Guerrillero dialoga, a las puertas del aniversario 65 del Ministerio del Interior, con Alejo Bouzón, combatiente que tuvo a su cargo importantes tareas dentro de los Órganos de Seguridad del Estado en la provincia, desde el triunfo de la Revolución

Alejo Bouzón no parece a sus años haber sido nunca tranquilo. Pequeño de estatura, más grueso ahora que el tiempo cae sobre sus hombros, habla sobre aquel jovencito delgado que en la década del ‘50 mantenía vínculos con los revolucionarios Ceferino Fernández, Daniel Solana, Antonio Roig y Rafael Ferro, entre otros estudiantes universitarios que, como él, añoraban una Cuba justa.
INQUIETO EN SU JUVENTUD
Vivía con sus padres y otros cuatro hermanos, todos en apenas dos habitaciones. El padre era pescador y carbonero, pero a Alejo nunca le gustó pescar, cosa rara por esos predios: “Periodista, dice a la ligera, es que hasta los remos eran más grandes que yo”. Sonríe.
Pero trabajar la madera sí que se le daba bien. Por eso muestra con orgullo en su casa todos los muebles hechos con sus propias manos, intactos, impecables, y aunque no le gustaba pescar, el mar era su vida. Difícil de entender, pero hay cosas que no son para ser entendidas.
Alejo se fue a dormir al albergue de los carpinteros con 12 años, siempre fue independiente. Con esa edad recogía la basura y repartía agua. Después aprendió a trabajar con las máquinas.
Apenas llegaba a las 90 libras, insiste en ese detalle, porque asegura que su apariencia física (desvencijado, lleno siempre de aserrín de la carpintería en la que trabajaba como ayudante), lo salvó en más de una ocasión.
“Nadie pensaba que con aquel poco porte yo podría estar conspirando”, asegura, aunque en La Coloma, donde residía, la gente lo conocía bien.
Recuerda una de las primeras acciones en las que participó y que marcaría con detalles los inicios de su labor contra la tiranía batistiana: Había ayudado a organizar una salida marítima para sus compañeros. Cayó preso, y aunque no le pudieron probar nada, lo expulsaron del poblado. Entonces unos familiares de La Habana lo acogieron durante un tiempo, hasta que las aguas en La Coloma se calmaron, cambiaron al jefe de la Marina y pudo regresar.
Después fue detenido en otras dos ocasiones, explica, cuando la expedición del yate Corojo, el ocho de abril de 1958, y otra vez a finales de ese mismo año, fecha en la que ya coordinaba las acciones del Movimiento 26 de Julio en esa localidad costera.
Un tío suyo de muchas relaciones se encargaba de ayudarlo a salir de la cárcel; el mismo tío que tenía negocios en La Habana y Miami, dueño de 22 embarcaciones y una industria, que entregó financiamiento a los revolucionarios, pero que luego se vio perjudicado cuando la Revolución expropió parte de sus bienes, y Alejo no pudo hacer nada al respecto “porque las directrices eran claras y parejas para todos”.
El primero de enero de 1959 Alejo Bouzón tomó el puesto naval de La Coloma. A los pocos días lo mandan a buscar del Regimiento Militar y le asignan una de las tareas más importantes: por esa franja de la costa sur, entre Cortés y La Coloma no se podía ir ningún asesino, ningún esbirro.
“En ese momento, prácticamente yo tenía dos responsabilidades, era el jefe de la Seguridad y coordinador del Movimiento. Así fuimos organizando las cosas allá. En el puerto había dos o tres que simpatizaban con Batista, pero los teníamos controlados y vivía mucha gente revolucionaria que quería que las cosas mejoraran.
“En ese mismo año una familia que venía de Cayambí construyó una casita en La Coloma. Parecían personas muy buenas y tenían una hija.
“Recuerdo que le dije al padre: ‘quiero hablar con su hija’, y él respondió: ‘Alejito, hay que ver si ella quiere hablar con usted’. Le dije: ‘creo que ella quiere’. Empecé a darle vueltas a la muchachita y 65 años después de matrimonio, tengo que reconocer que sin ella no habría llegado hasta aquí”.
LAS MISIONES EN LA COLOMA
Desde el propio triunfo revolucionario quedó muy claro que la principal tarea, además de no permitir en los primeros días de enero del ‘59 la salida de ningún esbirro, era proteger la flota pesquera que contaba con más de 300 embarcaciones, incluyendo las de la pesca deportiva.
Pero lo más importante estaría por venir. Ya en Estados Unidos se cocinaba la idea de invadir por Bahía de Cochinos, pero necesitaban gente desde dentro que apoyara.
Otro pinareño, Raimundo César Díaz, había penetrado esas filas y tenía información valiosa. “Manejaban la idea de entrar armamento y explosivos por el occidente de la Isla, pretendían armar un frente de bandidos en la cordillera.
“Raimundo hizo contacto con un norteamericano que era el asesor de los oficiales del FBI que asesoraban los servicios de inteligencia militar de la tiranía batistiana. La intención era entregar armas a los alzados y apoyar la invasión.
