Este 27 de marzo, Día Mundial del Teatro, la escena cubana se detiene a mirarse en el espejo de su propia historia y en los retos que enfrenta hoy.
Desde los sucesos del Teatro Villanueva en 1869, cuando el público se convirtió en protagonista de la nación, las tablas han sido un espacio de memoria, resistencia y creación. Más de siglo y medio después siguen siendo un lugar donde se cruzan generaciones y sensibilidades, pero también un terreno que exige reinvención constante.
El teatro en Cuba mantiene su vitalidad gracias a colectivos históricos y a propuestas jóvenes que exploran lenguajes contemporáneos. Sin embargo, los desafíos son palpables: la escasez de recursos materiales limita la producción escénica; atraer públicos jóvenes en tiempos de plataformas digitales requiere nuevas estrategias, y garantizar la formación y continuidad de actores, dramaturgos y directores resulta indispensable para sostener el relevo artístico.
La creación escénica necesita dialogar con la realidad social de la Isla, abordar sus problemáticas y convertir el escenario en un espacio de pensamiento crítico. Esa capacidad de reinventarse, de hacer mucho con poco, ha sido siempre su mayor fortaleza.
El Día Mundial del Teatro es, entonces, una oportunidad para reconocer esa resistencia creativa y recordar que el teatro no existe sin espectadores. En Cuba, aún es un arte vivo, un espacio de memoria y de futuro, que requiere apoyo institucional, compromiso de sus artistas y complicidad del público para continuar siendo la voz de la nación sobre las tablas.
