
En los caminos de tierra de Puerta de Golpe, donde el sol cae con fuerza y el polvo se levanta con cada paso, hay una niña que corre detrás de una pelota como si en ello le fuera la vida. No juega por obligación, ni por rutina: juega porque ahí, en el terreno improvisado o en el estadio más cercano, encuentra una forma de ser feliz.
Irlanda Camila Estévez Pedroso tiene esa mezcla de inocencia y determinación que pocas veces coincide en edades tempranas. Fue parte del equipo cubano de sóftbol que conquistó su clasificación al torneo rumbo a la Serie Mundial de Pequeñas Ligas, previsto en Puerto Rico en 2025. Para ella y sus compañeras, aquello no era solo una competencia: era el resultado de entrenamientos constantes, sacrificios familiares y sueños compartidos.
Pero la ilusión se quebró antes de tomar el vuelo. La negativa de visas a miembros del colectivo técnico impidió la participación del equipo. Para una niña de su edad, entender decisiones de ese tipo no resulta sencillo. Solo queda la sensación de pérdida, el vacío de algo que se ganó en el terreno y no pudo defenderse.
“Me sentí muy triste cuando le negaron la visa a nuestros entrenadores, porque ganamos el campeonato con mucho sacrificio”, dice sin rodeos, con una madurez que sorprende. No hay discurso aprendido, solo la sinceridad de quien sintió que algo importante se escapaba sin explicación clara.
La encontré una mañana cualquiera, lejos de entrevistas y titulares, jugando béisbol. Estaba en segunda base, dentro de un equipo donde todos los demás eran varones. No parecía fuera de lugar. Al contrario, destacaba su forma de fildear, la seguridad en cada atrapada, la concentración al batear, hablaban de disciplina y de horas acumuladas bajo el sol.
“Mi familia me ha apoyado desde que comencé a jugar a los siete años. Me han enseñado que aunque pierda no debo ponerme triste”, cuenta. En esa frase se resume una parte esencial de su carácter: competir sin miedo al resultado.
Tiene referentes claros. Admira a Alexei Ramírez y a Rosi del Castillo, figuras que han dejado huella en el deporte. No los menciona como ídolos inalcanzables, sino como metas posibles. Quiere parecerse a ellos no solo en talento, sino en constancia.

Juega todas las posiciones, aunque hay una que siente como propia. “Me gusta más la segunda base”, afirma, casi sin pensarlo. Allí se mueve con naturalidad, como si el terreno le perteneciera.
Nunca ha sentido temor por compartir espacio con niños. “Me siento muy bien jugando entre varones. juego y me divierto, jamás me pongo límites. Así deberían hacer todas las niñas que aman este deporte: no ponerse límites y jugar para divertirse”. No lo dice como consigna, sino como convicción.
Fuera del terreno organizado, su formación continúa. En la vega de su padre, Alexander Estévez, entrena con dedicación. Entre surcos y espacios abiertos, repite movimientos, corrige errores, aprende detalles técnicos. Él ha sido guía constante, presencia firme, apoyo silencioso. Irlanda lo reconoce con orgullo.
No hay en ella rastro de resignación, a pesar de lo vivido. El golpe fue duro, pero no definitivo. Sigue entrenando, sigue soñando, sigue proyectándose. No se detiene en lo que no pudo ser; se enfoca en lo que está por venir.
Irlanda Camila no es una niña que imagina un futuro lejano. Es alguien que construye desde ahora el camino que quiere recorrer. Cada jugada, cada práctica, cada aprendizaje la acerca un poco más a ese objetivo.
En Puerta de Golpe, donde nacen historias de esfuerzo, su nombre comienza a escucharse con fuerza. Y mientras corre hacia la segunda base o levanta el bate con determinación, deja claro, sin necesidad de repetirlo demasiado, que hay límites que simplemente no está dispuesta a aceptar.

Por: Adrián Rodríguez
