, por solo citar un ejemplo, han dado lo mejor de sí en otros países del mundo; han enfrentado incluso epidemias muy peligrosas como la del ébola en África en el 2014, porque esta isla del Caribe sabe muy bien que se es grande cuando se comparte lo que se tiene.
La historia de Cuba se basa en su honor, está hecha en gestos sublimes de amor al prójimo, un legado a mantener por las presentes y futuras generaciones. Es un orgullo que hoy muchos profesionales en el mundo digan con satisfacción que se formaron en las universidades nuestras, o que otros den gracias a los médicos cubanos por estar vivos, o por recuperar su salud o su vista.
