Pasa en mi familia, en la de mi vecino, en la de mi amiga, lo sé porque los cuentos se repiten, pareciera que es algo normal que el que se va, avasalle con palabras y desprecios a los que nos quedamos.
Esta semana una colega me comentó que en los últimos tiempos algo se rompió en la manera de reunirse entre su gente. La sobremesa, que antes era con café y un timbre que duraba horas por WhatsApp, ahora es una extensión de la batalla política que ocurre en las redes sociales.
“A todas las familias cubanas siempre les ha gustado reunirse, -me dijo- a la mía igual, ya somos pocos aquí, pero con videollamadas de por medio es como si nadie se hubiera ido. No obstante, siento que no es igual”.
Quiero detenerme a analizar un fenómeno que se repite en decenas de hogares cubanos, me atrevería a decir: el debate político, ese que debería ser un ejercicio de construcción colectiva, se ha convertido en una máquina que divide familias. Y el punto más crítico de esta fractura es el diálogo, cada vez más imposible, entre el que se fue y el que se queda.
Pensemos en una escena. Es domingo por la tarde, una familia de mi barrio, los que están aquí, en su sala de siempre, el abuelo balanceándose sobre el viejo sillón. Los otros conectados desde cualquier punto del mundo, en medio de su vida en Madrid, Miami, Quito o Santiago de Chile, todos conectados a través de la fría pantalla de sus móviles.
Ya no suena tan alegre la expresión “¿cómo está todo por allá?”, estas palabras se convirtieron en un campo minado. El que se fue, a menudo, mira desde su privilegio comparativo: un salario en dólares, una estabilidad que aquí es quimera. Ellos critican la cola del pan, el apagón de anoche en San Juan y Martínez, la falta de combustible, el dinero que no alcanza. Su comentario, a veces cargado de razón en el análisis, suele venir con una dosis de incomprensión hacia la complejidad del que resiste.
Luego está el que se quedó, el que madruga para llegar a tiempo y a pie porque ya no hay guaguas, el que resuelve con ingenio la falta de un medicamento, el que ancla su futuro a este pedazo de tierra, ese, se siente juzgado. Su vida no es un eslogan político, es una resistencia diaria. Escuchar cómo “afuera” todo es mejor, empezando por la comodidad de un apartamento en el extranjero, por supuesto que duele. Duele porque parece invalidar su esfuerzo, su amor por la tierra que lo vio nacer y su decisión de permanecer en Cuba.
Entonces llegan las redes sociales, las cuales amplifican este divorcio. En Facebook, los grupos de pinareños se convierten en trincheras. Un video de un amanecer en el campo que muchos anhelan, puede desatar una discusión sobre el modelo de país, incluso, un comentario sobre el basurero de la calle de atrás de mi casa, deriva en acusaciones de «gusano» o «comunista». La comunicación, ese aspecto que domina a la mayoría de los hombres, es la primera en morir en la guerra de los algoritmos.
Y es que hemos perdido la capacidad de escucharnos. El debate político se ha personalizado tanto, que una crítica al sistema se interpreta como un ataque directo a la familia que optó por quedarse… y viceversa: la defensa del proyecto social se lee como una acusación al que buscó otros horizontes.
Hace unos días, dos mujeres en el mercado conversaban y una dijo que sus primos en el exterior antes de preguntar por sus hijos, preguntan por “la situación”. Entonces lo que pasa en mi familia o en la de mi amiga no es atípico, en todas, la conversación se reduce a eso: a un parte de guerra ideológico. Ya no hablan de béisbol, de las guayabas de la finca del abuelo, del olor a tierra mojada cuando llueve allá en la vega.
Realmente es una lástima, porque ambos bandos tienen algo que enseñar. El que se fue conoce el mundo, ha visto otras realidades y puede aportar una mirada fresca, ideas, incluso, recursos. El que se queda conoce la entraña del país, sus códigos, su resistencia, su belleza escondida en lo cotidiano. Podrían ser un equipo formidable, un puente, y en cambio, eligen ser las dos orillas que chocan.
El diálogo entre todos debería ser paciente y cuidadoso, a fin de cuentas, todos habitamos bajo el mismo cielo y deberíamos entender que nadie se va por maldad, sino muchas veces por necesidad o sueños; pero también entendamos a los que no quisieron volar lejos, no fue conformismo, fue elección, y ellos son constructores de su realidad.
Necesitamos desenredar el conflicto, sacar la discusión política del rencor familiar. Podemos discrepar del rumbo económico, de las leyes migratorias o de la política exterior, sin dejar de querernos. Compartamos todos una foto del cielo estrellado y no preguntemos en qué país brillan más los luceros.
Al final del día, al terminar cada domingo, cuando la pantalla se cuelgue y el sillón siga balanceándose, quien queda es la familia, los lazos de sangre, la historia compartida, el apellido común.
Que la política, con todas sus pasiones, no sea el hacha que tale ese árbol. Llamo al debate, pero con respeto, a escuchar con el corazón, a entender que en la diversidad de criterios también se forja la cubanía. Y el porqué nos vamos o nos quedamos, no nos diferencia, en definitiva, todos somos hijos de esta tierra, y la Patria, la de verdad, empieza en la mesa de la casa, no en los perfiles de Facebook.
