Es común por estos días ver la avenida Martí llena de personas moverse de un lugar a otro intentando extraer dinero de un cajero, hacer un pago electrónico, comprar algún producto de primera necesidad mediante una transferencia bancaria o, simplemente, un pago en línea.
Enojos, malos tratos, incomprensiones… Es doloroso ver personas “tiradas” en los portales esperando un turno que puede llegar hoy, antes de que se acabe el dinero o se vaya la corriente, o tal vez no, y deba esperar a mañana.
Las colas son kilométricas, con guardias nocturnas y la correspondiente indisciplina que ello genera. La causa es solo una: la escasez de efectivo que afecta, en primera instancia, al cubano de a pie que no podrá hacer un pago por ninguna de las plataformas digitales habilitadas para ello, y aqueja también al campesino que debe pagar a sus trabajadores y a los propios actores económicos no estatales que alegan después no tener forma de retirar el dinero del Banco para asumir determinados pagos.
Esta situación, que desde hace unos meses inquieta a la ciudadanía, llega por estas semanas a un punto de crisis como no se había visto antes en Pinar del Río.
A las molestias generadas por los apagones; los precios excesivos, muy por encima de los topados por el Gobierno; la falta de recursos básicos para el hogar y la incertidumbre ante las amenazas de la administración de Trump, se suman los disgustos, que en buen cubano tendrían otro nombre, por no poder disponer en la mano del salario, muchas veces simbólico, para asumir las demandas diarias de un hogar.
Y las preguntas son varias: ¿qué hacemos para evitarlo? ¿Qué gestión realiza el Banco? ¿Quién se ocupa de que no haya coleros que revendan turnos para los cajeros? ¿Quién evita que las mipymes no hagan una bonificación por pagar al cash en lugar de hacerla a quien use su tarjeta? ¿Cómo logramos que los actores económicos depositen lo que deben y en el tiempo establecido?
En términos financieros se habla de la importancia del capital circulante y cómo regularlo en una economía como la nuestra, pero ello conduce solo a otras interrogantes que pesan, sobre todo, en las espaldas de un pueblo trabajador más que en las de quienes manejan prósperos negocios de precios astronómicos.
¿Dónde está el efectivo que no tiene el Banco? ¿Qué caminos torcidos tomó la bancarización? ¿A dónde fue el mensaje de confirmación de una transacción que se quedó en el aire? ¿Qué pasa entre BPA y Bandec que las transferencias muchas veces no llegan?
Es insostenible día a día lidiar con tales dilemas. Una verdadera agonía, no hay otra palabra que describa mejor esto de pasar las horas al sol extenuante en una cola sin saber si tendrá un final “feliz”.
Lo cierto es que sobre los cubanos cae en cada jornada el peso de no poder disponer de lo que les toca por derecho o que no les permitan hacer uso de ello por las vías establecidas.
Y las personas hacen las denuncias personalmente y también en las redes, que ya no aguantan más, como La Habana, pero hay oídos sordos a tales reclamos, porque no se aprecia una transformación o al menos una estrategia trazada para reducir a la mínima expresión esta problemática.
Los pasos dados van en retroceso. Urge un mayor control fiscal a grandes negocios, varios con conductas evasoras en años anteriores e igualmente estrategias y acciones que permitan al Banco ganar en credibilidad, pues no son pocos los que prefieren ese amor a la antigua de guardar billetes bajo el colchón y tenerlos al alcance de la mano, que depositar en la institución sin saber luego cuándo podrán extraerlo.
La crisis en Cuba pasa también por esta disponibilidad de dinero y por los tropiezos de la bancarización, como le llamamos una vez en estas mismas páginas a los desafíos que enfrentaba el proceso, esencial en el país, pero a sabiendas de que no todas las condiciones estaban creadas para él.
La realidad apunta a que crecen las ilegalidades asociadas a ello, sin que se perciba una respuesta inmediata, que al menos resuelva una parte del problema, esa que se puede evitar si se cierra fila ante el especulador, el pillo, y si las entidades gubernamentales y bancarias asumen que el problema, puertas afuera, también es suyo.