“A mí me citan para las oficinas de la Seguridad, me explican todo, que se iba a recibir un cargamento por mar. En La Coloma tenía dos embarcaciones para trabajar en las costas, disponía de un jeep y de equipo de comunicaciones. Me dan la tarea de entrevistarme con un hombre que quería conocer al capitán del barco que iría a recoger las armas y los explosivos, y eso se cumplió. Nos vimos detrás del ‘Milanés’. Yo iba con mi gorra de capitán”.
Alejo recuerda con facilidad lo que transcurrió en aquellas jornadas. Estaba recién casado, y al terminar su luna de miel en Viñales debió pasar cada hora a bordo de la embarcación, pues la operación podría hacerse en cualquier momento.
“El 20 de febrero de 1961 me informan que el día siguiente era el escogido para traer el armamento. Preparamos las condiciones, y en las primeras horas de la mañana salimos. En La Furnia, por el Cabo de San Antonio debíamos recoger a otros compañeros. Unas luces a babor y a estribor identificarían al barco y también una contraseña.
“Por la proa del barco se asomó la torreta de un submarino, y nos preocupamos, seguimos navegando mar adentro y una hora después apareció aquella mole, un buque de la Segunda Guerra Mundial, de la CÍA. Atraqué a la banda de estribor del buque. Nos tiraron una escalerilla y subimos tres de nosotros. Raimundo se entrevistó con el capitán del barco, que era norteamericano y le decían el ingeniero, los demás eran cubanos.
“Tenemos poco tiempo, comentaron. Estamos muy cerca de las costas de Cuba para entregar las armas. Las fuimos ubicando primero en el cuarto de máquinas, en la proa, en los dormitorios y empezamos a llenar de armas toda la embarcación. Eran ocho toneladas.
“Dijeron que no podíamos llevarnos el explosivo porque íbamos muy pesados y ya casi habíamos perdido la línea de flotación, entonces nos deshicimos de todo el lastre, el agua, parte del combustible, hasta que guardamos la tonelada de C3 y C4. Ese material no podía caer en las manos del enemigo bajo ninguna circunstancia, era sumamente peligroso”.
La madrugada del 22 de febrero jamás se ha borrado de la memoria de Alejo. La noche refrescó y el barco empezó a dar bandazos, hasta que llegaron a tierra y entregaron el armamento incautado.
Esa no fue la única operación, pero sí de las que más lo marcaron, con ella se “quemaba” la figura de Raimundo.
“YO NO SABÍA QUÉ ERA SER COMUNISTA”
Ahora, después de tanto tiempo, reconoce que empezó a apoyar al Movimiento por simpatía, porque entendía que la dictadura no era el camino, pero en realidad no sabía qué era el comunismo ni el socialismo.
Alejo quería que los niños fuesen a la escuela con zapatos, que todos tuvieran los mismos derechos y no sabía cómo eso se llamaba, pero sí tenía claro cómo lograrlo.
No ha olvidado la primera vez que tuvo que hablar en público. Debió prepararse porque era “guapo”, pero de pocas palabras, y quizás en ello vieron los jefes su valía.
Con admiración y respeto guarda en su memoria al Capitán San Luis. “Era de la escuela de Fidel y de Ramiro, asegura. Era muy valiente, siempre con el fusil en la mano. A él no lo mandaron para Pinar por gusto, hacía falta aquí en aquellos primeros años de la Revolución.
“Tenía una forma muy particular de evaluar a las personas. De mirarte a los ojos te conocía”. Guarda una anécdota muy jocosa con el Capitán San Luis. Asegura que en varias ocasiones lo sacó a pescar, se mareaba en alta mar y vomitaba: “Le decía, Capitán, tenga cuidado, que me le estás metiendo miedo al mar, y él me decía: ‘Óyeme, no jodas más’.
Después Alejo se superó hasta alcanzar su título de licenciado en Derecho y asumió diferentes tareas dentro del Ministerio del Interior, no solo en La Coloma. A partir de su experiencia hay algo que tiene muy claro:
“Estados Unidos siempre ha pretendido un levantamiento interno, que se culpe al Gobierno y al Partido. Por eso hay que estar entre los problemas, entre la gente, saber lo que piensa, lo que los afecta, no detrás de un buró. Hay que caminar, hay que explicar y hay que enseñar la historia, sobre todo, eso, enseñar la historia”.
Aún siente nostalgia por el pueblo de La Coloma, ese que no entiende por qué con los ingresos que ha generado al país no tiene una mejor infraestructura para el disfrute de los niños y jóvenes. Y ese es precisamente otro asunto que le preocupa: “Hay que lograr que los jóvenes estén aquí”.
Mientras tanto, se ocupa de atesorar cada documento que pueda ayudar a comprender el trabajo realizado durante ese tiempo. Hubo inconformidades, alegrías, desafueros, pero jamás una duda que pudiera entorpecer la labor en favor de la Revolución.
