Aunque pasen los años, hay amaneceres que no se olvidan, así lo avalan los testimonios de quienes vivieron los días de Girón, no solo por el estruendo de las armas o la tensión evidente en cada rincón, sino por la certeza de que allí se defendía algo más que un territorio, se defendía un sueño.
Fueron hombres sencillos los que protagonizaron la gesta llevada a cabo en aquellas arenas; no eran héroes de libros, eran vecinos, campesinos, obreros, jóvenes con más voluntad que experiencia; no obstante, resistieron porque sabían que lo que estaba en juego era el derecho a decidir su propio destino.
Pudiera decirse que significó una lección de dignidad, incluso más, tal vez una afirmación de que un pueblo pequeño puede levantarse con firmeza ante cualquier adversidad. Aquel abril caló hondo para muchos como símbolo de unidad, allí no hubo espacio para el miedo, porque la convicción fue más grande.
Hoy, si analizamos el decursar histórico, seremos capaces de comprender el valor humano de lo ocurrido, de reconocer que la historia la construyen personas reales, con dudas, con sacrificios y con esperanza, y no quisiera caer en discursos ambiguos ni frases vacías, pero así fue, a pesar de las distintas miradas que rodean el hecho a estas alturas.
Girón enseñó otra cosa, que la soberanía no es una palabra distante, es una práctica diaria que se defiende en los momentos grandes como aquel abril, pero también en los pequeños gestos cotidianos. Mantener el carácter socialista por el que se luchó implica a estas alturas de siglo, más que recordar, actuar; implica cuidar al precio de cualquier sacrificio lo que se construyó con responsabilidad y sentido de pertenencia.
Nosotros, los que somos parte de las nuevas generaciones, esa que conoce de aquel abril solo lo que nos enseñaron en la escuela porque no vivimos el momento, lo heredamos, y en esa herencia hay un compromiso silencioso que se transmite sin palabras.
Porque Girón aun habla, habla en las escuelas, en los campos, en las ciudades, habla en la manera en que se enfrentan los desafíos actuales, porque cada época tiene sus propias batallas, y defender los ideales no siempre significa empuñar un arma, a veces significa trabajar con honestidad, estudiar con entrega, ayudar al otro sin esperar nada a cambio, y ese espíritu es el que conecta el pasado con el presente.
Repito, no se trata de idealizar ni de olvidar las complejidades, se trata de reconocer la fuerza de un pueblo que supo unirse cuando más lo necesitaba.
Por eso digo que Girón no terminó en 1961, continúa en la identidad, en la manera de entender el país, y mientras haya quienes recuerden no solo lo que pasó, sino por qué pasó, seguirá Girón haciendo historia, seguirá más que antes, como presencia viva.
Este hecho nos obliga a preguntarnos qué estamos dispuestos a cuidar, qué valores sostenemos y de qué manera contribuimos, desde lo sencillo, a la continuidad de un proyecto colectivo que se construye día a día y que inició allá, en las arenas de aquella playa.
Así, entre la memoria y el presente, Girón late con la misma claridad, recordándonos que la dignidad, cuando es verdadera, no se agota con el tiempo, es más, se renueva.
Y mientras haya quien recuerde, quien cuente, quien escuche, tendrá sentido, porque es precisamente en esa memoria compartida en la que encontramos sus valores y entendemos que la historia no está tan lejos como a veces parece, que puede tocarse en las palabras de quienes la sintieron.
