Me mostraron los bolsillos dorados.
Pusieron precio a mi sangre:
“cuerpo” vs. traición.
Surcir el olvido sobre la moral
pudo ser la mejor de las propuestas.
¿Pero qué llevaría a la lápida silenciosa y fría
donde descansan mis ancestros?:
ahí, donde no somos nada.
(Adrián Rodríguez, Juego Limpio)
Adrián Rodríguez no imaginaba que un texto escrito con la intención de impresionar a una novia acabaría marcando el inicio de su vocación literaria. Fue en 2023, durante un festival de aficionados en la unidad militar donde cumplía el Servicio, cuando la profesora Magalis Arró descubrió en aquellas líneas un potencial que él mismo desconocía.

Ese gesto, aparentemente casual, lo condujo a un camino inesperado: la literatura. Poco después, bajo la guía del profesor Pablo Rigal Collado, comenzó a cultivar un amor profundo por las palabras, un amor que lo acompaña desde entonces.
Su formación literaria se ha nutrido de lecturas diversas que abarcan desde Pablo Neruda y Miguel Barnet hasta Gabriel García Márquez, Pedro Juan Gutiérrez y José Martí. En ellos encontró referentes de sensibilidad y compromiso, pero también la certeza de que debía construir una voz propia. Esa búsqueda lo llevó a crear un estilo que evita la imitación y se sostiene en la autenticidad, un rasgo que considera esencial para diferenciarse en el panorama literario cubano.
La Asociación Hermanos Saíz representa para él la concreción de un sueño que parecía lejano. Haber ingresado a esa comunidad de jóvenes creadores le permitió compartir escenarios y proyectos, siempre recordando que sus raíces están en Puerta de Golpe, el pueblo pinareño que lo vio crecer. Aunque sus inicios culturales se dieron en La Habana, nunca ha dejado de reivindicar su origen, convencido de que la identidad es un pilar de la creación.
Su poesía no busca la crítica social directa. Prefiere escribir para todos, con la aspiración de que sus versos sean leídos y comprendidos, tanto por quienes aman como por quienes cuestionan su tierra.
La memoria personal ocupa un lugar central en su obra, especialmente las experiencias dolorosas, que encuentra más fáciles de transformar en poesía. Sin embargo, también recoge las vivencias de quienes lo rodean, de modo que la memoria colectiva se entrelaza con la individual en un mismo plano.
Rodríguez cree en el poder absoluto de la poesía: puede salvar al mundo, siempre que recoja la verdad. En sus textos predominan la gratitud y el dolor convertido en metáfora, nunca la mentira ni el discurso panfletario. Para él, la literatura debe transmitir afecto y humanidad, no infamias disfrazadas de versos. Esa convicción lo lleva a rechazar la idea de que la poesía deba ser un instrumento de crítica social; su misión es otra: elevar la autoestima de los lectores y despertar conciencia sobre la condición humana.
El camino de los jóvenes escritores en Cuba; sin embargo, no está exento de obstáculos. Rodríguez lamenta que la publicación de un libro dependa casi exclusivamente de la obtención de premios, lo que deja fuera a muchos autores valiosos que no participan en concursos. Recuerda que figuras como Dulce María Loynaz o José Martí nunca se sometieron a certámenes, y no obstante, sus obras trascendieron. Para él, ese modelo debe revisarse si se quiere dar espacio a nuevas voces.
En cuanto a los medios digitales, reconoce su utilidad para ampliar el alcance de la literatura, aunque prefiere utilizarlos para promover la obra de otros más que la propia. Considera que la difusión auténtica debe surgir del interés de los lectores, no de la autopromoción.
Actualmente, trabaja en un libro inédito titulado Periodismo desde la visión martiana: José Martí, un pensamiento actual, compilación de artículos publicados en diversos medios digitales, además de un cuarto poemario que espera concluir pronto. El desafío, admite, será lograr que esas obras lleguen a la imprenta y, más allá de ella, a los lectores. Su sueño es universal: que su poesía cruce fronteras y alcance millones de personas.
La obra de Adrián Rodríguez se sostiene en una convicción clara: la poesía debe ser un espacio de humanidad. No busca la crítica ni el discurso político, sino la posibilidad de que cada lector encuentre en sus versos un motivo para reconocerse y valorarse. “Mi poesía tiene como misión aumentar la autoestima de los lectores y crearles conciencia sobre la humanidad”, afirma. En esa frase se resume la esencia de un joven poeta que, desde Pinar del Río, aspira a que sus palabras viajen más allá de las fronteras y se conviertan en un puente de gratitud y esperanza.

