Por doctor Rodolfo Acosta Padrón
Aquel niño de nueve años había nacido para las aventuras, las emociones y los éxitos. Aquel precioso domingo de diciembre de 1960, rayando las 11:00 a.m., lo sorprendía la figura del comandante Ernesto “Che» Guevara de la Serna, entrando a los campos de tabaco tapado, a un costado de la cooperativa Hermanos Saíz.
La cooperativa fue el primer pueblo de campesinos y obreros creado por la Revolución en la zona tabacalera de San Juan y Martínez. Unos domingos antes, el niño, su hermano menor de ocho años y sus padres, familia campesina de los alrededores, habían asistido a la inauguración de la cooperativa el 24 de enero de 1960 por el Comandante Fidel Castro Ruz, con la presencia de lo más genuino de la música campesina: Celina González.
Mientras los niños, sin zapatos por estrechos, se entretenían bombeando una pelota a medida que caminaban por la calle frente a la tienda del pueblo, mis padres conversaban animadamente como en una galaxia. La mamá decía que no había nada que comer en la bodega para los transeúntes como ellos. El papá le explicaba que aquello no era una cafetería. De pronto, el padre, en una auténtica emoción dijo repetidas veces: «¡Ese es el Che!», a la vez que corrían detrás de aquel elegante Bel-Air, Chevrolet verde de 1959. El auto se detuvo de repente, el Che se bajó, vio los niños y les preguntó de pasada: «¿Le molestan los zapatos?». Aquellos no pudieron hablar, ¡la emoción era demasiado fuerte!
Entonces el Che se dirigió a un taller de mecánica a la orilla de las vegas de tabaco, saludó brevemente dando la mano a unos obreros, de pronto abrió una puerta de tela improvisada que daba al interior de las vegas, y se adentró en ella con pasos largos y firmes, de surco en surco, hasta perderse en la profundidad de la hoja verde. El padre murmuró: «Él sabe qué significa la cosecha de tabaco en estos momentos para la economía del país»; era entonces presidente del Banco Nacional de Cuba. La madre agregó: «Parece fatigado, necesita aire, pues se pierde el aire rápido dentro del tabaco».
El Che se convertía poco a poco en uno de los hombres más grandes de la humanidad por su lucha contra la injusticia social en aquel mundo maltrecho. Había nacido el 14 de junio de 1928 en Rosario, Argentina. En su juventud había realizado el famoso viaje por América Latina en moto con su amigo Alberto Granado; más tarde, se integraría a los expedicionarios del Granma en México, para desembarcar en Cuba, y luchar por la independencia, lograda el primero de enero de 1959.
En 1967, el nueve de octubre, en el campo de batalla, en Bolivia, cruzando un río con otros guerrilleros sería herido, y poco después fusilado en la escuelita de la Higuera. Estaba dentro de sus sueños que se movían entre el realismo y el lirismo romántico argentino, el ritmo y la musicalidad cubana, la tristeza y la nostalgia de la distancia y el fracaso. Tiempo, lugar y acción condujeron inevitablemente a la tragedia que puso fin a su vida y lanzó al vuelo su ejemplo de inmortalidad humana.
El Che»moriría debatido entre la escena de conflictos del corazón y el alma humana por una parte, y el deber y el honor por otra, en el desorden engendrado por la pasión y la inevitable muerte de un guerrillero asesinado cruelmente en condiciones inhumanas.
Para el niño, el Che simbolizaba desde entonces el héroe buscado en el ángel desconocido, de mirada clara y limpia, de palabra precisa, de imagen aventurera y gallarda, valiente del amor y la guerra de guerrilla.
Ese niño hoy escribe con la emoción de haber visto al Che en persona.
