Alibech García Yumar no necesita presentación entre los pinareños, e incluso, un poco más allá, ganó su notoriedad defendiendo la música campesina desde disímiles escenarios. Esta mujer, viñalera por nacimiento, vive orgullosa de sus orígenes.
“Para mí Viñales es todo, es mi vida, mi infancia, mi desarrollo, tanto personal como artístico. Nací en el corazón del valle, en el barrio La Penitencia, en el Cuajaní. Mi padre campesino; mi madre, una maestra que al final se consagró a ama de casa y no en lo que estudió. Y yo me he dedicado a cantar desde que soy una niña, creo que eso lo traigo en las venas por mis abuelos paternos que tocaban el tres.
“Mi mamá y mi papá se dieron a la tarea de enseñarme las décimas y las tonadas campesinas desde muy chiquita, las que cantaba en la casa y en el campo”, a ese entorno rural lo considera un elemento vital en su formación: “Esa fue mi mayor escuela, donde aprendí a dar los primeros pasos y a cantar, con mi abuelo en el caballo”.
DESDE LAS RAÍCES
No cree en el fatalismo geográfico ni la necesidad de abandonar el terruño para conquistar el éxito, y su rostro es presencia habitual en espacios televisivos de alcance nacional como el programa Palmas y Cañas.
Asevera que ha transitado por diferentes etapas, que todas le han sido útiles y dejaron aportes a la artista que es hoy, pero especialmente “me han ayudado mucho a valorar todos mis logros, las posibilidades de desarrollarme en este Viñales, que no es el de hace 40 años atrás cuando nací”.
Es consciente de que las transformaciones le abrieron puertas: “Las oportunidades que he podido tener que no tuvo mi abuela, la que me enseñó a tocar el tres; que no tuvo mi mamá, la que me enseñó a cantar las primeras décimas y a entonarlas con diferentes tonadas, por eso estoy aquí con mi poesía, con mi décima, con mi identidad, que es mi vida”.
Le complace representar a sus coterráneas, a las que define como “unas guerreras eternas que manifiestan lo que es la cubanía, el sentido de pertenencia con la tierra, con el pueblo; el quehacer cotidiano en la calle, en los diferentes trabajos, en esa lucha diaria por seguir adelante, por evolucionar en todos los sentidos; la que se adapta a cualquier medio o situación, capaz de vencer los obstáculos para colocarse donde ella se propuso llegar, lentamente, quizás en algunos momentos sintiéndose débil, pero al final demostrando la fortaleza que tiene como mujer y viñalera.
“Mi mayor orgullo es subir a un escenario, siempre hay críticas, pero a pesar de ello, he aprendido a crecerme, a defender siempre mi posición de guajira con esta tradición tan linda que es la música campesina, el punto guajiro, lo que llevo con mi frente en alto, porque verdaderamente es algo grande en nuestra cultura”.
Considera que queda mucho por hacer en defensa del punto guajiro, para mantenerlo vivo y elevarlo a la posición que merece dentro del contexto nacional e internacional, “sobre todo trabajándolo con las nuevas generaciones que vienen, para que un día ellos puedan hablar como lo hago hoy, quizás ellos en el futuro tengan oportunidades que no he tenido hasta este momento”.
MÁS QUE ARTISTA
A veces la proyección de quienes se dedican al arte les hace olvidar las otras aristas que comprenden al ser humano, para Alibech todo se complementa, desde el entorno hasta la familia: “Soy campesina, artista, instructora de arte, ama de casa y cubana, viñalera, que es lo más importante, porque para mí Viñales es cultura, poesía, décima campesina, punto guajiro, campo, arroyo, palma real, valles, montañas, es vida”.
La belleza natural la considera como una fuente de inspiración y vía de preservar algo imprescindible para los creadores, la capacidad de observación y asombro, incluso, cuando se han habitado esos predios por muchos años: “Siempre descubro cosas nuevas, logro apreciar algo más interesante. Eso me pasa también con la cultura y la historia, descubres cosas que te vuelven a impresionar”.
Amante por igual de los suyos, la música y la tierra que la vio nacer, es una mujer con el don de conquistar afectos, quizás porque es pródiga en darlos y heredera no solo de las tradiciones musicales de su clan, sino del espíritu bonachón y cordial del que hacen gala esos hombres y mujeres, a quienes parece que de tanto vivir rodeados de belleza esta les ha calado el alma, llenándolos del encanto de la virtud.
