Hay personajes históricos que terminan sepultados bajo su propia imagen pública. Se habla tanto de ellos, se repiten tantas frases, fotografías, fechas y valoraciones, que llega un momento en que cuesta imaginar a la persona que existía detrás. Con Fidel Castro ocurre algo parecido.
Gabriel García Márquez intentó mirar justamente hacia ese lugar menos visible. En El oficio de la palabra hablada, prólogo escrito en 1988 para el libro de entrevistas de Gianni Minà, el escritor colombiano no construye un balance político ni pretende resumir una vida. Hace algo mucho más cercano al oficio del cronista: observa. Se fija en cómo habla Fidel, cómo escucha, qué come, cuánto lee, de qué manera descansa y hasta en las pequeñas contradicciones que acompañan su rutina.
El resultado es un retrato curioso porque, por momentos, el personaje público parece hacerse a un lado y queda simplemente un hombre conversando.
La palabra ocupa buena parte de ese retrato. Según García Márquez, Fidel podía hablar durante horas, pero la conversación parecía interesarle, incluso, más que el discurso. Recordaba datos, preguntaba, discutía, escuchaba una historia y de inmediato buscaba otra pregunta. Podía llegar de madrugada a casa de unos amigos, anunciar que estaría solo unos minutos y terminar viendo el amanecer entre conversaciones.
Gabo lo resume con una frase que dice mucho del personaje: “Fatigado de conversar, descansa conversando”.
Quizás ahí esté uno de los detalles más humanos del texto. Para Fidel, conversar no parecía una obligación asociada al cargo. Era una manera de relacionarse con el mundo. Preguntar, contrastar, volver sobre un asunto, escuchar otra versión. La conversación funcionaba casi como una forma de pensar.
García Márquez también cuenta historias que alejan al personaje de la solemnidad con la que habitualmente aparece en fotografías y documentales. Está, por ejemplo, el hombre que tomaba una cantidad exagerada de helado y después se sometía a estrictas dietas para controlar el peso; el fumador habitual que terminó dejando los puros; el cubano que no destacaba precisamente por bailar o cantar; el lector que podía pasar de documentos oficiales a novelas comerciales, textos científicos o cualquier asunto que despertara su curiosidad.
Son detalles pequeños, tal vez por eso resultan interesantes, porque una persona no está hecha únicamente de los grandes acontecimientos que protagoniza, también está hecha de hábitos, manías, contradicciones y escenas que rara vez encuentran espacio en los libros de historia.
Otro aspecto que llama la atención es la relación de Fidel con los discursos. Podía preparar cuidadosamente un texto y; sin embargo, sentirse limitado por él. García Márquez cuenta que encontraba mayor libertad cuando improvisaba, entonces el discurso dejaba de ser únicamente una sucesión de palabras preparadas y dependía de la reacción de quienes escuchaban.
En esa relación con el público había algo muy parecido a una conversación ampliada. Una respuesta provocaba otra idea. Una reacción cambiaba el rumbo de lo que se estaba diciendo. El orador parecía alimentarse de quienes tenía delante.
Gabo, que conocía muy bien el valor de una palabra colocada en el sitio exacto, se interesó en especial por esa capacidad. Pero, probablemente, la escena más reveladora aparece casi al final del retrato.
Después de una larga jornada y en medio de una conversación, García Márquez le pregunta qué cosa quisiera hacer en ese momento si pudiera escoger con absoluta libertad.
La respuesta sorprende por su sencillez: “Pararme en una esquina”. No hay una gran declaración detrás de esas palabras. Es apenas el deseo de hacer algo común.
Estar en una esquina sin ceremonia, sin responsabilidades inmediatas, sin que cada movimiento tenga una consecuencia o sea observado por alguien.
Tal vez esa sea una de las imágenes más interesantes que deja el texto. Un hombre acostumbrado durante décadas a vivir rodeado de personas, decisiones y asuntos públicos deseando, por un instante, la tranquilidad de ser uno más.
García Márquez tampoco presenta un personaje fácil de definir. Al contrario, aparecen constantemente las contradicciones. Un hombre capaz de hablar durante horas, pero al que el propio escritor considera tímido. Alguien disciplinado en determinados aspectos y por completo irregular en sus horarios. Una persona rodeada casi siempre de gente, pero con momentos evidentes de soledad. Un lector insaciable que podía interesarse tanto por asuntos internacionales como por un problema médico, una receta de cocina o un libro recomendado casi por casualidad. Ese es quizás el mayor valor periodístico del texto, no intentar reducir a una persona a una sola característica.
García Márquez fue amigo de Fidel Castro y esa cercanía atraviesa su mirada. Conviene tenerlo presente al leerlo. No estamos frente al retrato distante de un observador ajeno, sino ante la visión de alguien que compartió conversaciones, comidas, viajes y muchas horas con la persona sobre la que escribe.
Es por eso que el texto permite entrar en espacios que difícilmente aparecerían en un documento oficial. No pretende resolver las discusiones que acompañaron a Fidel, tampoco podría hacerlo, su figura pertenecía a una historia compleja, interpretada de maneras muy distintas dentro y fuera de Cuba.
Ese tipo de mirada resulta valiosa porque recuerda algo elemental para el periodismo: detrás de cualquier personaje público existe una persona que no cabe en su totalidad en titulares, consignas, elogios o condenas.
Una persona puede ser admirada por unos y cuestionada por otros, ocupar un lugar enorme en la historia y, al mismo tiempo, conservar costumbres comunes.
Quizás por eso, tantos años después, el texto de García Márquez continúa siendo interesante, no porque ofrezca una explicación definitiva de Fidel, sino porque intenta mirar donde pocas veces se mira: detrás del discurso, detrás del cargo, detrás de la imagen repetida durante décadas.
Allí encuentra a un hombre con virtudes, contradicciones, obsesiones, rutinas y cansancios.
Y acaso eso sea también una de las tareas más difíciles del periodismo: acercarse lo suficiente para descubrir a la persona, pero conservar la distancia necesaria para no confundir el retrato con el homenaje.
