Por Rodolfo Acosta Padrón
Los muertos se aman y respetan, se honran y se llevan dentro. Los muertos no salen, tal vez sean algunos vivos que se filtran a medianoche para cometer sus fechorías y maltratar a los nobles y humildes.
Valen tanto los muertos para nuestras almas como los vivos. Se trata de una visión humanista de la muerte, el largo sueño, sin creer en la resurrección y la inmortalidad del alma, pero viviendo con ellos; son aquellos que en nombre de la naturaleza mantienen la comunicación con nosotros, aun después de muertos.
El Día de los Muertos se celebra en el mundo entero, con rituales parecidos, pero en diferentes fechas. La gente y los pueblos celebran el retorno de los muertos: hay música, baile, regalos, comidas, bebidas, festejos, besos y abrazos. Es el retorno del niño que se perdió temprano y la abuela aburrida de tanta soledad más allá del cielo, quienes vienen hoy en busca de la fiesta para compartir la alegría con sus seres queridos. Los muertos son como las estrellas: ᵘPueden estar mudas, pero no apagadasᵘ.
En Cuba, el Día de los Fieles Difuntos es el 2 de noviembre. Ese día, velas, flores y llantos se unen para convertir la noche agraciada por el encuentro feliz con los muertos. Para algunos significa el límite entre la época de lluvia y de frío, comienzan las cosechas de invierno como el cultivo del trabajo, el frijol y las hortalizas. ᵘCorran, corran, ya llega el inviernoᵘ, dicen algunos.
En México se celebra el Día de los muertos el día 2 de noviembre. Ese día se lleva al mar comidas favoritas de los muertos quienes se suponen que vengan a las playas a encontrarse con sus seres queridos y disfrutar juntos las alegrías y las fiestas. Se colocan los altares con la ilusión de recibir a quienes ya partieron; se llenan de flores los altares y de velas que iluminan el camino de regreso de los muertos.
En Estados Unidos se celebra el ᵘHalloweenᵘ (El Tiempo de todos los Santos) el 31 de octubre. Es una fiesta donde se recuerdan a todos los muertos incluidos los santos, los mártires y todos los fieles. Se llenan los patios y cercas de flores y luces esperando los difuntos.
El Día de los Muertos expresa una concepción de la muerte, cómo se mantiene vivo el recuerdo de los seres amados; es una forma de comprender e interactuar con la vida de los que se fueron. Es momento de recordar, lamentablemente, la niña que se fue con los ángeles, los viejos amigos, las bellas y nobles mujeres, los abuelos idos, las luces apagadas de las chozas de los pueblos de campo donde vivían.
El campo, siempre maltratado por la ciudad. El campo, allí en el barrio donde vivió el viejo y travieso Juanelo, Petronila la curandera, la india que enfermó y no regresó, el pino que cayó encima de Luisito, el recuerdo del indio enterrado en la ladera embrujada por la tradición y la mitología, de los padres que por nosotros se escondieron en el silencio de los duros tiempos.
Es el recuerdo de la joven india ahorcada con su propio reboso, que bailaba debajo de la añejada ceiba, con su pelo largo, sus ojos negros y su salvaje y caliente cuerpo movido por un viejo tambor, bajo la picara mirada de los jóvenes sentados en las raíces del árbol de Dios que todavía hoy respira, alguno de los cuales la correría llegada la media noche, bajo la luna, para cazarla y amarla, se convertirían entonces en una sombra sobre las hojas frías del bosque.
Es el recuerdo del pobre que se inclina a su amo de cabeza de piedra. ᵘLa vida se acaba, pero no se van las ideasᵘ, decían los viejos de entonces, y añadían. ᵘLos muertos son incansables, a pesar de la inmensa soledad en que se mueven allá arribaᵘ. Así se van juntas las bellas mujeres con la primavera, pero no porque ellas mueran son las flores en invierno más frías.
Del silencio sepulcral, vienen los muertos a disfrutar las verdes llanuras, los campos de tabaco, los venerables bosques, el murmullo del arroyo y los ríos que van al mar.
Adiós se le dice a aquellas imágenes desgarradoras y frases frías de las últimas horas que vivieron los seres idos, que en las noches oscuras nos mantienen sin respirar en las calurosas chozas malamente habitables. ¡Esos son nuestros muertos! Ya se mueven allende los mares, más allá del cielo, entre las piedras y los árboles de las montañas. ¡Es hora del regreso!
