Cuando miramos la Luna en una noche despejada, la vemos como un disco perfecto, pálido y sereno. Pero la reciente misión Artemis II, que ha llevado astronautas a orbitar nuestro satélite después de más de cinco décadas, nos ha recordado que ese pequeño punto plateado es en realidad un mundo extraño, inhóspito y lleno de secretos fascinantes.
Para empezar, la mayoría de la gente cree que la Luna tiene una cara oculta y oscura, pero no es así. La cara que nunca vemos desde la Tierra recibe tanta luz solar como la que sí vemos. Otra cosa es que no podemos verla debido a un simple capricho de la física: la Luna tarda exactamente lo mismo en girar sobre sí misma que en dar una vuelta alrededor de la Tierra. Por eso siempre nos muestra la misma cara. Los astronautas del Artemis II han sido los primeros en contemplar esa cara oculta con sus propios ojos en más de medio siglo, y la describieron como un inmenso muro negro y montañoso, completamente distinto a la cara visible, que está llena de enormes llanuras oscuras de lava antigua.
Y hablando de esas llanuras, los astronautas del Apolo ya contaron algo que muchos creen una leyenda: la Luna huele. Cuando volvían a su nave después de caminar por la superficie, el polvo lunar que se pegaba a sus trajes desprendía un olor intenso a pólvora quemada o a ceniza de barbacoa. No es que la Luna sea explosiva, sino que ese polvo, finísimo y afilado como esquirlas de vidrio, reacciona al contacto con el oxígeno de la cabina. Ese mismo polvo, por cierto, es tan abrasivo que desgastó varias capas de sus trajes en apenas unas horas.
Otra curiosidad que pocos conocen es que la Luna tiene terremotos. Los sismómetros que dejaron las misiones Apolo registraron temblores de hasta cinco grados. Algunos los provoca la propia gravedad de la Tierra, que estira y encoge el interior lunar como si fuera una pelota de goma. Otros se deben al contraste brutal de temperaturas: en la superficie lunar se pasa de 120 grados centígrados durante el día a 170 grados bajo cero por la noche, y ese cambio tan brusco hace que el suelo se contraiga de golpe y se agriete, generando auténticos temblores.
Y quizá lo más hermoso y a la vez más melancólico es que la Luna se está alejando de nosotros. Cada año, nuestro satélite se separa unos cuatro centímetros, aproximadamente lo mismo que crecen nuestras uñas. Los astronautas del Apolo dejaron unos espejos en la superficie que permiten medir esa distancia con láser, y gracias a ellos sabemos que hace mil cuatrocientos millones de años un día en la Tierra duraba solo dieciocho horas. La Luna se va, muy despacio, como quien se despide sin hacer ruido.
Pero aquí viene lo más bonito. A pesar de que la Luna se aleja, a pesar de que su cara oculta es un muro negro y desolado, a pesar de que huele a pólvora y tiembla con terremotos solitarios, sigue siendo el único mundo fuera del nuestro que hemos pisado con nuestros propios pies. Sigue siendo ese faro plateado que guió las noches de nuestros abuelos y guiará las de nuestros nietos.
La Luna no es lo que crees: lo que Artemis II nos ha enseñado sobre nuestro vecino celeste
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