Hay fechas que se celebran con desfiles y fuegos artificiales, y hay otras que se celebran con el alma. Este 10 de septiembre, Pinar del Río conmemora 159 años de haber recibido el título de ciudad, un decreto firmado por la reina Isabel II de España en 1867 que reconocía oficialmente lo que sus habitantes ya sabían desde mucho antes: que aquel poblado a orillas del río Guamá era mucho más que un punto en el mapa. No se trataba de un capricho de la corona, sino de una decisión política y social que reconocía el auge socioeconómico de una región donde el tabaco, el comercio y el ferrocarril habían creado una comunidad con identidad propia.


El camino hasta aquel decreto no fue sencillo. La villa había solicitado el título en 1863 y 1865, y en ambas ocasiones la respuesta fue negativa, lastrada por complejos litigios sobre la propiedad de la tierra donde se asentaba el poblado. No fue hasta 1867 que el Ministerio de Ultramar y la reina finalmente accedieron, y la noticia, aunque no llegó a la ciudad hasta el 14 de octubre, fue recibida con una alegría desbordante: hubo peleas de gallos, carreras de sortija, fuegos artificiales y bailes que se prolongaron durante días. Aquella celebración no era para menos. No se trataba solo de un cambio de estatus, sino del reconocimiento a una comunidad que había sabido crecer a pesar de los huracanes, las inundaciones y las crecientes del río.
Pero Pinar del Río es una ciudad que no nació con aquel decreto, su historia se remonta a finales del siglo XVII, cuando un pequeño e intermitente conglomerado de casas de guano y embarrado se levantó a orillas del río Guamá, entre lo que hoy es el entronque de Viñales y el parque José Martí. Aquel primer asentamiento, sin embargo, no pudo resistir los embates del río, y en 1750 el poblado se trasladó hacia la parte más alta, donde hoy se levanta el parque de la Independencia. Desde entonces, la ciudad fue creciendo sin planeación, siguiendo el curso de los caminos y el auge del cultivo tabacalero, hasta convertirse en la capital de Vueltabajo.

Hay algo en Pinar del Río que no se explica solo con fechas y decretos, es esa mezcla de laboriosidad y calidez que distingue a su gente, esa capacidad de resistir y seguir apostando por su tierra a pesar de las complejidades de los últimos calendarios.

El historiador Juan Carlos Rodríguez lo ha dicho con claridad: el otorgamiento del título de ciudad forma parte del decursar hacia la cubanía y hacia un proyecto de nación. No es una frase vacía, es la constatación de que Pinar del Río no es solo una ciudad por un papel firmado por una reina lejana, sino por la gente que la habita, que la construye y que la sueña cada día.
Este año, la celebración tuvo el sello de los tiempos que corren: austera, pero sentida. Hubo un homenaje al Héroe Nacional en el parque José Martí y un acto conmemorativo en el Parque Independencia.

Porque Pinar del Río no es solo sus techos de tejas criollas, sus portales de columnas toscanas ni la mezcla ecléctica de estilos que distinguen su arquitectura, es también el aroma del tabaco en las mañanas, el rumor del río Guamá, la Guayabita del Pinar como licor único en el mundo y el Palacio de Guasch como una joya de piedra que sigue contando historias. Es, sobre todo, la gente, esa gente que, como dijo Rubén Martínez Villena, hay que conocer para entender el carácter cubano. Esa gente que, en palabras del historiador, tiene un alma blanda que deja germinar la bondad incluso en los tiempos más duros.


