El próximo domingo 17 de mayo, el mundo celebrará el Día Mundial de las Telecomunicaciones y de la Sociedad de la Información, fecha que invita a mirar internet no solo como un avance tecnológico, sino como una fuerza que redefine la vida humana, las relaciones sociales y los modos de comunicar.
En apenas el primer cuarto de este siglo, la revolución digital ha penetrado casi todos los espacios de la sociedad, también ha transformado profundamente a los medios de comunicación. Ya no basta con ser periódico, radio o televisión, internet se ha convertido en un escenario propio, con lenguajes, ritmos, públicos y exigencias que obligan a repensar las rutinas profesionales.
Asistimos a un periodismo marcado por audiencias multiplicadas en el ciberespacio, públicos diversos y formatos que integran texto, imagen, sonido, video e inmediatez.
En Cuba, aunque persisten limitaciones de acceso y conectividad, nadie puede negar que las plataformas digitales y las redes sociales forman parte de nuestro ecosistema comunicativo. Con ellas llegaron oportunidades, pero también desafíos enormes: la desinformación, la manipulación mediática y el bombardeo de mensajes diseñados para modificar percepciones, estilos de vida y modos de pensar.
Las grandes potencias digitales, con su despliegue visual y narrativas cada vez más sofisticadas, venden contenidos pensados para enganchar desde el primer clic. Cuba no escapa a esa realidad. Al alcance de un móvil circulan mensajes que pretenden distorsionar nuestra identidad, nuestros valores y nuestra historia. La consecuencia es evidente: mientras mayor es el flujo de información, más difícil resulta distinguir lo verdadero de lo intencionadamente falso.
Frente a ese escenario, los medios cubanos tienen una responsabilidad inaplazable. No se trata de negar internet, sino de usarlo con inteligencia. Hay que mejorar la calidad de los textos, cuidar la visualidad, contar historias creíbles, verificar los datos y educar, como siempre ha sido una de las misiones esenciales del periodismo, porque la transformación digital no puede legitimar la pérdida de principios.
Desde su función social, cada medio debe contribuir a que la escuela, la familia y la cultura fortalezcan herramientas para enfrentar los efectos negativos de la manipulación. Los periodistas no estamos llamados a censurar por censurar, sino a enseñar a leer críticamente la realidad, a identificar la mala intención, a defender lo identitario, a preservar nuestras raíces y a sostener los valores históricos y culturales de la nación. Esa es también una batalla en la era del clic.
Internet es una herramienta poderosa, pero sin dirección ética puede convertirse en un instrumento de colonización mental. Por eso, en esta fecha, los periodistas cubanos debemos asumir el reto de navegar sin naufragar y, sobre todo, de enseñar a navegar. Informar, en tiempos de redes, es un acto de responsabilidad, resistencia y amor patrio.
La velocidad de la información no debe confundirse con la profundidad del conocimiento. En el ecosistema digital actual, lo efímero suele imponerse a lo reflexivo, y lo viral, muchas veces, desplaza a lo veraz. De ahí la importancia de fortalecer la alfabetización mediática desde edades tempranas. No basta con que los ciudadanos tengan acceso a internet, es necesario que desarrollen criterios para filtrar, contrastar y cuestionar los contenidos que consumen.
La experiencia cubana en este terreno es particularmente compleja. El bloqueo económico limita el acceso a tecnologías, plataformas y servicios avanzados, pero igualmente ha obligado al país a buscar soluciones creativas para extender la conectividad. Esa realidad demanda pensar críticamente qué necesitamos de internet y cómo evitar la reproducción pasiva de modelos de consumo ajenos a nuestras prioridades sociales y culturales.
En este contexto, los comunicadores populares, blogueros y creadores de contenido que actúan con ética y rigor pueden convertirse en aliados importantes.
Por su parte, el periodismo profesional no debe monopolizar la palabra, pero sí tiene la obligación de marcar estándares de verificación, honestidad, responsabilidad y respeto. La pluralidad de voces en internet es saludable cuando no convierte los hechos en simples opiniones ni diluye la verdad en un mar de subjetividades.
Sin dudas, esta fecha recuerda algo elemental: toda tecnología es un medio, nunca un fin. Internet seguirá siendo lo que hagamos de él. La pregunta no es solo si estamos conectados, sino para qué nos conectamos. Si la respuesta apunta a la búsqueda de la verdad, al bien común y a la defensa de nuestra cultura, estaremos honrando el sentido más noble de la red.
Si por el contrario, permitimos que nos desconecte de nuestra historia, de nuestra comunidad y de nuestra capacidad de pensar por cuenta propia, habremos perdido no por falta de señales, sino por ausencia de sentido.
