En días recientes me abordó un amigo campesino. Varias fueron sus interrogantes, confieso, para muchas de las cuales, no tuve respuesta inmediata, pues se escapaban de mi zona de posible razonamiento explicativo.
La interlocución duró poco más de media hora, con análisis de esto y aquello, poniendo bajo la lupa de lo cotidiano, irrisorio e increíble, asuntos que hoy lastran con la posibilidad de una mejor calidad de vida para todos.
Sin embargo, de todos los tópicos esgrimidos y seccionados, hubo uno que se quedó golpeando las paredes del cerebro de este escriba, y que me gustaría compartir con usted.
Sí, quisiera invitarlo a dialogar, a debatir, a examinar lo relativo a la tan nociva cadena de impagos que sufre, casi en su totalidad, el campesinado cubano actual, y que tanto daño nos provoca a todos.
Comencemos por lo básico, y es que lo primero que debe saberse, conocerse e interiorizarse es que el simple incumplimiento impune de la obligación en una relación de compra-venta para con los mencionados productores tiene graves consecuencias.
No hablo, comprenda, de la básica relación bilateral establecida para tales fines entre ellos y sus posibles compradores estatales. No. El asunto escala, y de qué manera, cuando las cadenas de valores de los diferentes productos terminan en nosotros, los consumidores.
Por supuesto, como usted sabrá, este tema no es el agua tibia recién descubierta, es un mal que hace rato carcome y pudre, y que pese a los fatídicos intentos por solucionarlo, el problema parece burlarse de toda norma jurídica, evaluaciones insulsas y análisis descentrados y nada objetivos.
Nada, que a decir mal y pronto, las palabrerías bonitas, los golpes secos sobre una mesa, o las “medidas puntuales” pensadas por escapatorios instantes, no son el jaque mate que se necesita.
A modo de entender de quien suscribe, debe tenerse conciencia, la fuerza moral y el peso real y aleccionador de la ley del lado correcto, y en esto usted me apoyará, para que el panorama comience a moverse… comience a cambiar.
Y hablo de esta forma, pues si vamos al núcleo del asunto, cuando se habla de impagos a productores, no solo nos debemos referir al escenario de las relaciones contractuales y sus normativas legales.
Debemos estar conscientes de que tales deudas, contraídas por el sistema empresarial estatal, entidades presupuestadas o las formas de gestión no estatales con los productores agropecuarios son fatales.
Entiéndase que estos últimos son los responsables de velar, producir y contribuir con más del 85 por ciento de lo que se nos expende o se nos ofrece como población general.
Sí, es evidente. Entiendo que la causa principal sea la tensa situación financiera de los compradores, la cual no permite cerrar a tiempo los plazos establecidos, pero eso no amerita que las deudas crezcan, se acumulen y continúen como un hueco en el bolsillo de estos productores.
No vamos a mencionar el uso inadecuado de los fondos rotatorios que el presupuesto pone en manos de las diferentes empresas, ni tampoco el de los créditos otorgados también a estas por los bancos.
Obviamente, aún falta mucho para que la preparación de solicitudes en tiempo para dichos fondos y créditos otorgados esté consolidada o engrasada. Esto es un asunto que deberá mejorarse si se quiere recortar la cadena de impagos existente.
Pero lo más preocupante, y me dará usted la razón, es que aún no parecemos concientizar, asimilar y entender que no es solo el que los campesinos no reciban su merecido y justo dinero.
¿Le suena lo de la cadena de valores que mencionábamos líneas arriba?
Pues sí, ese dinero, el que se debe, el que falta, el campesino lo destina no solo a satisfacer sus necesidades y las de su familia, sino también que lo utiliza para nuevas inversiones proyectadas hacia las campañas venideras.
No nos acabamos de percatar que cada productor al que se le debe dinero, destina, en ocasiones, montos casi inexistentes de su propio bolsillo a la compra de insumos, pago de fuerza de trabajo, acopio de semillas para la siembra, preparación de las tierras, y tantas otras particularidades.
Y lo jodido de ello, es que si alguno de esos pasos falla, no solo él compromete su próxima contienda, sino nuestra alimentación.
Adoptar medidas con consecuencias reales para los deudores es una tarea para ayer. Desde las estructuras de Gobierno deberán buscarse, en cada caso, de conjunto con el consenso de las partes, recursos para que esas cadenas que lastran y que tan perjudiciales se presentan para nuestro futuro no sigan sumando eslabones.
