Tiene 78 años y todavía ejerce como juez en el Tribunal Provincial Popular (TPP) de Pinar del Río. Más de cuatro décadas ha dedicado al ámbito judicial, una trayectoria que él explica, sobre todo, desde la disciplina, la constancia y el sentido de responsabilidad con el que ha asumido su profesión
Moya cumplió años en marzo. A esta altura de la vida podría haber escogido una rutina mucho más tranquila, pero asegura que todavía conserva la disposición necesaria para levantarse cada mañana y acudir al tribunal.
Cuando habla de esa voluntad, vuelve inevitablemente a su infancia. Dice que mucho tiene que ver con la formación recibida en casa y con el ejemplo de quienes le enseñaron que las responsabilidades no se abandonan a mitad del camino. Para él, trabajar está asociado a la perseverancia y a la necesidad de cumplir bien aquello que se asume.
UNA VIDA DEDICADA A LA JUSTICIA
Su relación con la actividad judicial comenzó en 1980, aunque entonces lo hizo desde otro espacio relacionado con la justicia: el Arbitraje Estatal. Tiempo después, aquella institución se integró a los tribunales y Moya continuó allí un camino profesional que ocuparía prácticamente toda su vida laboral.
Desde 1990 subió las escaleras del TPP como juez profesional. Primero formó parte de las salas de lo Civil y de lo Económico, esta última vinculada posteriormente al área de lo Civil y Administrativo. En ese ámbito permaneció durante buena parte de su carrera.
Hace aproximadamente siete u ocho años pasó a la actividad penal, un cambio que incorporó nuevas experiencias a un recorrido profesional ya extenso.
Al recordar aquellos años, aparecen también momentos difíciles para el país y para el propio funcionamiento de las instituciones. “Durante el llamado periodo especial se crearon tribunales con el propósito de acercar la administración de justicia a los lugares donde se encontraban los justiciables. Fue así como llegué a Sandino. Allí trabajé durante un tiempo, antes de la creación de las salas penales”, explicó.
En otra etapa de su carrera estuvo al frente de una de esas salas durante dos años. Después continuó su desempeño como juez profesional y actualmente forma parte de la Sala de Ejecución Penal.
“Cuando miro hacia atrás, cuesta separar mi historia personal de la del tribunal. Han transcurrido más de 40 años desde aquellos primeros pasos y prácticamente toda mi vida de trabajo ha estado relacionada con la justicia”, dijo.
LA EXPERIENCIA TAMBIÉN ADMINISTRA JUSTICIA
¿Qué significa levantarse cada mañana a los 78 años, caminar hasta el trabajo y asumir nuevamente la responsabilidad de decidir sobre asuntos que pueden cambiar la vida de otras personas?
Moya responde sin demasiadas vueltas. Para él tiene que ver con la formación recibida y con la necesidad de sentirse útil.
Reconoce que la edad trae cambios y que los años no pasan de la misma manera para todos. En su caso, la salud lo ha acompañado y considera que todavía conserva las capacidades necesarias para ejercer una profesión que exige concentración, estudio y mucha responsabilidad.
“Procuro -dice-, que cada decisión sea transparente, efectiva y, sobre todo, ajustada a lo que establece la ley.
“Sé perfectamente que no se trata de una tarea cualquiera. En determinados procesos, una decisión judicial puede afectar una de las cuestiones más importantes para cualquier ser humano: su libertad”.
Por eso insiste en que un juez debe quedarse tranquilo después de adoptar una determinación. “No basta con tomar una decisión, porque el cargo lo exige, hay que estar convencido de que existen los argumentos necesarios para sostenerla y de que se ha actuado conforme a derecho”, asentó.
A los 78 años, todavía no siente que haya llegado el momento de quedarse definitivamente en casa. Tiene su propia manera de explicar cuándo llegará ese día: “Será cuando ya no pueda recorrer a pie el camino hasta el tribunal o cuando comprenda que mis capacidades no me permitan asumir con la misma seguridad las responsabilidades de la profesión. Hasta entonces seguiré caminando”.
