Estaba acuclillado en la acera; a un lado cojines de esponja, algunas piezas de ropa; al frente cartones, de los que se utilizan para huevos. Comenzó a aventarlos, uno a uno, “para quitarle los bichitos”. Acababa de extraer de un contenedor de basura todos los artículos antes mencionados y mucho más…
Tal vez sea tiempo de asumir la práctica de dejar en aceras aquellas cosas que sabemos otros podrán sacar provecho, y se identifiquen espacios para donativos, porque es muy doloroso presenciar cómo crece el número de personas que buscan entre desechos bienes de valor utilizable, y no solo es práctica de quienes viven en condiciones de calle, se ha convertido en una fuente de ingresos para familias y maneras de “solucionar” problemas, porque lo que unos botan a otros les salva.
“Son cosas útiles que se pueden aprovechar”, fue su frase de disculpa y explicación a tres o cuatro personas que por un momento nos obstruyó el paso. Probablemente, aquel hombre de poco más de 60 años, que andaba bien vestido, limpio y en una bicicleta, no sabe a ciencia cierta todo el riesgo que corren, él y los suyos, al llevar esa “carga” para la casa.
Entendida esta como insectos, gérmenes, bacterias, suciedad, aunque en el contexto actual, no elegimos si entran o no a nuestros hogares, estamos expuestos a ellos, y es que, entre basureros, escasez de agua y apagones, las normas de higiene se adaptan a lo que se puede.
Salubridad es una palabra que alude a la sanidad, salud, limpieza, y no lo digo yo, sino el Diccionario de la Lengua Española. No hace falta desglosar cada uno de estos vocablos para concluir que al aplicarlo en presente es preciso colocarle el prefijo in -para dar idea de negación-, porque los entornos que habitamos distan de salubres.
La situación del país, el deterioro de los equipos, la falta de fuerza de trabajo y de combustibles son las carencias que dan “estabilidad” a los basureros insertados en el paisaje urbano junto al incremento de los desechos, aparejado al crecimiento de la actividad comercial. Son pocas las cuadras de Cuba en las que no haya dos o tres puestos de expendio de alimentos u otras mercancías, los que generan envases vacíos y otros residuos.
Aunque según normas vigentes, cada uno de esos actores debería dar destino final a cualquier desecho generado por su actividad económica. Lo cierto es que, si se cumpliera no eliminarían esos vertederos citadinos, porque hoy la basura es un problema multifactorial en el que se imbrican aspectos subjetivos como el civismo y la responsabilidad ciudadana, con otros objetivos que transitan desde que una bolsa adecuada para basura es un “lujo”, hasta la insuficiente disponibilidad de contenedores, sin olvidar los ya enunciados.
El costo de la insalubridad ya lo hemos pagado, incluso, con vidas y secuelas físicas. La propagación del chikunguña, dengue, oropouche y otras arbovirosis así lo confirman. Las autoridades de Salud Pública lo advierten, pero el conocimiento del riesgo no es suficiente, ni tampoco se limita al cuerpo el daño que provocan entornos poco higiénicos.
La insalubridad se asocia al estrés crónico; la pérdida del control sobre el espacio se revierte en irritabilidad, alteraciones del sueño, ansiedad; la acumulación de basura y la fetidez son un foco permanente resaltando el “no tiene solución”, elemento que desencadena estados depresivos y aislamiento social, porque encerrarse a cal y canto es alternativa de mitigación, en fin, que la basura le pone otra vuelta a la rosca que separa el control del caos en nuestras mentes.
La proliferación de vectores como moscas, mosquitos, cucarachas, pulgas, chinches y roedores incrementa el peligro de transmisión de enfermedades que impactan sobre una población inmunodeprimida y con pocos medios a su alcance para enfrentar, tanto procesos agudos como crónicos, pero peor aún, sin la capacidad de eliminar la fuente de contagio.
No es un capricho decorativo, ni de confort o presunción, la salubridad, entendida en su más amplio concepto, es cuestión de vida y de calidad de ella. No es majadería ciudadana seguir con el “tacataca” de la basura, aunque se sepan las causas de su existencia, porque desde las administraciones se precisan acciones concretas, fuera del papel y recorriendo las calles, no en maratones para fechas históricas o aniversarios, sino de forma cotidiana, pues el hecho de que higiene es salud, es mucho más que un eslogan.
Es la certeza de la evolución de la humanidad, que entendió lo acertado de prevenir, de distanciarnos de las plagas y mantenernos limpios. La suciedad afea y nos destruye, urge la articulación de iniciativas privadas y de la sociedad civil que nos devuelvan los encantos y seguridad de la pulcritud.
