En temas como este, como el que me gustaría abordar hoy y compartir con usted, siempre me remito a mi infancia, pues considero tales años como un recordatorio perenne de lo que fue.
No es la añoranza económica lo que me retrotrae hacia los ’80 y los ‘90 –que admito sí se extraña– sino las bondades, pleitesías y cortesías para con el prójimo existentes en esas décadas.
Sí, lo admito, pues no es un secreto. Todos los que ya vamos resbalando loma abajo en la carrera de la vida, sabemos que en tales años también se pasó trabajo, y hubo cientos de necesidades y carencias. Vivir no era precisamente un paseo por un camino de rosas; sin embargo, existía algo que, a título personal, considero imprescindible: camaradería, respeto, civilidad.
A lo que quiero llegar para fomentar el nuestro ya acostumbrado debate de cada semana, es que precisamente hoy escaseamos de lo que antes gozábamos: valores. No lo podrá negar usted, están resquebrajados, ultrajados y casi que pisoteados. Para satirizar el escenario social, se le antojaría dibujar al escriba –extrapolando la realidad– un cartel de “Se buscan” para este “oeste que vivimos”.
Comprendo que la situación es bien distinta a la de entonces y que en un contexto marcado por todo lo que ambos tenemos a nuestras espaldas, es bien difícil mantener esa esencia humana que mantiene unida a nuestra especie.
No obstante, claudicar o tirar la toalla ante el vendaval de problemas para sucumbir al primitivismo, solo nos distancia y nos hunde más, llevándonos hacia un despeñadero de tensiones sociales mayúsculas, unidas a la correspondiente falta de empatía.
Por supuesto, al final del camino, lo anterior solo genera desconfianzas, resentimientos, conflictos y mucha más violencia que la existente.
¿Ejemplos? Pudiéramos tomar cada uno una libreta, la lista sería interminable. Falta de sueño por algarabías nocturnas producidas por tubos de escape, carreras de motos, jóvenes desandando las calles en la madrugada y música a reventar; desobediencias en lo dispuesto para colas, trámites y gestiones de diversas índoles. Podríamos adicionar a la supremacía jerárquica del “yoísmo”, la ley del más fuerte basado en la asquerosa “oferta y demanda”, escenas grotescas en las que el “poderoso caballero Don Dinero” se impone frente a la civilidad, y tantas otras calamidades que golpean nuestro cerebro y sistema nervioso a diario.
El resquebrajamiento de valores en la sociedad actual pudiera ser atribuido a lo que conversábamos: la enorme presión con la que vivimos, mas no necesariamente es un producto de la misma.
Y contrario al imaginario popular, es un fenómeno altamente subestimado que mella los cimientos mismos sobre los que fuimos educados usted y yo.
Lo hemos conversado en debates anteriores, aquí, en este mismo espacio. Una sonrisa, un trato amable, un ofrecimiento de ayuda desinteresada no cuesta nada; sin embargo, la sola acción desencadena una ola inmensa de factores beneficiosos, tanto para usted como para quien recibe dichas vibras.
Un simple “buenos días”, “gracias”, por favor”, “permiso”, puede mejorarle el día a cualquiera de nosotros. A modo de experimento social haga usted mismo la prueba y lo notará de inmediato.
Quizás pudiéramos diferir en lo siguiente, pero gran parte del estrés y la ansiedad que sufrimos hoy día, es consecuencia directa de la poca empatía social existente, provocada a su vez, por la ausencia misma de estos valores que faltan.
Nuestra psique no está programada para la agresividad o la indiferencia social, al contrario, recuerde que en el fondo, el ADN está codificado para vivir en estrecha familiaridad. Nuestro comportamiento tiene base gregaria.
Rescatar buenas costumbres y prácticas cotidianas que nos hagan, al menos, la vida un tanto más llevadera, es algo que debemos intencionar. Y usted dirá: “Pero cómo ser bueno en medio de un entorno tan hostil”, y tendrá parte de razón, pero recuerde también que la cadena debe comenzar por algún lugar.
En tiempos en los que el hombre se ha convertido en el enemigo número uno de su propia especie, ser parte de ese inicio, ya sea con acciones pequeñas o con grandes gestos, es una muy buena forma de despertar lo que hoy yace dormido en cada uno de nosotros. Piénselo.