Vive aproximadamente a dos kilómetros de su centro de trabajo y hace el recorrido cada mañana y cada tarde. Hay jornadas en que las necesidades del propio trabajo lo obligan incluso a repetir el trayecto.
Podría trasladarse de otra manera, pero caminar forma parte de su rutina. Quizás también sea una especie de comprobación diaria.
Mientras pueda recorrer esos kilómetros y subir las escaleras del vetusto edificio de la Audiencia, siente que todavía tiene algo que aportar y eso, para él, es suficiente motivo para continuar.
EL LEGADO QUE QUEDA EN LAS NUEVAS GENERACIONES
Más de cuatro décadas dentro de los tribunales dejan conocimientos que ningún libro puede ofrecer por sí solo. También enseñan a mirar de otra forma a las personas y a comprender mejor la responsabilidad que implica administrar justicia.
Cuando habla de los jóvenes que comienzan hoy su vida profesional, Moya evita las comparaciones fáciles.
Sabe que los tiempos han cambiado; también las formas de estudiar, de pensar y de relacionarse con el trabajo son diferentes a las de sus primeros años como juez. Aun así, reconoce que entre las nuevas generaciones existen profesionales con buena preparación y condiciones para asumir las exigencias del sistema judicial.
Hay, sin embargo, una palabra a la que vuelve varias veces: vocación. “El conocimiento técnico resulta indispensable, pero no alcanza por sí solo”, insiste.
“Un juez necesita estudiar, prepararse, actuar con rigor y mantener una conducta ética. También necesita sensibilidad, porque detrás de cada asunto que llega a un tribunal existen personas que atraviesan situaciones que, muchas veces, son complejas”, comentó.
Un expediente puede contener un conflicto civil, una situación penal o un problema familiar. Sobre el papel aparecen nombres, fechas, artículos y argumentos jurídicos; pero Moya insiste en algo que los años le han enseñado: “Detrás de cada documento hay una historia”.
Por eso considera tan importante el tacto con el que se atiende cada caso. “Dos procesos pueden parecer semejantes; no obstante, las circunstancias humanas nunca son exactamente iguales”, afirmó.
A los más jóvenes procura transmitirles esa manera de entender la profesión. Les habla de ética, no solo dentro del tribunal, sino también fuera de él. Les recuerda la importancia de observar a quienes llevan más tiempo en el trabajo y aprovechar la experiencia acumulada por varias generaciones.
Para Moya, el reconocimiento profesional no depende únicamente de un título o de las calificaciones obtenidas durante los años de estudio. Lo expresa de una manera sencilla: “El verdadero reconocimiento se construye con el comportamiento que una persona mantiene ante la tarea que desempeña”.
Y cuando resume lo aprendido durante tantos años, vuelve nuevamente a una idea elemental: “Si alguien decide escoger este camino, debe intentar recorrerlo de la manera más correcta posible”.
La familia también ha acompañado ese largo trayecto. “Son décadas saliendo de casa casi siempre a la misma hora, regreso después de jornadas extensas y paso buena parte del día en el tribunal. Con tantos años compartidos, algunos compañeros de trabajo se convirtieron en una segunda familia”, reconoció.
Quizás por eso evita poner fecha al momento de la despedida. Sabe que llegará el día en que dejará de subir aquellas escaleras de mármol, pero espera que todavía falte.
Los dos kilómetros entre su casa y el tribunal forman parte de una rutina tan incorporada a su vida que, incluso, los fines de semana pueden resultarle más largos cuando no tiene que recorrerlos.
Carlos Moya continúa llegando al Tribunal con la disposición que lo ha acompañado durante buena parte de su existencia.
A sus 78 años, la edad aparece inevitablemente en la conversación, pero no como una carga. Aparece como experiencia, como memoria, como años de trabajo acumulados en los que ha aprendido que administrar justicia implica mucho más que conocer leyes.
