Hace algunos años, un grande de la plástica pinareña me dijo en entrevista, cuando le pregunté por su presencia en 2002 en la inauguración de la Capilla del Hombre en Ecuador, que una de las cosas más significativas había sido que fue una invitación de Fidel Castro, que él sintió que Fidel había viajado a Ecuador con lo mejor de la plástica cubana contemporánea, mientras ellos habían viajado con la Historia.
Y cuando se cumplen 100 años de haber nacido Fidel, estas palabras me resultan punto de partida, porque si a algo le dedicó el Comandante atención e interés fue a la cultura, pero a la cultura en su expresión máxima y generalizadora.
Para él la cultura comenzaba siendo martianos y aprendiendo del ideario del Maestro en aras de ser cultos como única vía posible de ser libre. Desde luego, sin olvidar a todos los que contribuyeron a la formación de la nación y de la nacionalidad cubana.
No extraña entonces que en la propia prisión a la que fueron sometidos después de los sucesos del Moncada, dedicara largas y pacientes horas al estudio de textos fundacionales y a lograr que los revolucionarios encarcelados hicieran también de la lectura una necesidad primigenia.
Como tampoco extraña que desde el mismo 1959 la Revolución naciente iniciara una reforma integral de la enseñanza, tal y como establecía el Programa del Moncada, cuyo objetivo era garantizar el acceso a la educación pública gratuita, ética y patriótica de todos los cubanos, por lo que las escuelas privadas fueron nacionalizadas en junio de 1961 y los cuarteles convertidos en escuelas.
Eso hizo que más de 10 000 profesores y maestros -la mayoría desempleados- regresaran a las aulas, y a las zonas rurales llegó el Contingente de Maestros Voluntarios, mientras la Campaña de Alfabetización hizo posible declarar a Cuba territorio libre de analfabetismo, lo que a su vez contribuyó a eliminar la desigualdad educativa imperante en la Isla.
Nació una concepción generalizadora y abarcadora de la educación, cuyo fin era no solo dotar a la ciudadanía de conocimientos teóricos, sino también proveerlo de todas las herramientas posibles que le permitieran alcanzar un nivel cultural en correspondencia con los presupuestos del momento.
A su impronta y perseverancia debemos el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (Icaic), la Casa de las Américas, la Imprenta Nacional, las escuelas de arte y la de instructores.
Estas últimas instituciones tienen el mérito de haber acogido parte del talento disperso presente en la Cuba de entonces, y abrir el camino hacia la materialización de los sueños de muchos cubanos y cubanas humildes que añoraban ser bailarines, actores, pintores, escritores.
Los hay, incluso, que aseguran que los salvó “la mano de verde olivo” como al propio Amaury Pérez, quien manifestó: “Cuando conocí a Fidel yo era un joven que iba cayendo lentamente por un gran precipicio y una mano verde olivo me haló por el pelo y me salvó. Fidel es la persona que más confió en mí, como ser humano, como patriota, como revolucionario, como martiano, como cristiano, como católico”.
Y qué decir del Ballet Nacional de Cuba, prestigioso proyecto, devenido escuela, que sufrió la eliminación, por orden de Batista, de la subvención que recibía, la cual fue restituida por Fidel Castro. A esta honorable institución dedicó tiempo, y la propia Alicia Alonso reconoció que Fidel siempre encontró momentos para asistir a funciones del Ballet.
Cuando el campo socialista había desaparecido y Cuba vivía los tiempos iniciales, angustiosos por demás, del llamado periodo especial, fue Fidel muy certero al expresar, en 1993 en el V Congreso de la Uneac, que “la cultura es lo primero que hay que salvar”.
Y aquí hay que detenerse, porque ese pedido fidelista no se entiende en el sentido de poner a buen resguardo una manifestación artística, una obra de arte en particular, se trata de salvar a la Patria, porque para Fidel, la cultura es sinónimo de Patria y esta es Cuba.
Fueron quizás los intelectuales cubanos quienes más cerca estuvieron de Fidel y pudieron intercambiar y discutir sobre temas tan complejos como la crítica, la libertad creativa, la construcción del socialismo desde la cultura y otros temas que han ayudado a formar la nación que tenemos.
Hoy, cuando nos ha tocado vivir en un mundo polarizado, cuando la transnacionalización capitalista impone una homogenización cultural, estilos de vida y consumo, patrones ajenos a las tradiciones locales, urge apelar a todo el legado que Fidel Castro nos dejó para preservar la identidad nacional, porque la cultura sigue siendo escudo y espada de la nación.
