En escenarios normales, en tiempos sin limitaciones, escaseces o presiones de gobiernos externos como las que ocurren hoy, bien pudiéramos usted y yo haber comenzado nuestra conversación semanal temprano esta mañana.
Sin embargo, ambos sabemos que no es el caso, y a estas horas, de seguro ya estará sentado en su sillón favorito o acostado en su cama para regalarse un merecido descanso luego de una semana de trabajo; y por supuesto, de haber enarbolado su consigna y desandado las calles como el mejor de los trabajadores.
Es más que evidente, querido amigo lector, que lo invite a conversar sobre el día internacional del proletariado: el Primero de Mayo. Día en el que más que una cita con la Patria, la jornada se convierte en motivo de celebración y regocijo.
Ya le comentaba líneas más arriba que hubiese sido grato –no el convencerlo para que asistiera a la marcha– entablar un diálogo sobre la importancia de su asistencia a tan magno evento.
Pero por los motivos que harto conocemos, le propongo entonces reflexionar sobre el porqué desfilamos.
No es menos cierto que cada cubano que se respete y defienda su bandera, espere esta fecha con suma ansiedad, pues es el momento ideal para portar la mejor de las galas e iniciativas en una caminata corta que se traduce en jolgorio.
Usted sabrá como yo, que esta marcha nuestra es una fiesta variopinta en la que el obrero a pie de obra estrecha fuertemente su mano contra la del intelectual y la del campesino, un espacio donde los amigos se reúnen y los lazos se ciñen. Donde hombres y mujeres de múltiples estampas expresan la realidad del socialismo que unidos construimos. Este es un día para demostrar que luchamos todos por nuestro bien común, y por el de la América toda, como dijera el Apóstol.
Y no, no es politiquería barata. Cada cual tiene sus porqués, pero nuestro propósito común es el de demostrarle al Tío Sam la unidad, alegría y compromiso que nos caracterizan, abanderados con esta maravillosa obra social que hemos construido durante más de 60 años, para decirle al mundo que nuestra fortaleza es la unidad y la resiliencia.
Por supuesto, ninguna obra o proyecto social está ajena a problemas sustanciales, tanto objetivos como subjetivos, eso lo sabemos bien. La Revolución también está llena de imperfecciones, pero para eso estamos usted y yo, para corregirlos.
Y “parabolizando” el asunto, el escriba lo ve de la siguiente forma: sí, tenemos problemas en la casa y son complejos y dificilísimos de resolver, pero no por eso vamos a dejar que los de la “casa de al lado” o los “vecinos del frente” se cuelen en nuestra vivienda para resolverlos por nosotros.
Nuestros problemas son nuestros, y solo usted y yo debemos ser capaces de solventarlos. ¿Se equivoca el escriba? ¿No está de acuerdo? “La cosa está durísima”, dirían algunos, pero marchamos para que no se ponga peor. Además, somos de una estirpe a la que le gustan los retos.
Hoy, tanto usted como yo, madrugamos para decirle al mundo que no deseamos intervenciones ni bombas sobre nuestras cabezas, que preferimos la paz y no el horror de confrontaciones armadas.
Hoy dimos el sí por quienes nos antecedieron en maniguas y trincheras, y por aquellos que mañana nos sucederán en esta lucha y deber ciudadano de la dignidad plena del hombre, como dijera el Apóstol.
Hoy nosotros y cientos de miles de compatriotas más nos lanzamos a las calles en un empuje colectivo, en una muestra inequívoca de que nuestras ideas y convicciones están más sólidas que nunca.
Hoy marchamos para manifestar que estamos dispuestos al diálogo respetuoso, a la construcción de criterios compartidos, que reconocemos nuestras diferencias, pero aun así, no hacemos más espinoso el camino, sino que estamos dispuestos a trabajar en ello.
Hoy usted, y tantos otros escribas como este que conversa del lado de acá, preferimos la algarabía a la comodidad del hogar, para expresar que nunca habrá obra más grande que la nuestra, que la que se erige cada día “con los humildes y para los humildes”.
