Hace días revisaba mis redes sociales y en medio de tantos scrolls tropecé con un texto interesantísimo del presidente de la Uneac en la provincial Pinar del Río, Nelson Simón, que habla sobre la relación entre arte y consumo.
Volver sobre él y dedicar un espacio de esta página para conversar sobre el tema no me resulta repetitivo, sino necesario, porque invita a pensar en un dilema actual de la sociedad y la creación contemporánea: ¿qué lugar ocupa el arte en un mundo dominado por la lógica del mercado y el espectáculo?
En las últimas décadas hemos visto cómo la creación artística se ha desplazado hacia formatos que privilegian la espectacularidad y la inmediatez. Los realities, los concursos televisivos y las plataformas digitales han convertido la obra en un producto de consumo rápido.
La estética del brillo, las escenografías grandilocuentes y la narrativa del éxito personal se imponen como fórmulas que garantizan audiencia, pero que al mismo tiempo reducen la obra a mercancía.
El problema no es que estos espacios existan —el entretenimiento también forma parte de la cultura—, sino que se presenten como sustitutos del arte auténtico. La creación deja de ser un acto de riesgo y desnudez para convertirse en un cálculo de mercado: ¿cuántos seguidores?, ¿cuántas reproducciones?, ¿cuánto monetiza?
LA PARADOJA DE LA DEMOCRATIZACIÓN
Se habla mucho de democratización cultural gracias a las redes sociales y a las plataformas digitales. Es cierto que hoy cualquiera puede compartir su obra desde un teléfono móvil. Sin embargo, esa aparente apertura convive con una uniformidad preocupante: las fórmulas se repiten, los estilos se copian, las tendencias se imponen. La diversidad se reduce a espejismos y la autenticidad se sustituye por estrategias de visibilidad.
La paradoja es clara: mientras más canales tenemos para difundir arte, menos espacio queda para la diferencia y la búsqueda genuina. El mercado dicta las reglas y el creador, consciente o no, se adapta a ellas.
En este escenario, el público ocupa un lugar ambiguo. Por un lado, se convierte en consumidor cautivo, seducido por la espectacularidad y la narrativa del éxito. Por otro, conserva la capacidad de discernir, de señalar cuando el espectáculo se disfraza de arte sin serlo. La crítica, por su parte, enfrenta el reto de no perder su función: analizar la obra, jerarquizar, distinguir lo auténtico de lo impostado.
El arte verdadero no se justifica con esfuerzo ni sacrificio, sino con resultados. El creador se expone y se defiende con su obra. Esa es su única credencial frente al público y a la crítica. Cuando se confunde voluntad con talento, o sacrificio con creación, se abre la puerta a la mediocridad.
La autenticidad artística implica riesgo, implica incomodar, implica desnudar al creador frente a cualquier audiencia. Y en ese gesto se juega la diferencia entre arte y espectáculo. El primero libera, el segundo cautiva.
UNA URGENCIA CULTURAL
Hablar de arte y consumo no es un ejercicio académico ni un debate elitista. Es una urgencia cultural. Porque en esa tensión se define qué tipo de sociedad queremos sostener: una que se conforme con el entretenimiento vacío o una que apueste por la autenticidad, la crítica y la diversidad.
El futuro de nuestra cultura depende de que sepamos distinguir entre el brillo efímero del espectáculo y la luz perdurable del arte. Defender la autenticidad no es un gesto romántico, es una necesidad, porque solo un arte que se atreva a ser genuino puede emancipar, dialogar con la identidad y resistir la lógica del mercado.
