De niña escuché muchas veces a los mayores, decir: “Ay, muchacho, lo que te va a caer arriba es un 20 de mayo”. En aquel entonces no entendía bien el peso de la frase, me parecía uno de esos dichos de gente grande que se repiten en la casa, en la bodega, en una cola del pan o en cualquier esquina de Cuba cuando alguien quiere anunciar que viene algo malo, pero malo de verdad.
Más de un siglo después, vuelve el calendario a marcar el 20 de mayo y, con ello, la expresión parece retumbar más que de costumbre. Obviamente, se reitera no como celebración, al menos no para quienes miramos la historia desde la dignidad de este país, sino como advertencia. Se cuela en cada hogar, en cada pensamiento maduro como recordatorio de una república que nació torcida, vigilada, condicionada por la voluntad de otro, y que al paso del tiempo parece traer sentencia más dura.
¿Hubo cambio? Sí, mas no fue la Cuba soñada por Martí, ni tampoco la de Maceo. ¿La razón? No podía serlo una república que nacía con permiso ajeno, con el derecho de intervención de Estados Unidos llevando la “voz cantante” y con una soberanía condicionada antes de empezar a caminar.
Por eso el pueblo, que no siempre habla con fechas exactas, pero casi nunca se equivoca en las esencias, convirtió aquel día en sinónimo de desgracia. “Te va a caer un 20 de mayo”, una frase generalizada cuyo significado no es simplemente que algo malo se aproxima, sino que guarda en cada capa lingüística que está por venir algo grande, pesado, difícil de levantar después.
Y hoy, cuando se escuchan ciertos discursos, ciertas amenazas y ciertos llamados a una supuesta intervención salvadora, el dicho vuelve a sonar más cerca de lo que quisiéramos. Se disparan las alarmas y nos invade el miedo a que regrese lo que no queremos que se repita.
Siglo XXI, pareciera que ya el pasado quedó lejos y sepultado, creeríamos que los deseos de los hijos de esta tierra se traducen en bondades; sin embargo, hay quienes, desde afuera y también desde adentro, hablan con demasiada ligereza de intervención; de “ayuda humanitaria”; de “restablecer el orden”; de “liberar” a Cuba desde aviones, sanciones, financiamientos y presiones.
Tal parece que la historia no hubiera enseñado nada, que seguimos anclados a la vieja práctica social que esperaba o creía en las soluciones desde contextos externos. Y peor, parece que al lenguaje de las bombas se le ve como “el cura todo”. Tengo la impresión de que hay un malentendido al pensar que si un país es intervenido amanecerá al otro día más libre, más justo y más dueño de sí.
Definitivamente no. Una intervención extranjera no trae libertad, trae dependencia, trae muertos, más calamidades de las ya sufridas… Y, también, trae decisiones tomadas lejos de aquí, por consiguiente, leyes escritas por otros que pueden imaginar, especular, pero que no saben de adentro más que lo contado o supuesto. En el horizonte, entonces, se dibuja el regreso de la tutela, aunque le cambien el nombre y la adornen con palabras modernas.
Hace unas horas leí en Facebook una reflexión que me dejó pensando, casi estrangulada la voz. Decía, en esencia, que si algún día caen bombas sobre Cuba, si mueren niños; si un ejército extranjero destruye casas, escuelas, hospitales o vidas que no pudieron decidir nada, también cargarán con esa responsabilidad quienes hoy piden esa violencia como si estuvieran pidiendo un trámite. Se me hizo un nudo en la garganta, pues de pronto las redes se han convertido en un “tiroteo” de opiniones, acusaciones entre “bandos”, criterios no siempre respaldados con seriedad y alejados del fanatismo.
Desde mi mirada como madre, como hija, esposa, profesional y ser humano racional, considero que pedir una intervención no es una opinión inocente, no es una frase más para ganar aplausos en redes sociales, es abrirle la puerta al dolor de un pueblo, aceptar que otros entren a resolver nuestros problemas con la fuerza, y ya sabemos cómo termina eso para los pueblos pequeños cuando los poderosos vienen a “salvarlos”. El solo pensarlo me enmudece, me hace sudar de más.
Cuba tiene problemas, nadie serio lo niega. Hay cansancio, carencias, errores, inconformidades y urgencias. Pero una cosa es querer que el país mejore, que rectifique, que escuche más, que produzca más, que resuelva mejor la vida de su gente, y otra muy distinta es pedir que una potencia extranjera venga a decidir por nosotros y nos deje a la merced de otro “20 de mayo” so pretexto de libertad.
Lo veo como volver a una república con bandera, pero sin plena soberanía, donde volveríamos a entregar el derecho a decidir nuestro camino, y la consecuencia evidente es poner en manos ajenas el futuro de nuestros hijos, nuestras escuelas, nuestros recursos, nuestras leyes y hasta nuestras palabras. Por eso, cuando algunos hablan de una intervención “amable”, la respuesta no puede ser otra: no hay intervención amable cuando se pierde la independencia, no hay bomba humanitaria, no hay ocupación generosa y, mucho menos, soberanía prestada.
A Cuba no le hace falta otro 20 de mayo. Le hace falta cambiar lo que deba cambiarse, defender lo que no puede entregarse y seguir decidiendo su destino con manos cubanas honestas, comprometidas, renovadas… Porque los errores se corrigen desde la Patria, no desde la intervención y la independencia, que una vez perdida, no se recupera sin que medie el dolor individual que después se convierte en el dolor de todos.
Hace falta diálogo, respeto a la palabra, diversidad verdadera en las miradas que se enfrentan en un escenario convulso y “fanático”, pero lo que más hace falta es pensar desde la realidad y no desde las emociones, porque Cuba necesita un futuro que borre arrugas y fatigas, en el que otra vez salga el sol y haya flores frescas que despierten sonrisas. Y quién sabe si el “20 de mayo” quede atrás como un lejano recuerdo despintado por el tiempo y las “buenas nuevas”.
Más de un siglo y un mito que regresa
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