Quisiera pensar por un momento que ya lo hemos vivido todo en asuntos relativos a enfermedades y pandemias. Y lo digo con cierta apretazón en el pecho, y con un anhelo que sé imposible, puesto que esta última palabra guarda una connotación extremadamente profunda y sentimental para todos.
Coincidirá conmigo en que todavía arden y duelen bien adentro los recuerdos de la Covid-19, una enfermedad que comenzó siendo solo eso, algo viral que terminó destrozando vidas, familias y continentes enteros.
En su momento también lo hicieron el sida, el ébola y tantas otras de las que ahora el escriba tampoco quisiera acordarse o traer a colación.
Sin embargo, en esta semana me gustaría que conversáramos, usted y yo, como siempre lo hemos hecho al final de cada semana —ahora vía virtual— sobre asuntos de interés común.
Y es que desde hace algunas semanas, el Ministerio de Salud de nuestro país y de entidades sanitarias hospitalarias confirmaron y aseguran que existen varios brotes activos de hepatitis A.
Sí, es cierto, esta no es una enfermedad mortal, y salvando las distancias, el escenario hoy es muy diferente. Quizás usted nunca la haya padecido ni de muchacho, pues en nuestra época era común.
Pero ojo, el hecho de que no tenga una tasa de mortalidad per sé, no quiere decir que debemos dejarla pasar por alto o no preocuparnos por los nuestros, por el prójimo, por los otros.
Esta es una enfermedad no solo presente en Cuba, sino en todo el mundo, y se transmite, principalmente, por contacto o consumo de aguas o alimentos contaminados con materias fecales.
Algo importante que tanto usted como yo y nuestros vecinos debemos saber es que es una virulencia altamente pegajosa, de la que pueden contagiarse hombres y mujeres de cualquier edad, pero es en nosotros, los adultos, en los que la enfermedad puede escalar hasta ictericia, fiebre, malestar general, náuseas y fuertes dolores abdominales.
Por supuesto, este nuevo brote viene aparejado a la poca potabilización de las aguas de manantiales y pozos por los que pagamos para surtir nuestras viviendas. En adición, la mala manipulación e higiene del expendio y manipulación de alimentos, también añade su parte nociva.
Hoy traigo este tema a colación, pues estamos comenzando la etapa ciclónica y ya empezamos a tener nuestras dosis de lluvias torrenciales. Usted es sumamente avispado, así que asociará rápidamente este fenómeno con el desborde de fosas, aguas albañales y la contaminación de cisternas y demás.
La hepatitis A no es como su familia, esta no se vuelve crónica, pero su rápida transmisión como ya hablamos líneas arriba, pudiera colapsar nuestro deprimido sistema de Salud.
Además, como dijera el Apóstol, y esto me gustaría que quedara en su subconsciente, la mejor medicina no es la que cura, sino la que previene.
Para protegerse usted, protegerlos, protegernos todos, lo más importante es actuar con seriedad y conciencia al interior del hogar, así como evitar malas prácticas cuando desandemos las calles.
Para ello, lavar nuestras manos con agua y jabón, de manera frecuente, después de usar el baño, cambiar pañales y antes de preparar o consumir alimentos es un muy buen primer paso. No olvide que según la OMS cada lavado debe durar no menos de 20 segundos.
Otras medidas como hervir el agua durante un minuto, utilizar filtros certificados y lavar y cocinar bien cada alimento que llevemos a nuestra mesa o boca es esencial.
Evitar compartir utensilios como cucharas, platos, vasos y otros es otra buena forma de prevención, pues nadie puede saber si ya el virus en cuestión encontró un huésped en su núcleo familiar. Y sí, la saliva y otros fluidos corporales también lo transmite.
Al salir a la calle, recuerde llevar siempre su vaso y su pomo con agua, ya que cafeterías u otros establecimientos pueden ser posibles hospederos debido al enorme flujo de personas que los frecuentan.
Por último, y no menos importante, recuerde siempre que nuestra salud no depende únicamente del sistema —valga la redundancia implícita— sino de nuestro compromiso y vigilancia diaria, porque la educación y las buenas prácticas al interior del círculo intrafamiliar son la primera línea de combate.
Piénselo y póngalo siempre en práctica, usted, su familia y la comunidad lo agradecerán.
