
Odalys Lorenzo Faure no cree en tiempos difíciles. A base de empeño y voluntad honra, de alguna manera, la huella que su padre dejó en buena parte de la ciudad de Pinar del Río, especialmente en las zonas aledañas al ferrocarril.
Hace unos meses, el parque infantil colindante al andén volvió a cobrar vida y a retomar su objeto social. Esta vez, en las manos y el corazón de una mujer que lo siente suyo, como su casa, esa por la que, alguna vez, muchos pinareños hemos pasado en busca de algún artículo religioso.
De martes a domingo abre el parque Ferrocarril, ahora como parte del proyecto socioeconómico cultural Odalys. Allí no hay equipos modernos ni grandes atracciones, pero sí el esfuerzo de quien cree en los sueños, acompañado de la brisa que calma y los árboles que cobijan.
“La idea del proyecto en el parque es una historia larga. Todo lo he hecho por mi papá. Él cuidaba esto porque quería, nadie le pagaba por eso”, comenta Odalys al evocar a quien, confiesa, siente aún a su lado en cada paso que da.
“Se llamaba Aereopajito Lorenzo, un nombre que para qué, a él le encantaba que la gente se riera cuando le preguntaban. En realidad, le decían Ereo Lorenzo. Falleció hace ocho años. Él sembró el cedro que hay en el parque.
“Mi papá era una persona muy recta, muy decente, fidelista ciento por ciento. Barría la calle, limpiaba el parque, siempre estaba al pendiente de todo. Eso fue creciendo dentro de mí también, me crie de esa forma, viendo esos valores en él que se replicaban en la familia”.
Odalys no encuentra las palabras exactas para hablar de su papá. Una y otra vez repite que era único. “Para él todo era muy simple, yo le decía que tenía que ser uno de los ‘144 000 del cielo’ y que había caído.

“Recuerdo que tenía una mesita de vender santos y a veces se quedaba dormido. Cuando le advertía que le podían robar, respondía, con mucha naturalidad: ‘Señal de que a alguien le hace falta’. Así era de humilde y noble.
“Soy una persona muy religiosa. El día que el abogado me llamó para firmar el contrato entré al parque, estaba bien feo. Me senté y le dije a mi padre: ‘Sé que estás al lado mío. Me tienes que ayudar”’.
A GOLPE DE VOLUNTAD
Desde el pasado cuatro de abril, los pequeños de los consejos populares cercanos tienen un espacio para disfrutar, especialmente los fines de semana, de disímiles espectáculos para niños.
“Aún faltan muchas cosas que quiero hacer, como arreglar las sillitas, poner unos botes…, tengo varias ideas, y soy sola prácticamente, aunque cuento con la ayuda de personas que han sido muy valiosas para concretar esto”.

Al principio, Odalys no sabía ni por dónde empezar. Recuerda que la basura sobrepasaba la cerca. Había un microvertedero. “Los que vivimos al frente no podíamos ni respirar del mal olor, y eso era lo de menos. En este lugar se veía de todo”.
Un tiempo atrás, Odalys estuvo encargada de velar por el cuidado del parque. La misión era difícil y decidió no continuar. “Hay que tener una paciencia tremenda para lidiar con la gente. Y aquí entraban muchas personas de las comunidades aledañas, de barrios que tienen sus características, y era muy fácil buscarse un problema”.
Sin reservas habla de cuando sacó su patente para vender, pues era de las que se ganaba el sustento para alimentar a sus hijos vendiendo jabas en la puerta del mercado de La Línea. “Después de tener la patente, con un respaldo legal, vinieron los cambios y decidí hacer un proyecto.
“Ya hoy estoy aquí, y tengo que seguir con el mismo ímpetu con el que comencé. Limpié el parque, con la colaboración de Comunales; lo pinté, la pintura de aceite para los muñecos que ves en los muros nadie me la regaló. Esto no ha sido cosa de un día, ni de un mes o dos. Ha llevado trabajo, obstáculos, trabas, pero tengo que seguir. Me impulsa también el agradecimiento de los padres y la alegría de los niños. Cuando hacemos un espectáculo y se llena, me asusto de la emoción.
“Tenemos todavía dificultades, el agua se estanca. Para sacarla es difícil. La última vez lo hicimos entre mis hijas y yo. Eso me costó 17 días enferma con antibiótico”.
Odalys sabe que aún queda mucho por hacer para que el proyecto siga avanzando. Espera incorporar luminarias que le permitan abrir hasta las 10 de la noche; crear un espacio para niños en edad de círculo infantil con mesita y sillas para que puedan dibujar; sumar a más personas que colaboren con la protección del lugar y de los pequeños, incluso, con vestuarios que los identifiquen como parte del proyecto.

“A veces en mi familia me dicen que estoy loca, pero no lo creo. Ya estamos en el parque y tenemos que seguir creciendo. Aquí nunca verás una cerveza o una botella de ron, porque es un parque infantil, y eso hay que aclarárselo a los padres con mucha sutileza y educación.
En el “Ferrocarril” ya no reina el hedor de las heces o el abandono, se disfruta la algarabía de los pequeños que se deslizan en las canales o corren entre los muros. Se respira una brisa distinta, la de las ganas de hacer, a pesar de las limitaciones y los problemas.
El reto que enfrenta Odalys es el de la constancia y la sistematicidad, y es ese un desafío muy personal que habita en su interior cada vez que abre el portón y se acerca al cedro que sembró su padre.

