Dianelis Martínez Duarte es una mujer llena de recuerdos de la clandestinidad, etapa en la cual varias personas dieron ejemplos de valentía, y el apoyo brindado al Movimiento 26 de Julio fue un aporte significativo para el triunfo revolucionario
En los años de 1952 hasta 1958, la historia de Cuba fue testigo de la lucha clandestina, un periodo en el que las personas tomaban las calles para enfrentar a la dictadura de Fulgencio Batista.
Mientras el Ejército Rebelde combatía en la Sierra Maestra, otra batalla, igual de decisiva y desgarradora se libraba en las ciudades: la lucha clandestina. Fue una guerra sin trincheras fijas, sin líneas de frente. Su escenario fue el asfalto de las calles, el portal de una casa, la esquina de una universidad, el interior modesto de un apartamento.
En estas acciones participaban valerosos jóvenes, obreros, profesionales y amas de casa. Su misión era sabotear, informar, propagar la verdad a través de hojas que se repartían de forma secreta. Además, conseguían armas y planeaban acciones para derrocar a la tiranía.
En la provincia de Pinar del Río, la joven Dianelis Martínez Duarte fue una de las protagonistas de la clandestinidad. Hoy, a sus 83 años, me cuenta lo que significó para ella aferrarse a su momento histórico, con todos los sacrificios que esto implicaba.
«¡¿Por qué lo hicimos?! Esa es la primera pregunta que siempre hacen. No era por fama, desde luego. No había glorias en esconderse, en sentir el corazón detenerse con cada golpe en la puerta. Era por algo más simple y enorme a la vez: la idea de que las cosas podían, debían, ser diferentes».
¿Cómo recuerda usted a los jóvenes de su época?
«La juventud de mi época era muy valiente, no estábamos de acuerdo con el sistema político existente en ese momento, y salíamos a la calle para protestar por toda la injusticia que se cometía con el pueblo cubano».
Las huelgas estudiantiles eran muy frecuentes en ese periodo. ¿Cómo se realizaban?
«Estudiaba en la Escuela Normal para Maestros. Las huelgas eran planificadas por los propios estudiantes del instituto, todos participábamos sin importar la clase social. Conmigo estudiaban hijas de senadores y también salían a la calle a protestar. Uno de los líderes de las manifestaciones era mi primo Celestino Pacheco».
Celestino Pacheco fue una de las figuras representativas de la clandestinidad, recordado por su participación en el asalto al Palacio Presidencial. ¿Cómo lo recuerda?
«Celestino y yo siempre fuimos muy unidos, aunque él era reservado con sus cosas. Una vez me dijo que iba a un campo de tiro en las afueras de la ciudad y decidí acompañarlo. Al principio pensé que era broma, pero al llegar vi las armas escondidas. A partir de ese momento comencé a vincularme con las acciones armadas que realizaba, ayudaba a guardar armamento en el sótano de mi casa».
Celestino Pacheco Medina fue un joven pinareño, estudiante de la escuela de Comercio. Era miembro activo de la brigada de acción y sabotaje del Movimiento 26 de Julio en Pinar del Río, movimiento al cual Dianelis pertenecía.
Ambos, además de estar unidos por vínculos familiares, compartían ideales revolucionarios, participaban en huelgas juntos y repartían pancartas en oposición a la tiranía por distintas zonas de la ciudad pinareña
Celestino estuvo entre los jóvenes que protagonizaron, el 13 de marzo de 1957, el asalto al Palacio Presidencial con el objetivo de ajusticiar a Fulgencio Batista. En esa acción fallida perdió la vida.
¿Qué hizo al conocer la noticia de su muerte?
«Celestino llevaba tres días fuera de Pinar del Río, y sus compañeros del Movimiento en la provincia no sabíamos que iba a participar en los planes para ajusticiar a Batista.
“El día 15 llegó su mamá a mi casa buscando a mi padre de forma desesperada. Alcancé a escuchar cuando le dijo que habían encontrado el cadáver de Celestino cerca del cementerio de Colón, en La Habana, torturado y masacrado. Dos días después logramos recuperar el cuerpo de y darle un entierro digno aquí, en su ciudad natal.
“Después descubrí que Celestino salió vivo del ataque a Palacio Presidencial, fue camino a buscar a un amigo para esconderse en su casa, pero una mujer en la calle lo vio herido y lo delató con las fuerzas policiales.
“Fue apresado y torturado de forma cruel, le sacaron la dentadura, los ojos y lo golpearon hasta morir. El día de su entierro estaba planificada su boda, por lo que fue enterrado con el traje previsto para esa celebración».
La muerte de Celestino representó una gran pérdida para Dianelis, que aún lo recuerda con lágrimas en los ojos, pero sus ansias de luchar no quedaron escondidas. En ese momento decidió no rendirse y continuar las acciones para derrocar la tiranía.
En ese periodo su vida también se encontraba en constante peligro. ¿Cómo fueron los enfrentamientos contra el régimen de Fulgencio Batista?
«Eran muy duros. La tiranía reprimía las huelgas golpeando a los estudiantes, muchas veces tuvimos que huir del lugar para poder salvar la vida. A uno de mis compañeros, Daniel Valdés, lo agredieron, porque sabían que era jefe de nuestro Movimiento. Tuvimos que esconderlo rápidamente en la escuela de Comercio de esta ciudad».
¿Sintió miedo en alguna de esas circunstancias?
«El miedo fue un compañero constante. Lo más duro no era el peligro para uno mismo, sino que el más mínimo descuido podía costarle la libertad o, peor aún, la vida a alguno de mis compañeros».
¿Su familia también participaba en la lucha clandestina?
«En mi época no todas las familias estaban ligadas a la clandestinidad, pero mi abuelo fue mambí, un fiel seguidor de José Martí y su patriotismo. Teníamos por herencia ideas revolucionarias. Hasta mi tía, que era enfermera y no estaba vinculada a la política, compraba bonos del 26 de Julio para recaudar fondos y ayudar al Movimiento».
¿En qué momento usted entendió que todo el sacrificio había valido la pena?
«¿Valió la pena? Esa pregunta duele. Se pagó un precio altísimo. Ver morir a seres queridos es muy difícil, pero no me arrepiento de absolutamente nada. Después del triunfo revolucionario confirmé que nada fue en vano, las causas justas llevan grandes sacrificios. Hoy estoy muy orgullosa de cómo se comportó la Dianelis de ese tiempo».
Por Yulena Dominguez Martínez, estudiante de primer año de Periodismo, Facultad de Comunicación, Universidad de La Habana
